22 de enero de 2019

Tiempo

Mientras escucho una de mis favoritas del único e inigualable Rey del Olimpo musical, pienso en el inmenso reto que ha supuesto Chrono, la serpiente de tres cabezas -pasado, presente y futuro- en mis relaciones.

Estoy leyendo que su compañera en la mitología griega era una tal Ananké, «personificación de la inevitabilidad, la necesidad, la compulsión y la ineludibilidad». Y me da lástima que hayamos perdido la capacidad de explicar con metáforas nuestro mundo. Pero esa es otra historia. Ó, te echo de menos.

Las relaciones, vínculos interpersonales -sexoafectivos, amistosos, familiares, laborales-, se dan en los espacios. Y también se dan en el tiempo. No quiero ponerme muy metafísica aquí, y como Wuwei ya ha cubierto a las mil maravillas la importancia del contexto relacional en lo que al espacio se refiere, voy a escribir un poco sobre lo que pienso alrededor del tiempo y su efecto contextual en las relaciones. Desde el único y humilde lugar que puedo, mi experiencia. A ver qué sale.

El pasado, o nuestro recuerdo de él, construye toda relación con los aprendizajes y costumbres adquiridas. Desde peques, nos han reforzado ciertas respuestas positivamente y cohibido otras. Para cada quién serán unas, aunque existen generalidades como la negación a las personas leídas como hombres de que expresen emociones o a las personas leídas como mujeres de que expresen su deseo sexual. Además, nos pueden pesar infinidad de experiencias individuales que afectan a nuestra capacidad de compartir necesidades y sentimientos, confiar o intimar físicamente.

Luego está el efecto de la repetición y costumbre. Si siempre hemos reaccionado igual ante el mismo estímulo, el simple hecho de saber que existe una alternativa no será suficiente para actuar distinto cuando nos volvamos a encontrar en una situación similar. Es común, por ejemplo, que el conflicto sea detonante de gritos o llanto aprendidos desde la infancia como mecanismo de defensa; en lugar de emplear maneras más eficaces de resolución.

El futuro es el hogar de todas nuestras expectativas y ansiedades. Ambas muy seguramente vinculadas a los aprendizajes del pasado. Si es frecuente que me sienta decepcionada porque una persona que quiero cancela sus citas conmigo en el último momento, es posible que cuando quedemos sienta ansiedad respecto a una posible cancelación. No hay misterio.
Esta claro que no siempre es una causa-efecto tan unidireccionalmente ligada a la persona con quien tengo una relación presente. Pero si soy alguien con un tipo de apego hostil que me mantiene en constante alerta de ser abandonada, pues oye, no es por arte de birlibirloque. Desilusión pasada igual a ansiedad futura.

Las expectativas tienen además la carga sociocultural del entorno en que nos encontremos. Esto sí se puede ir rediseñando de forma interesante con el tiempo. Y, sobre todo, podemos dejar de proyectar nuestras expectativas sobre las personas con quienes nos relacionamos, a menos que existan acuerdos explícitos que las avalen.
Lo que no quita que sea un trabajo del copón.

El presente es el momento más interesante de todos. Porque es el espacio donde se da verdaderamente la relación. Y, por tanto, donde surgen los conflictos propios de ella.

Mi relación con la persona X no está en los recuerdos de los momentos que hemos pasado. Sean agradables o desagradables. Imagino que muches querrán debatir este punto. Pero para mí, dar entidad a la relación a partir de "lo vivido" me parece una pescadilla que se muerde la cola. Habría que estar evaluando eternamente cada nueva experiencia contra el global acumulado para cotejar si "es" o "no es" relación efectivamente.

Es, en cambio, en cada encuentro nuevo y único donde se forja el espacio de la relación. Independiente a lo anterior, que forma ya parte del mentado pasado. En estos encuentros se pueden dar varios líos por cuestión del contexto temporal. Voy a intentar nombrarlos, a saber:
  • Ritmos. Las diferencias de ritmos son del tipo: "yo en la primera cita ya estoy lista para tener intimidad física, pero necesito un par de años para mostrarte el interior de mi corazoncito" y a ti te pasa al revés, figúrate el follón. Échale encima impaciencia, guiones sociales y expectativas preestablecidas, dificultad para expresar emociones y... ¡Tienes drama para días!
  • Valores. Tanto en cuanto al valor que se da al tiempo en conjunto (o por separado) como lo que el tiempo debe incluir para ser valorado puede ser diferente para cada persona. Quiero salirme de los casos parejocentristas así que, por ejemplo, imaginemos que mi hermana considera super valioso dedicarme cinco minutos de su día para escribir un WhatsApp; tiene montañas de curro y eso para ella es amor del bueno. Sin embargo, aunque aprecio su gesto, yo doy valor al tiempo relacional a partir de la llamada de tres horas y prefiero realmente el cara a cara. No estoy desestimando su mensaje, ni dudo que ella quiera verme también, simplemente en mi marco de referencia su gesto es menos valioso que en el suyo.
    Ningún marco referencial es más válido que otro. Y las emociones que se generan dentro del contexto son reales para ambas. Ella está verdaderamente mostrando amor haciendo un gran esfuerzo, yo estoy ciertamente careciendo de la cantidad de tiempo que deseo. Mierda.

    El valor que damos a una misma cantidad de tiempo también será diferente al percibir de forma distinta las cosas que se realizan durante ese tiempo. Un ejemplo muy sencillo es cuando una persona con ansiedad social comparte tiempo con alguien neurotípico en un entorno público. Comprensiblemente, la calidad de ese tiempo no será igual para quien tiene que estar gestionando su ansiedad en lugar de disfrutar plenamente del tiempo en conjunto; como sí lo haría en caso de estar a solas con esa persona. El ejemplo sirve a la inversa, y alguien muy extrovertide valorará mucho más tiempo social que a solas con las personas queridas.
    De nuevo, no hay una posición correcta o incorrecta porque la diferencia es puramente subjetiva.

    En ambos casos, tratar de imponer nuestra versión como la mejor sería grosero y probablemente fuente de conflicto.
  • Necesidades. En relación a lo anterior están las necesidades de cada quien. Esto me pasa con mi madre. Ella necesita cada día un espacio en conjunto. Cada día. Yo estoy bien con uno a la semana. Compaginar esto es cuestión de comunicación, comprensión, paciencia, cariño y compromiso.
  • Compatibilidad. Epítome del poliamor: "el amor es infinito, pero el tiempo no". Pues eso, que hay que dormir, comer, cagar, trabajar y follar. La vida no da para más. Google Calendars ayuda pero no hace magia. Y al final compaginar ritmos, valores y necesidades diferentes en 24 horas al días se vuelve un caos.
No se puede luchar contra el tiempo, es ineludible. Tampoco he dado soluciones para todo, porque no las tengo. Pero creo que explicitar las cosas es un principio. Ahí queda.

28 de diciembre de 2018

La vida social de una ex-adicta

Esta entrada está dedicada a mi amiga J, de las pocas que tengo, por insistirme una noche de borrachera en que yo tenía una visión privilegiada del asunto y debía escribir.

La primera vez que probé una cerveza tendría cosa de 4 años y medio. Los españoles somos así. Mi padre estaba tomando una sin alcohol y me dieron un poco. Sabía a rayos.

Con doce años, ya era habitual que mi madre me dejase tomar Martini (el vermouth blanco) durante algunos aperitivos de sábado "especiales". Si salíamos fuera de casa o similar.

En mi 14 cumpleaños, uno de los regalos fue una botella de vodka Absolut. Por esa época, me encantaban las revistas de moda y lo que ahora se llama hacer scrap-booking con ellas en mis agendas escolares. Estaban plagadas de anuncios muy llamativos en los que distintos objetos simulaban la mítica forma de la botella. Yo los coleccionaba.
Ese día, mi amiga L y yo nos tomamos un copazo de vodka con limón en casa y salimos por primera vez a una discoteca. También fue la primera vez que me "enrollé" con un chico siendo consciente de mi deseo -y el suyo- para iniciar la acción.

La fiesta de Navidad del año 2005, con 15 años, fue mi primera tajada seria. El primer whisky J&B con Coca-Cola fue intencional. El segundo también. El tercero que nos sirvió el rubio de la clase a mi amiga E y a mí, más cargado que el camello de los reyes magos, fue por la inercia de la embriaguez y nos tumbó a las dos en un suelo pringoso de las pisadas y bebidas de otra gente.
El rubio tuvo que llevarme hasta el coche de mi madre porque no me tenía en pie. Nadie dijo nunca nada.

A partir de ahí, suma y sigue.

El 2 de abril de 2014 dejé de beber. Era cuestión de vida o muerte. Y la mejor decisión que he tomado en mi vida, seguramente.

Lo que no te cuentan en la clínica es que no solo dejas las drogas, sino también a la gente que las toma. 


El alcohol -y otras drogas, pero principalmente el alcohol- está sobrevalorado y, peor aún, legitimado como mecanismo de lubricación para la interacción social. Los entornos en los cuales se consume se consideran los más aptos para conocer, entablar, fortalecer e intercambiar vínculos.


La decisión de alejarme del alcohol, y por consiguiente de la tentación que implica frecuentar espacios de alto consumo, ha supuesto un reto inmenso en el mantenimiento de antiguas relaciones y creación de otras nuevas.

Mi amigo D, amante de la farra de miércoles a sábado, incapaz de pensar la socialización fuera del marco de «al menos unas cervezas» es alguien a quien hace ya un par de años que no veo. La familia, en su mayoría poli-toxicómanos sin remedio, no encontraron forma de adaptar «¿nos tomamos un café?» a su manera de interactuar.
Más allá de mi antigua red afectiva, por obvias razones similares a mí en su "afecto" por los psicoactivos, hay dilema a la hora de generar nuevos lazos. Sexo-afectivos o amistosos.

Piensa, ¿dónde has conocido a tu último ligue (en Colombia: levante)? ¿La última amistad nueva que has hecho, bebiste alcohol?

Clases de acro-yoga, paseos guiados por el monte, activismo social... Formas hay de conocer gente nueva. ¿Planes absemios? Cientos. Museos, charlas, viajes de un día, ¡todo lo anterior! Y si ya controlas, puedes ir a los mismos sitios que la gente que bebe: conciertos, farras, etc.

El reto: Ver cómo todo el mundo a tu alrededor empieza a dar bastante asco, a decir cosas estúpidas y sin sentido. En realidad, lo jodido de socializar sobria en lugares llenos de borrachos es que todes parecen demasiado gilipollas como para interesarte. Y lo difícil de hacer amigxs en un espacio sobrio es que simplemente no tenemos el guión social para hacerlo, porque hemos supeditado al alcohol nuestra capacidad de interactuar. Entonces, en el resto de contextos, estamos en pañales y sin saber muy bien cómo acercarnos a otros seres humanos cuando en realidad muchas veces basta con decir: «¡Hola!»

4 de diciembre de 2018

La guinda del poliamor

Traduciéndole a un amigo entradas de este blog he caído en cuenta que a veces no hago más que quejarme del poliamor. Como si no fuese mi elección.

Así que en honor a la buena racha en la que estoy (¡que dure!), y a la justicia, voy a a contaros algunas de las razones por las que -según mi madre- me complico así la vida.

Lo primero es que no podría ser de otra manera. No he sido monógama nunca. Siempre me sentí más cómoda en relaciones donde se sobreentendía la no exclusividad, incluso si eso significaba prescindir del compromiso y los cuidados. Jamás imaginé mi propia boda. En el par de relaciones de larga duración exclusivas que he estado, he engañado o me he sentido frustrada. Y, qué bonito es poder hacer lo que te pide el cuerpo-mente-espíritu sin sentirse culpable o atada por una moral cisheteropatriarcal y judeocristiana instaurada para castrar el deseo erótico femenino.

También, que compartido el amor se multiplica. Pocas cosas retroalimentan tanto mi ciclo de vulnerabilidad y fortaleza como conversar, con las personas que amo, sobre nuestras otras relaciones y los deseos ajenos ese vínculo. Es un ejercicio de intimidad y confianza. Aprendo a entender mis relaciones más allá de la pareja, viendo como personas que no siempre conozco enseñan a mis amores a querer más y mejor. Desarrollando afectos por gente que cuida a quien yo quiero, porque hacen felices a quienes me hacen feliz. Y, si tengo la oportunidad de conocer a estas personas, se expande mi propia red de afectos.

Me deconstruyo las inseguridades poquito a poco. Si mi amor desea a una persona admirable, hermosa, exitosa según todos los parámetros sociales, inteligente y capaz me cuestiono si puedo elegir entre envidiarla o desearla yo también. ¿Hay espacio en sus afectos para las dos? ¿Es realmente una competición? ¿Qué dice de mí que le gusten las personas así? En 3 años de poliamor he aprendido más sobre gestión emocional y manejo de mis propias emociones que en los 25 años de vida anteriores. La no monogamia consensuada es un doctorado en educación sentimental. Si quieres, claro. Las herramientas están ahí, puedes tomarlas y construir cada vez relaciones más saludables o volver esto una excusa para el consumo indiscriminado de cuerpos. Pero haberlas haylas.

Después está la visibilización de mis vínculos no sexuales. Desde la posición de una persona itinerante, independiente e hipersexual, el reconocimiento de mis relaciones no eróticas como parte esencial de mi red de cuidados ha representado un cambio de paradigma fundamental para sentirme anclada a una estabilidad emocional y afectiva.

Y, por fin, la comunidad que existe alrededor. Una comunidad que me nutre y alimento yo de forma recíproca con nuestras experiencias. Porque andar un camino que no está trazado es más fácil si sigues la senda de quien va delante.

17 de octubre de 2018

Duelos a medias

El poliamor es un camino de rupturas de medias tintas, de adioses que no se terminan de decir, de fingir que sigue habiendo algo que ya no está ahí.

Con esto del fluir siempre, de resignificar los finales, nos hemos vuelto incapaces de decirnos las verdades a la cara: «ya no te quiero»«ya no me importas»«no me apetece verte más».

No dependemos, pero tampoco soltamos.

Todo a medias. A qué poco me sabe la moderación a veces.
Mándame a la mierda.

14 de octubre de 2018

Dolor

Tengo la mala costumbre de escribir aquí solo cuando estoy desbordada. Dando la impresión de que las cosas van muy mal. No es cierto. Simplemente esto es una herramienta más de gestión para mí. Y, como cualquier herramienta, solo la empleo cuando me hace falta. Igual que no vamos por la vida usando taladros si no hay cuadros que poner, yo no escribo si no tengo mierda que procesar.

Dicho esto... 


Estoy harta. Muy harta. Esta semana he llegado a un límite emocional que hacía años no experimentaba. He tenido un ataque de ansiedad de esos gordos, de chillar y llorar hasta que se me caen los mocos. De verme sola y aislada de todo hasta tal punto que he pensado que nada de lo que hiciese en ese momento iba a importar. Lo más cierto es que no importa. Pero en el antropocentrismo en que vivimos, que no se sabe qué fue primero si el cerebro que se sólo se mira a sí mismo o la cultura que lo ensalza, el resultado es creernos que nuestra vida -la humana- es muy importante.

Muy importante para aceptar la muerte como un proceso natural.
Muy importante para reconocer que la extinción de algunos animales -incluidos nosotres- no significa el fin de la vida.
O quizá no es más que un rezago del instinto animal de superviviencia primigenio vuelto racionalización.

Sea como sea...
Desde la aceptación de la trivial insignificancia de mi existencia que resiste el último impulso de conservación, he sentido mucha tristeza pero sobre todo un dolor muy profundo y punzante. Dolor de vivir en un mundo donde una persona pueda llegar a sentirse así. Ante el reconocimiento de que el detonante de esta disonancia tiene una causa muy tangible e identificable: la indiferencia o ignorancia de quienes me "conocen" sobre el proceso. El "no querer ver". Dolor ante el individualismo tan brutal que me rodea. Pena desgarradora de sentir que, por más vulnerable que he estado dispuesta a mostrarme hacia otres, la verdad fundamental es que cada quien está(mos) tan sumido(s) en su(nuestra) propia película de mierda que ya puedo yo derrumbar muros y abrir murallas... No voy a encontrar más que desiertos y fortalezas en otres.

Gente tan creída de su dolor que, al igual que yo, no hacen más que lanzar piedras desde sus respectivos tejados a cualquiera que parezca mínimamente una amenaza. Lo lamentable es que, desde esos lugares permanentemente a la defensiva, muy difícilmente se ven las banderas blancas. Mucho menos, en ese estado mental, te paras a actuar con la compasión natural que surge en las personas cuando ves a alguien heride que muestra abiertamente su dolor.

Y desde aquí, desde todo mi dolor, os digo que no puedo más.
Que nos merecemos todo lo malo.
Que la gente que encuentra el amor que llevamos dentro se pudre rodeada de tanta indiferencia. Porque no hay nadie a quien dárselo o no sabemos recibirlo.
Y a mí se me está agotando el aire entre tanta mierda.