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25 de agosto de 2020

¿Cuáles jerarquías?

Estaba en un directo el otro día, respondiendo la típica pregunta de: ¿es posible querer más a una persona que a otra en el poliamor? con una perorata sobre cómo no consideraríamos que se quiere "más" sino solamente distinto de no existir una jerarquía del amor erótico por encima del platónico cuando...

Y esas jerarquías, ¿cómo se desmontan? Preguntó alguien más.

Yo me puse a soltar el rollo habitual a propósito de la interseccionalidad, explicando que nadie tienen un dominio absoluto sobre el poder en la negociación de acuerdos. Entonces, es más una cuestión de tener conciencia respecto a cuándo podemos ejercer opresión y de la disposición a ceder espacios en esos momentos concretos. Hasta que me di cuenta que esa no era la duda en absoluto.


Había dos jerarquías. DOS. 

  • Por un lado, en esto de las relaciones no exclusivas / no monogamias consensuadas / poliamores amorlibrenses y quetales hablamos de la jerarquía del amor romántico, pareja, reproductivo, cishetero, monógamo y exclusivo por encima de otros afectos.
  • Por otro, en la anarquía relacional nos importa bastante el tema de las jerarquías socioeconómicas y culturales; raíz de desigualdad en razón de identidad de género, orientación sexual, clase, raza, religión, habilidades físicas y cognitivas y apariencia hegemónica.

Entonces pensé... ¿Hay una relación entre ambas? ¿Cómo es su dinámica? ¿Nos estamos liando al llamar a ambos fenómenos de la misma forma? ¿Se podrían llamar de otra forma?

Y nada, aquí estoy más para plantear las preguntas que las respuestas porque me sale humo por las orejas solo de intentarlo. 

Pero, por empezar por algún lado, creo que el discurso activista y los estudios de género han establecido de sobra la manera en cómo ser mujer nos hace más vulnerables a violencias cuando está el amor romántico por medio. Es precisamente en búsqueda de huir de ellas que existen cosas como la sororidad, el amor-camaraderia y el poliamor feminista. En fin, la diversificación de los afectos. Yo estoy aun aprendiendo sobre cómo incide la raza, la religión o la clase -por ejemplo- en acabar reproduciendo esquemas relacionales donde se priorice una relación monógama, cishetero y reproductiva. Y si eso trae beneficios o pérdidas para estos conjuntos de personas.

Pero, ¿y al revés? ¿Qué papel tiene la mono-norma en que reproduzcamos roles desiguales en nuestro contexto? Mari Luz Esteban da algunas luces en cuanto al género. Emparejarnos, seducir hombres que quieren estar solteros y cuidarles como amantísimas esposas nos lleva a ser más mujer de acuerdo a los estereotipos que preservan la inequidad. ¿Es posible que la monogamia influya en factores como la raza o la clase?

En fin. Hasta aquí llego por hoy con este trabalenguas. Contadme si encontráis formas mejores de enunciar estos dos fenómenos distintos pero conectados.

21 de mayo de 2020

No puedes elegir la anarquía relacional tú sola

Una gran amiga, mi única confidente en el complejo tiempo que pasé en Quibdó, me preguntó el otro día algo que para mí estaba resuelto hace tiempo. Caí en cuenta que no es un mensaje presente de forma obvia en lo que contamos habitualmente sobre las no-monogamias consensuadas en los espacios de divulgación, de ahí la duda y la necesidad de escribir esto.

La cuestión era la siguiente: ¿cómo puedo yo relacionarme de acuerdo a mi orientación relacional si es diferente a la de la gente que me rodea?

Con esa inquietud, mi amiga le asestó un golpe mortal a uno de los presupuestos más grandes de toda la teoría poliamorosa. Que la red afectiva está ya ahí. Omnipresente. Con los mismos deseos y expectativas que tú. Y el único trabajo que nos queda es gestionarla.


Le respondí que, en resumen, no puede. Uno de los mayores retos de la anarquía relacional, en este caso la orientación con que ambas nos identificamos, es cómo el entorno se configura una y otra vez para encasillarnos en las etiquetas prescriptivas de las relaciones afectivas. Si bien intentamos reiteradamente construir vínculos eróticos y platónicos que no escalen los hitos tradicionales, ni quepan en categorías concretas o queden en jerarquías; finalmente nuestros esfuerzos son anulados por la mirada externa. Al instante que alguien nos nombra solteras, casadas, novias de, sólo amigas, etc., se invisibiliza cualquier ejercicio contra-normativo que estamos poniendo en práctica. Queda en una burbuja, real exclusivamente para quienes estamos dentro de ella.

A veces, esta burbuja es suficiente... Si tenemos la suerte de movernos socialmente casi sólo dentro de ella. Quizá nos conformamos con saber que nos reconocen en los espacios importantes para nosotres. Pero la mayoría de nosotres interactuamos con contextos normativos (ya sea el trabajo, la familia, amistades "de antes" o círculos de intereses compartidos al margen de lo cuir).

Además, estos juicios de valor respecto a nuestras redes también se dan dentro de la propia comunidad poliafectiva. Ya que no siempre compartimos los mismos ideales, contarle a una persona que prioriza sus relaciones sexoafectivas sobre las platónicas que nada ha cambiado entre vosotras porque ahora metas a alguien en tu cama (pero no a ella) es inútil para evitar que se sienta desplazada. Porque, simplemente, no lo vive de la misma manera.

La única solución es individual, y entonces bastante precaria para llegar a ese supuesto paraíso de amores múltiples y redes de cuidado horizontales del que hablan los textos. Yo, por cuenta propia, puedo elegir -como dice la Vasallo- fijarme en la forma como me relaciono. Si creo que la anarquía relacional va de honestidad, equidad, consenso, autonomía, etc. entonces puedo aplicar eso a todos mis vínculos importantes. Esto es mucho más complejo de lo que suena. Tendré que decidir, por ejemplo, si estoy dispuesta a dedicar tiempo para dar a mi amiga monógama el mismo nivel de atención que recibe el tipo con quien follo delicioso; aunque luego ella no haga lo mismo por mí tan pronto tenga novio. Porque sus acciones no puedo controlarlas.

Aunque hay algunos textos sobre la dificultad de conciliar asimetrías en relaciones donde una persona no es exclusiva y la otra es monógama, con esta reflexión le apunto a algo más allá. ¿Es la propuesta poliamorosa que cada quien invente su propia ecuación individualista para ajustarse a sus necesidades, deseos y contexto? ¿O es el poliamor una proposición filosófica para una experiencia afectiva colectiva diferente -más ética?

Durante la historia escrita del movimiento, se han presentado sin una clara diferenciación ambas versiones de esta idea poliamorosa que resultan contradictorias en la práctica. Morning Glory, Debora Anapol y Franklin Veux con Eve Rickert apuntaban hacia un nuevo paradigma de las relaciones; unos principios morales que nos guiarán a sufrir menos y conformar comunidades conscientes de la responsabilidad conjunta de nuestros actos. Mientras que Dossie Easton con Janet Hardy y especialmente Meg-John Barker han abogado por el deseo particular y la construcción de relaciones a la medida. Esta disonancia cognitiva, en el centro de lo que es o "debe ser" el poliamor, se filtra ahora indiscriminadamente en el discurso pedagógico de nuestras comunidades activistas. Un tira y afloja imposible de conciliar entre la libertad y la responsabilidad. Entre yo y nosotrxs.

Voy a aventurarme a aportar mi humilde granito de arena a la balanza, para desequilibrarla hacia donde considero que debe inclinarse. No hay poliamor sin red. Por más que nos empeñemos en insistir que esta orientación relacional es algo que podemos elegir solxs; una identidad más que emplear estratégicamente para asociarnos o diferenciarnos según convenga. Aunque la práctica de las relaciones no exclusivas me parece en sí misma y con toda su diversidad intrínsecamente válida; si la no-monogamia consensuada resulta ser simplemente mi deseo individual de explorar afectos múltiples regidos por mis valores subjetivos pero desarticulados del contexto, perdemos de vista todo el potencial político del acto. Ignoramos que lo afectivo está irremediablemente atravesado por estructuras de poder. Y, si bien reconozco que muchas personas no quieren ni necesitan involucrar en sus relaciones íntimas la subversión del statu quo, pienso que se debe a ostentar una situación privilegiada que no les requiere replantear las dinámicas de opresión intrínsecas. Pues no son ellos quienes salen perjudiciados por la desigualdad. Así, si el poliamor avanza, que lo haga con la perspectiva de servir para reformar desde su base más primordial la sociedad. Desde todas y cada una de nuestras relaciones interpersonales.

Termino con esta anécdota. Ayer, en una entrevista me preguntaron si consideraba que todas las personas debían ser poliamorosas. La respuesta oficial y políticamente correcta que hemos dado las comunidades ha sido casi siempre que no, que mientras exista la opción de escoger conscientemente la monogamia es igual de válida como orientación relacional. Sin embargo, puesto que llevaba parte de este escrito ya avanzado, me costó responder honestamente ese vómito automático de dogma sin cuestionar. Porque, ¿es realmente posible que alcancemos la propuesta política poliafectiva en una sociedad que se relaciona con nosotres desde la monogamia? Resolver esto, si no ha quedado claro todavía, lo dejo para otro día.

7 de mayo de 2020

Vergüenza - Mi denuncia de agresión en una comunidad poliamor

Antes de comenzar, quiero aclarar que no busco con lo aquí dicho imputar culpas ajenas. Lo hecho, está. Reconozco que fue complejo para todes y equivocarnos fue normal. Simplemente, una vez más, deseo recuperarme poco a poco del miedo a hablar; secuela obvia de estos procesos comunitarios de co-responsabilidad tan precarios.
Y, ojalá, que nos sirva para hacerlo mejor en adelante. Porque si nuestros espacios seguros funcionan, nuevas denuncias vendrán. Denuncias que es nuestra obligación atender con la preparación adecuada, cuando promovemos utopías fundamentadas en principios colectivos tan concretos.


En estos días hablé con alguien a quien guardo en la más alta estima. Ella acogió toda mi rabia y mi dolor cuando no sabía dónde ponerla. En un momento en que los mensajes que me llegaban por todas partes negaban, dudaban o culpabilizaban mi postura ante la situación; ella reflejó desde su propia experiencia mi derecho a sentirme como quisiera y a reclamar ocupar un espacio vital.

Juntas, nos arriesgamos a arrancar las costras de nuestras heridas para reivindicar un valor compartido de justicia y reparación. El apoyo mútuo nos otorgó la valentía y la fuerza para hablar. Y así, contamos la historia de cómo habíamos sido agredidas por la misma persona durante nuestra relación íntima con él.

Una persona que, además, ostentaba una posición de reconocimiento dentro de una comunidad con principios feministas; lo cual sumaba a nuestra preocupación por callar, a riesgo de darle alas para seguir atrayendo víctimas.

En fin, el proceso fue harto complejo. Tras tremendos esfuerzos de mi parte, de la suya y de la comunidad: encontrar recursos sobre la gestión de rupturas del consenso en espacios seguros, contar de forma clara las agresiones físicas y emocionales, plantear los dilemas morales, crear un tribunal de pares... Logramos lo que pareció una solución consensuada pero que a todas luces hacía aguas.

Pese al acuerdo consensuado de vetar a quien nos había agredido del espacio colectivo, continuar con las actividades acordadas conjuntamente para el resto de la comunidad se volvió prácticamente imposible. A mi parecer, por falta de motivación y compromiso. Nunca sabré la razón real porque no me la contaron. Yo tampoco pregunté. Pero queda en mí cierto rencor al argumento de sentíamos dolor respecto a la ruptura del equipo; puesto que a mí también me abrumaban la pérdida y el daño vividos, más no por ello me desentendí de mi responsabilidad a la comunidad. Particularmente, seguí trabajando pese a sentirme todavía en peligro al tener a alguien muy cercano a mi agresor formando aún parte del espacio; vulneración en la que nadie más pareció reparar en ese momento. Admitidamente, cada quién tiene sus prioridades.

Aclararé, también, que en retrospectiva siento que fui coaccionada en un momento de extrema debilidad emocional y tras expresar varias veces que no me sentía capaz de saber lo que era mejor para mí y por eso había pedido ayuda a confirmar que mi deseo en calidad de "líder" del equipo (como resultado del tribunal) era el veto. Considero esto un comportamiento harto irresponsable hacia una víctima. Ejemplo de la falta de competencias o ganas de asumir responsabilidad colectiva sobre los valores que predicamos.

Así las cosas, fue bien sencillo empezar a sentir infinita culpa cuando me llegó el primer comentario tipo: finalmente lo hicimos por ti, Alba, junto a las evidencias de un equipo desganado. Culpa por haber abierto la boca. Por no haber dicho o hecho las cosas de otra forma, más amable o simpática. Por no haber tenido constantemente en cuenta los deseos y emociones de todas las personas involucradas. Aunque todo lo que leí insistía que las víctimas primero, sentí que me castigaban con su abandono al proyecto por haber obtenido justo eso. Culpa por haber roto yo esa cosa tan fantástica que teníamos antes. Buena para otres, claro está, porque a mí me servía de poco una comunidad que ni un mensaje de cómo estás después de las ordalías se digno a enviarme.

Culpa, al fin y al cabo, porque eso me había condicionado mi agresor a sentir cada vez que reclamaba que me tratase bien. Eso me dijo en su cocina el día que grité que me parecía insoportable escuchar un relato de su ruptura con ELLA, su expareja, quien me acompañó con tanto cariño a presentar esta denuncia, desde la posición de haber sido él víctima del silencio de ella. Mentira todo. Cien veces, contando esa, me repitió que yo hacía sentir mal a la gente a mi alrededor. Que les apartaba de mi lado con mi manera de ser y hacer las cosas. Si se comportaba(n) de una forma que me hacía daño, yo era responsable.

Desde hace meses, desde que el equipo de Poliamor Bogotá se desbandó, cuando hablo sobre esto escucho su voz. Son sus palabras las que me insisten que, ¡no! No tiene que ver con que la gente tuviera otros intereses más acuciantes ya antes o que el compromiso de presenciar en la práctica el compartir de los dolores además de los placeres espantó a más de unx que estaba ahí por la diversión. ¡No! No es que fuese más sencillo ver en pantallas y libros las ideas que ahora tocaba presenciar en carne y hueso. Fui yo. Fueron mis palabras. Y me inundó la vergüenza y la culpa hasta cerrarme el pico. Me consta que lo que dije, y mi posterior silencio, le vinieron de perlas a algunas personas para salir sin cuestionamientos de un espacio en el que hacía tiempo estaban con medio pie fuera. De nada.

Y ahora, nuevamente gracias a ella y su aceptación a mi versión completa y admitidamente subjetiva de las cosas, hasta hoy voy a hacerle caso a esa voz odiosa. La la la la la. No te oigo más.

Dos enseñanzas me quedan de esto:

La primera es que yo también puedo hacer daño a la gente que quiero. Y a la que no amo, supongo. No niego esto. Sobre ello, sólo puedo insistir en mi disposición a estar presente para escuchar, para comenzar medidas de reparación con quien así lo desee. Quiero hacerme responsable de las emociones que causen en otres mis palabras. Claro está, esperando que esa intención sea mutua en caso de requerirlo.

Pero no seguiré cargando la vergüenza y la culpa por algo que decidimos todes en el ejemplo que describo: dejar de cuidar(nos) y de comunicar(nos).

La segunda es que juntarnos entre mujeres, especialmente si son aquellas que han pasado por lo mismo y conocen de primera mano la experiencia que has vivido, tiene poder para lograr cosas inigualables. Quizá nunca sabré cuántas posibles víctimas se salvaron gracias a lo que ella y yo contamos. De lo que estoy segura es que el cambio que surtió en mí el ejemplo de saber posible reclamar un espacio seguro (en vez de ser yo quien cedía, callaba con miedo y aguantaba seguir viviendo sus agresiones y peticiones de cercanía pese a mis reclamos más explicitos por espacio) ahora se refleja en que soy una mujer más convencida si cabe de mis principios feministas.

Y yo, en nombre de esos esfuerzos individuales y colectivos que hicimos, prometo seguir abriendo espacios para que otras mujeres puedan plantar cara a sus agresores. Aunque sea, como hago aquí, a las voces que de ellos quedan en nuestras cabezas por el trauma. Asustadas, pero amparadas por una red que nos cree y nos acompaña.

13 de marzo de 2020

4 problemas feministas del poliamor

Ayer me invitaron a grabar un podcast genial, que espero compartir pronto con todes. Mientras sale, y como dialogando no siempre se transmite el mensaje tan claramente que por escrito, he pensado en dejar por aquí las ideas que preparé para ese encuentro.

Os reto a que hagáis esta entrada tan viral como esa nota tan bonita sobre anarquía relacional, para que no sea yo la única loca gritando a los cuatro vientos los problemas del poliamor en la práctica. Así, igual me convencéis de dejar de creer que la comunidad solo quiere comprar la versión fantástica y preciosa de esta historia.

Allá va, algunas razones por las que el poliamor es complicado de llevar a cabo si le ponemos la lente del género al asunto:

Nos enamoramos
El poliamor se ha subido muy rápido a un montón de teorías diferentes de las relaciones interpersonales (Comunicación No Violenta, Honestidad Radical). Una de ellas es la crítica feminista a los mitos del amor romántico. Sin embargo, como explica mucho más ampliamente la Vasallo en este artículo -y, mal que nos pese, como nos apuntaba el ya extinto movimiento ágamo-, hemos convertido el pack de mitos románticos en chivo expiatorio de un problema mayor. Mari Luz Esteban lo cuenta muy bien en Crítica al Pensamiento Amoroso. La dificultad con el amor (sin apellidos) no está en creer en una serie de ideas concretas y confinadas a esas listas que se pueden fácilmente difundir en redes sociales o talleres. El amor generiza y sexúa diferencialmente a hombres y mujeres en una sociedad y contexto histórico para los cuales nuestras expectativas y tareas dentro de las relaciones amorosas son desiguales. El guión de sentir y hacer la experiencia "amor" es diferente para las mujeres; a quienes se nos educa en el cuidado, atención y satisfacción de necesidades dentro de las relaciones afectivas.
Bajo este paradigma, amar nos sitúa irremediablemente en servidumbre. Enamorarnos, al contar con un discurso cultural adicional de sacrificio y dolor, aún más. Sin embargo, muchas personas poliamorosas todavía buscan activamente relaciones en las que el amor enamorado sea la cúspide de su red afectiva. Y se hace bien poco en las comunidades por entender qué ideas del amor promovemos o prevalecen.

Silvia Federici
El amor es limitado
Ojalá una moneda por cada vez que he leído o escuchado algo parecido a «el amor es infinito, pero el tiempo es limitado». Una idea que yo misma he pecado de reproducir dentro de las comunidades poliafectivas y se encuentra en la mayoría de textos originales (Ética Promiscua, Más Allá de la Pareja, Opening Up). Esto, simplemente, no es verdad. Hay muchas otras cosas que limitan el amor además del tiempo, como las capacidades, los intereses, o los deseos. Los deseos, construidos y modelados por mandatos hegemónicos de lo que es atractivo o no, rigen en su mayoría hacia dónde orientamos nuestros afectos y la atención o cuidados que derivamos de ellos. Estas construcciones del deseo obedecen, por supuesto, a imposiciones sobre apariencia y comportamiento que obligan diferencialmente a la mujer. Las atenciones o cuidados que derivan del amor también quedan limitadas, de nuevo, por prejuicios sobre a quién le corresponde ejercer de cuidadora en la relación.
La propuesta poliamorosa que plantea suficiente amor para acabar con la competición se desmorona ante la evidencia de un sistema aliado entre racismo, capitalismo, capacitismo y patriarcado.

Nuestras emociones están situadas en un contexto
Uno de los grandes éxitos del capital es habernos vendido que toda la responsabilidad de lo que sentimos nos pertenece. Así, cualquier culpa por estar inmersas en situaciones opresivas o violentas automáticamente se revierte. La manipulación máxima. Pero no. Ya lo he explicado con ejemplos. Insisto. Las teorías poliamorosas nacieron en el boom de la auto-ayuda, desde lugares de privilegio muy concretos espacial y temporalmente (la bonanza estadounidense de los años 80). Escribían mujeres blancas de mediana edad, asentadas en vidas relativamente cómodas tras haber explorado una juventud hippie en los años 60. Estas teorías no han hecho sino presionar más aun para que las mujeres nos amoldemos al guión socialmente aceptado de sentires válidos. Desde el psicoanálisis (o antes, desde la quema de brujas en la hoguera), las mujeres hemos sido histéricas cuya emoción debía ser dominada. Poner el foco, como hace el poliamor, en la responsabilidad individual, no hace más que descontextualizar que vivimos en un sistema donde la razón, la lógica y la compostura se premian por ser características asociadas con lo masculino, y la expresividad se castiga por lo contrario. El discurso poliamoroso invisibiliza las razones legítimas por las cuales podemos sentir tristeza, ira o miedo. Y convierte la forma en que comunicamos las emociones el problema central, evitando cómodamente reflexionar sobre por qué las sentimos.

Ideas como «hay que aprender a quererse antes de querer o que te quieran» ignoran la inmensa carga de opresiones estructurales sobre nuestra imagen y autoestima que nos imponen a las mujeres. Es, además, capacitista para aquellas personas neurodiversas con condiciones como la depresión que afecta su visión de sí mismas. No somos menos dignas de pertenencia a redes afectivas porque nos hayan intoxicado con creencias de inferioridad para dominarnos.

No es más sano
Aunque nuestro discurso repite hasta el hartazgo que no nos debemos creer más evolucionadxs, muchas personas sienten que el poliamor es más saludable. Se crea un efecto halo sobre quienes participamos activamente en las comunidades. Se nos otorgan automáticamente virtudes asociadas a los principios y valores con los que definimos esta orientación relacional. Es normal, cuando hablamos sin cesar de poliamor en términos de honestidad, ética, consenso y responsabilidad, creer que lo demás es menos moral. El problema con esto es que esconde comportamientos dañinos. Esperar que todas las personas poliamorosas seamos así de buenas nos hace pasar por alto los actos que no encajan con la expectativa de Personas Poliamorosas Perfectas, ya que crea una disonancia cognitiva. Sin embargo, en el poliamor hay ya varios ejemplos ampliamente documentados de abuso basado en género. De hombres posicionados en lugares de liderazgo y reconocimiento comunitario que agreden a mujeres emocional, física y sexualmente. Hombres que aprovechan este prestigio y reconocimiento para ocultar su maltrato o atraer nuevas víctimas.




Algunos de estos problemas están presentes también en la monogamia, por supuesto. O en otros sectores del activismo. Simplemente, la monogamia no pretende con su discurso haber alcanzado un lugar más igualitario u horizontal; ni niega en su pedagogía el marco sistémico en que se desarrolla la práctica. No propongo, entonces, que nos dediquemos o volvamos a las relaciones exclusivas. Solo quiero que dejemos de idealizar espacios que no tienen tanto de mágico como hacemos creer desde los lugares de difusión de estas formas de vida.

Tampoco tengo una solución para estas dinámicas. Pero sé que si vamos a proponer alternativas a las relaciones, tienen que servir, ante todo, para desmontar estas cosas.

17 de febrero de 2020

¿A dónde va una relación de anarquía relacional?


Ayer, arrunchada en el sofá con M -una de las personas que tiene acceso a mi intimidad- tras una copiosa comida india, conversamos tranquilamente sobre nuestros deseos de cuidado mutuo y para las relaciones en general.

En lo que me pareció un inmenso gesto de cariño, me preguntó: "¿Cómo te gusta que te cuiden?"

Reflexioné en voz alta y con toda sinceridad que, por ambiguo que suene, depende enteramente de la relación. Reconocí tener expectativas de cuidado muy distintas para cada uno de los vínculos que actualmente conforman mi red afectiva. Conté que es algo misterioso cómo he llegado a crear esas expectativas. Aunque ahora, después de darle vueltas, creo que tuvo que ver con el reconocimeinto y la aceptación de lo que aquellas personas me pueden ofrecer en combinación con encontrar una necesidad mía satisfecha por ello.

Di un ejemplo empleando mi relación íntima no-consanguínea más antigua. Ó, a quien llamo mi espejo, alma paralela, gurú y muchas cosas más, es alguien que lleva caminando a mi lado ya 9 años. Nuestra relación ha pasado de lo erótico a lo platónico sin dejar nunca de tener esa potencia creadora del deseo de unión y conocimiento mutuo. Me gusta que Ó me cuide escuchando mis crisis emocionales, oyendo sin asustarse mis pensamientos más oscuros y sacándome con lógica de los agujeros más profundos. Es una dinámica recíproca de cuidados a la que hemos llegado con el tiempo. No es lo único que hacemos, pero sí lo más importante para mí de nuestro vínculo.

Leyendo entre líneas, añadí que los cuidados que me gusta recibir en el vínculo que tengo con ella son otros. Especifiqué los mensajes con cumplidos o preguntando cómo fue mi semana, los besos y los abrazos. Por esto de que el amor es reciprocidad, no altruismo, le pregunté qué cuidados deseaba ella en una relación.

Le conté a M que, tras varios años de anarquía relacional, no encuentro ninguna relación (ni siquiera con mi madre) que se enmarque estrictamente en las cajitas de familia, amistad o pareja como nos dicta la sociedad que debemos separar nuestros afectos. ¿Cuáles más, sino, hay? Pocas palabras adicionales tenemos. Queerplatonic, follamigx... Ahora, todos mis vínculos íntimos están compuestos por elementos mezclados de varios tipos. Podría intentar desgranar, como hicieron los griegos, cuánto de ágape, eros, philia, storge o xenia compone cada uno de mis afectos. Pero no lo necesito. Sé que son -como dice mi profe- cuerdas con hilos de varios colores las que nos unen, cada cual con más hilos de algún tipo.

Entonces, me dijo algo que me sorprendió. Por esto del efecto burbuja de pasar mucho tiempo en comunidades inclusivas donde nadie nos cuestiona. Es fatal. M me contó que alguien le había espetado: "Yo no podría estar en una relación que no sé a dónde va".

Reafirmé, leyendo entre líneas una vez más, que mi deseo era continuar viéndonos. Pero me quedé pensando.

¿Hacia dónde puede ir o va una relación, de la orientación relacional que sea?

Claramente, hablamos de la escalera relacional. Tenemos una imagen mental de cómo es nuestra relación de pareja ideal y cuales son los pasos para llegar a ella. El orden da igual y hay variaciones culturales o contextuales miles. Va de cómo llegamos desde que nos conocemos hasta conformar una entidad sexo-afectiva socialmente reconocida y con caracter reproductor. Y despues, ¿qué? ¿Hasta el primer conflicto irreconciliable? ¿Hasta que la muerte nos separe? Lo que yo no podría es perpetuar el mismo ciclo de creación y destrucción de parejas las veces que sea necesario hasta encontrar "la verdadera". Porque no creo que exista.

Esta idea de que las relaciones deben ir hacia adelante -en una serie de hitos imaginarios- me parece muy capitalista. Parte de una lógica de considerar positivo solamente el crecimiento, el avance o el progreso continuo. Asume que está bien solamente aquello que va progresando hacia un incremento (de cuidados, compromisos o tiempo compartido).
También creo que el énfasis en construir algo es muy reproductivo. No todas las relaciones necesitan ese componente.

Obligamos a los amores y a los proyectos a asumir esta lógica linear. Y yo me di cuenta que estoy muy contenta en lo estático, lo circular o lo espiral. Las relaciones lineares tienen un principio y un final. Así sea el fin último, la muerte juntxs para siempre, se asume que desenlazarán. La idea de querer saber a dónde va tampoco da lugar para la incertidumbre intrínseca. Por más que yo desee que algo permanezca, continue, cambie o crezca, dos personas conforman una relación.

Para mí, la anarquía relacional ha abierto las posibilidades a salir de este esquema obligatorio. He tenido relaciones que subían por la escalera y todos sus hitos normativos de pareja pero, al acabarse el deseo de cohabitar de una de las partes, hemos dado un salto atrás y nos encontramos ahora estáticos en una dinámica que mantiene componentes platónicos y eróticos pero no va a avanzar más. Vínculos que deseo fuertemente de forma erótica se encuentran demasiado lejos para tocarnos, llevando a transformar nuestra intimidad de formas más platónicas y a construir mucho más nuestra relación emocional. Amores con quienes no quiero tener contacto físico alguno me hacen sentir profundamente enamorada, con ganas de cohabitar y planear futuros conjuntos.

Además, estoy dispuesta y sé que todo esto puede cambiar. Porque cada vez que dibujo nuevamente mi constelación hay en ella personas distintas. Admito que la gente que quiero se aleja continuamente, se ocupa, decide ir por un camino diferente. Como J me dijo durante un duro duelo que no lograba entender, porque ella no me había avisado ni explicado nada sobre su ausencia, lo único que puedo hacer es decidir si quiero continuar con la relación en caso que esa persona elija volver a aparecer en mi vida. Y, si es así, darle la bienvenida cuando lo haga. Agradeciendo contar otra vez con su presencia.

21 de enero de 2020

Poliamor, ¿amor altruista o egoísta?

Estoy leyendo el artículo de Wikipedia sobre amor y me sorprende la claridad de la propuesta ética respecto a los dos tipos de amor posible bajo los cuales se agruparían todos los demás.

Al contrario que el artículo en inglés, antes de adentrarse en las diferentes versiones biopsicosociales y religiosas de este macro-concepto, el texto propone que todas las definiciones del amor caben en una u otra de dos interpretaciones: el amor altruista, compasivo y cooperante; o el amor egoísta, competitivo, rival e individual. Una y otra idea están, a su vez, ligadas a conceptos espirituales o materiales respectivamente.

A medida que leo ejemplos de ambas propuestas, me pregunto lo obvio. El poliamor... ¿Propone un amor altruista o egoista?

Algo curioso en el poliamor es que, por más que nos dedicamos a filosofar sobre la forma de vincularnos afectivamente, el amor es un tema ampliamente evitado. Hablamos de acuerdos, de límites, de necesidades, de responsabilidad, se nos llena la boca insistiendo en la importancia de la comunicación y nos atrevemos hasta con los celos. Pero nadie se mete con el amor. Nos limitamos a criticar los mitos románticos, pese a que los reproducimos continuamente en nuestras relaciones.

Vagalume tuiteó esto, dando en el quid de la cuestión:

Me acabo de topar con una reflexión de Roma de las Heras que me ha fascinado:

El apoyo mutuo se basa en la reciprocidad, no en el altruismo.

**el altruismo es un valor de clase, es altruista quien puede. Ser altruista se sostiene sobre tener las necesidades cubiertas, y la reciprocidad sobre el reconocimiento de esas necesidades y la interdependencia para cubrirlas.


Pienso en todas las veces que he leído o escuchado a gente de la comunidad hablar sobre un amor altruista, que no espera nada a cambio de lo que da. En las bondades de tener una disposición de abundancia -frente a una mentalidad de escasez- al amar. Todo muy bien traido con esa siempre presente ética New Age.

Y encuentro una pista que me gusta.
Tú puedes creer lo que quieras sobre el amor.
Pero yo te digo que el amor es recíproco y consciente de las necesidades mutuas. No altruista. Y menos a costa del bienestar propio. Está en la mitad entre lo material y lo espiritual. Cuidadoso sin dejar de ser egoísta.

16 de enero de 2020

Yo no soy tu líder activista

Algunas vivencias de este último año me han precipitado a decisiones que llevaba tiempo postergando. En resumen, he elegido alejarme de acciones activistas en contextos físicos para dedicarme -por el momento- exclusivamente al activismo virtual. Y, aunque la separación sea a veces compleja de ver, quiero enfocarme solamente en la educación en diversidad relacional en los espacios de talleres.



Un detalle curioso de este proceso ha sido, como siempre, comentarlo con compas del sector. Quienes llevan años liderando movimientos similares comprenden perfectamente mi frustración.

Por si acaso, antes de profundizar más, aclararé por milésima vez que el activismo va de proponer un "deber ser" contra-hegemónico. Una alternativa supuestamente mejor que la normativa. Mientras que la educación consiste en enseñar todo el abanico de opciones posibles, junto con las herramientas para tener criterios ante la elección. Y recordaré que el poliamor es, sin lugar a duda y tal como se vive en las comunidades de encuentro, un activismo voraz ante quien no acata la nueva religión. Hay principios muy concretos que guían cómo es mejor hacerlo / serlo (aunque cada persona tenga ideas diferentes sobre su significado).

Así, alucinando que igual alerto a alguien contra la inútil idea de intentar cambiar el mundo a través de las comunidades de base (o simplemente para desahogarme) trataré de explicar por qué no soy -ni quiero ser- tu puta líder activista:

Alguien una vez me dijo que yo, como líder de Poliamor Bogotá, estaba obligada a ser más responsable afectivamente, honesta y cualquier otro principio del caso que nadie más. De dar ejemplo. En ese momento me creí el cuento y cargué con la culpa de no ser la Persona Poliamorosa Perfecta ®. Creo que muches participantes de la comunidad ven a quienes organizamos los espacios como "seres iluminadus" que hacemos todo esto mejor.

Hay varios fallos con esta idea.
Primero, no existen criterios de selección más allá de querer y poder hacer activismo para estar a la cabeza de estos espacios. Las razones para dedicarnos al activismo pueden ser muy egoístas o completamente altruistas. Yo junto una mezcla de ambas, desde mi necesidad personal de contar con burbujas de inclusión, reconocimiento o aceptación de mi identidad hasta el deseo de proveer herramientas de gestión emocional para que otres sufran un poco menos. PERO hasta ahora no hay correlación entre las virtudes morales que asociamos al poliamor y el privilegio de disponer de tiempo o ganas para dedicarse a esto. Y doy fe que la brecha entre mi información y mi acción es inmensa. Muchas veces por mi propia incapacidad, tantas otras porque es necesaria la intención comunitaria para volverlo realidad.
El otro gran lío con esta idea es que jerarquiza. Si yo lo hago mejor por el simple hecho de hacerlo más frecuentemente, podemos empezar a creer que algo poseo para ese savoir faire asumido y esperado. ¿Conocimiento? ¿Criterio? De esta forma, independiente a mis virtudes o capacidades reales, tan solo por mi perrenque [léase energía y dedicación en España] se me otorgan potestades de decisión que quién sabe si correspondan.

No quiere decir lo anterior que no tenga buenas ideas, válidas, leídas, bien formadas y útiles para la toma de decisión. Mi obsesión con el poliamor ha alcanzado niveles patológicos. Los más de 500 artículos que hay en esta web están filtrados y escogidos por mí, entre muchos otros que leí y no seleccioné. A mi correo llegan alertas de Google News y T&F semanalmente. Es posible que sí sepa qué decisión tomar. Bajo mis criterios sobre lo que es mejor, claro está. ¡Qué responsabilidad!

El asunto con los criterios es que se forman sobre sistemas de principios completamente propios a cada individue. Lo que cada quien piensa que está bien o está mal. En mi última crisis existencial aprendí que mis valores eran completamente subjetivos y, por tanto, no eran moralmente superiores a los de nadie más. Mal que nos pese, hasta que no descubramos a Diosatodopoderosa ® y nos entregue los mandamientos de la vida, debemos aceptar la diversidad. Ni los principios del poliamor (honestidad, responsabilidad, consenso) son supremos. Ni hay prueba empírica de que la vida regida bajo ellos sea más larga, más saludable (¡ja!), ni mejor según ningún otro parámetro. Y, dado el caso de demostrarse que la experiencia poliamorosa fuera más algo, aun podríamos debatir si efectivamente ese algo es mejor para todes o en todos los casos.

Aceptado esto, si no te gusta lo que pienso, ancha es la Internet o el campo. Haz tu activismo en otro lado. Quienes os habéis quedado, entiendo que será porque coincidís con mi criterio y opinión sobre la decisión. Aunque yo, que conste CLARO Y ALTO, yo no os he pedido quedaros.

Entonces, valóralo.
Entiende el esfuerzo y tiempo que me ha costado aprender. Cuando hablo de poliamor no expreso simplemente mi opinión. Comparto este conocimiento, también, atravesado por la lente de mi experiencia. Comprende que yo no lo cuento, no viajo, converso, escribo y leo a diario sobre esto para que llegue el machx de turno a apropiárselo. Dame crédito cuando corresponda (esto vale para mí o cualquier otra fuente que emplees). No tengas el descaro de citarme en el mismo lugar que abrí para ti y decir que lo leíste por ahí. Esto me ha pasado. Son estas mierdas las que me impulsan a cobrar por los espacios.

A ver, ya lo sé, Casi todas las ideas son iteraciones de otras, más antiguas. Una de mis frustraciones actuales es ver que las feministas de los 70s habían descubierto ya todas estas utopías amorosas de las que hoy hablamos (la responsabilidad afectiva, deconstruir el amor romántico, desjerarquizar la pareja) y no les sirvió para nada. Sin embargo, a veces la mezcla concreta en la que se presentan las ideas es gracias a alguien. Yo le debo mucho a mis profes de sexología y a algunas mentes insanas por ahí. Es justo que las nombre siempre que pueda. Por ejemplo, esto de la explotación de las ideas y cómo es un rasgo más del consumismo al cual nos sometemos viene de @kmi.kc.

¿Quieres quedarte y, aun así, criticar? Asegurate de tener una buena propuesta y alternativa al plan. Intentando co-crear he comprometido cientos de veces lo que creía mejor, tratando de incluir las ideas de otres para construir horizontalidad. Claro que sí, también gracias a la imaginación ajena mis talleres han mejorado otras tantas ocasiones. PERO si te vas a quejar hasta por el color de las decoraciones cuando no has puesto ni un minuto ni un peso ($) en la actividad, tu opinión quizá guárdatela.
Lo mismo aplica para las brillantes ideas que nunca piensas ejecutarUna de las razones más frecuentes de bronca con mi ex era no estar de acuerdo en cuestiones de Poliamor Bogotá. En su esfuerzo por minar mi auto-estima insistía que, si yo no quería hacer las cosas como él proponía, era mala malísima por "desmotivar las iniciativas de la comunidad". ¿Qué buscas cuando propones ideas? ¿Dar a conocer lo brillante que eres por tenerlas? ¿Esperas que otre tome la iniciativa de tu plan? ¿Que te feliciten? ¿Estás pidiendo permiso? Eso no, porque muchas veces he aprobado propuestas y resultados no hay.

Tanto la crítica destructiva como la propuesta sin iniciativa jerarquizan la estructura organizativa. Obligan a que otre tome una decisión: solucionar, iniciar, crear, coordinar, por ti. Tan pronto dejas la decisión en mis manos, me das el poder sobre cómo y cuándo ejecutar. Si quieres que las cosas se hagan como tú las imaginas, hazlas. No logro entender por qué la gente piensa que esto significa atomizar, dividir o antagonizar. Cuando lo que implica realmente es LIDERAR procesos comunitarios en los que inspires a la gente a unirse a tu propuesta. Aceptando que no todo el mundo lo hará. Quizá hay demasiado miedo a fracasar. Puede que sea solo pereza. Muero por escuchar vuestras respuestas.

En fin. En los últimos 3 años he intentado, desde mis conocimientos disponibles, construir un equipo horizontal y multidisplinario que se apropiase de su lugar como referente para una comunidad de más de 8.000 personas. Seguramente más de una y de dos malas decisiones habré tomado. Concluyo con una comunidad satisfecha con seguirme como la figura de mando que no quise ser. Poliamor Bogotá no tenía autoría -ni rostro- para no crear falsa autoridad o verdad. Sin embargo, cuanta mayor apatía percibía, menos ganas de compartir mis ideas e iniciativas. Me siento orgullosa de mis propuestas y yo sí quiero probar suerte construyéndolas.

Como toda autoridad, he sufrido el consiguiente rechazo malcriado a la figura de poder de la cual se depende. Olvidando que es un espacio que ostento otorgado enteramente por la falta de motivación para accionar, por una carga mental que debía haberse compartido y por una responsabilidad de decisión que no me compete.

Así, decido que NO. Ya no quiero ser más la madre sobreprotectora a la que culpar.

Es absurdo predicar sobre desjerarquizar las relaciones afectivas cuando no somos capaces ni de distribuir tareas activistas equitativamente. Esperando que nos manden qué hacer, o nos recuerden nuestros compromisos, desde una lógica de poder y orden social vertical. No quiero jugar más.

10 de octubre de 2019

Espacios más seguros

Allyson Mitchell and Paul Campbell Installation, Granny Square Wreck Room, Gladstone Hotel (2005)

En el activismo mencionamos con frecuencia el término espacio seguro a modo de reclamo para que las personas se sientan tranquilas y cómodas en los talleres, charlas y conversatorios. Creo que es necesaria una discusión en profundidad sobre este concepto, cuyo significado a veces asumimos sin que exista verdadero consenso al respecto.

Este texto pretende hacer un análisis completo a la par que breve. Por ello se asumen en él una serie de asuntos que son tangenciales al tema en cuestión: el conocimiento del contexto sociocultural en el que nos encontramos, una idea básica sobre el feminismo, una comprensión de la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales, entre otros.


Me surgen las siguientes preguntas, que abordaré una por una:
  1. ¿Qué es un espacio seguro?
  2. ¿Por qué hacer de un espacio activista un espacio seguro?
  3. ¿Cómo se accede al espacio seguro?
  4. ¿Quién garantiza la seguridad en el espacio?
  5. ¿Qué acciones y herramientas tenemos para mantener la seguridad en los espacios?
  6. ¿Qué acciones hacen que un espacio deje de ser seguro?
  7. ¿Qué opciones tenemos para reconstruir el espacio seguro?

1. ¿Qué es un espacio seguro?

Wikipedia tiene un breve artículo en inglés que concuerda con mi pensamiento. Los espacios seguros se crean con la intención de proveer entornos libres de juicios de valor a comunidades víctima de discriminación en la sociedad general. Por tanto, es fundamental distinguir entre un espacio seguro y un espacio libre de juicios de valor. El espacio seguro no es una terapia humanista, donde toda afirmación será recibida positivamente. El espacio seguro está pensado para proteger contra acciones, comentarios, opiniones e ideas que puedan potencialmente erosionar los derechos de un grupo minorizado. Es un espacio de acción afirmativa en el cual se priorizan las voces de aquellas personas que son ridiculizadas, cuestionadas y silenciadas en otros entornos.

Los espacios seguros nacen de aceptar y reconocer que los entornos normativos son insuficientes e inadecuados para atender las necesidades (sociales, legales, administrativas) de las personas minorizadas sin incurrir en revictimización.

En todo el texto empleo el término espacio seguro por brevedad, pese a entender que no existen como tal lugares 100% seguros, pues cargamos allá donde vamos todas nuestras creencias. La expresión empleada en el activismo para denominar estos espacios es, con frecuencia, más seguros.

En el poliamor es complicado crear un espacio seguro pues hablamos de una identidad atravesada por multitud de intersecciones (de raza, de género, de orientación sexual). Pero, ¿es imposible?

2. ¿Por qué hacer de un espacio activista un espacio seguro?

Sencillamente, para no tener que mantener los mismos debates de base una y otra vez cuando tratamos de elaborar en profundidad. Para no perder tiempo valioso de descubrimiento sobre la temática durante la charla, taller o conversatorio haciendo pedagogía. Porque ya conocemos el punto de vista del lado de la opresión y hemos escuchado los argumentos cientos de veces en boca de familiares, amigus, polítiques, revistas y guiones de película. 

Elaborando más, porque si el activismo existe como propuesta contra-hegemónica al del "deber ser", tiene una obligación moral en rechazar la normatividad impuesta. Como acción política.

Ya he dicho varias veces que el poliamor es activista, nos guste o no. Al menos en los espacios públicos de encuentro. Son precisamente las intersecciones que atraviesan a les participantes las que nos obligan a posicionarnos.  ¿Te imaginas un poliamor homófobo? ¡No! Dirás, el poliamor es cuir-inclusivo. ¿Puede haber un poliamor sexista? ¡Jamás, el poliamor es feminista o no es poliamor! Cuantas más intersecciones le añadimos, más difícil resulta sostener el argumento de que el poliamor es tan solo una práctica privada. En un mundo donde la norma sigue siendo la opresión cisheterosexista, un poliamor feminista y cuir inclusivo es activista. Y debe ofrecer, en sus espacios de reunión pública, seguridad para estas y otras intersecciones.

3. ¿Cómo se accede al espacio seguro?

Esencialmente, estar en un espacio seguro debería ser entendido como un privilegio otorgado por dos razones: la pertenencia a la comunidad discriminada y el compromiso a mantener seguro el espacio.

En ningún caso es un derecho universal e inalienable de les individues. Sino un privilegio condicional. ¿Condicional a qué y por qué? Depende enteramente del objetivo activista en cuestión. La opresión contra la que se desee proteger a la comunidad determinará las acciones que condicionan el acceso (más sobre esto en el punto 6). Y condicional porque, obviamente, sería mucho más complicado garantizar la seguridad del espacio sin vetar de él a quien no lo cuida.

Si no creen que el poliamor sea una identidad discriminada, echen un ojo a esto.

4. ¿Quién garantiza la seguridad de los espacios?

Aquí, contundentemente mi respuesta es todas las personas que participan de ellos. Tenemos una tendencia a la pereza, al individualismo, al egoísmo y a la difusión de la responsabilidad cuando nos encontramos en colectividad. Si todes disfrutamos del espacio, todes lo cuidamos. Sencillo.

Admito que los roles pueden ser diferentes. De nuevo, en este artículo explico las responsabilidades de los distintos perfiles en el activismo. La responsabilidad está íntimamente ligada a la seguridad. No puede haber espacios seguros si nadie se compromete a cuidarlos.

Les organizadores, voluntaries y referentes activistas por un lado y las personas participantes en las actividades, los espacios físicos y virtuales por otro son quienes deben garantizar la seguridad de los espacios.

Me parece fundamental entender que la responsabilidad colectiva es una extensión de la responsabilidad individual, no su opuesta. No se trata de elegir la autonomía frente a la subordinación. Sino de pensar, ¿cuáles son mis objetivos de seguridad? Si son los mismos que los de la comunidad, colaboraré para cumplirlos. Si no, quizá debería replantear mi pertenencia a ese grupo.

5. ¿Qué acciones y herramientas tenemos para mantener la seguridad en los espacios?

Este artículo de un compañero de Poliamor Madrid explica algunas de ellas, voy a enumerar esas junto con algunas otras de las acciones y herramientas disponibles a espacios activistas de cualquier temática.

Les organizadores, voluntaries y personas referentes del activismo pueden -en nombre de la organización colectiva que representan:
  • Crear y actualizar códigos de conducta, normas o principios rectores.
  • Llenar los espacios con gente de confianza, segregar por identidad (raza, orientación sexual o identidad de género), privatizar los espacios.
  • Realizar dinámicas grupales, talleres y charlas sobre seguridad en los espacios.
  • Modelar con el ejemplo.
  • Explicitar las necesidades de cuidado del espacio.
  • Delimitar las capacidades de la organización para proveer un espacio seguro (expresar lo que la organización no puede hacer).
  • Proveer rutas de atención, denuncia o acompañamiento claras e inclusivas* cuando el espacio ha dejado de ser seguro para alguien.
*Inclusivo, al igual que seguro, es un adjetivo que se refiere a la acción afirmativa en beneficio de grupos minorizados discriminados. No a favor de absolutamente todes, ya que eso generalmente beneficia a las identidades opresoras debido a prejuicios sistémicos.

Les participantes de los espacios, ya sean físicos o virtuales, pueden:
  • Conocer sus límites personales de seguridad.
  • Expresar cuando esos límites se han traspasado.
  • Aprender sobre el tema y las opresiones que lo atraviesan.
  • Saber sobre los códigos de conducta, normas o principios rectores del espacio.
  • Informar si se incumplen los códigos de conducta, normas o principios rectores.
  • Preguntar si creen que se traspasan los límites de seguridad de alguien más.
  • Buscar rutas de atención, denuncia o acompañamiento para restablecer el espacio seguro.

6. ¿Qué acciones hacen que un espacio deje de ser seguro?

Antes de escribir este artículo he leído sobre las políticas de espacios seguros en Nueva York, Londres, y Madrid. He consultado con personas que lideran comunidades poliamor en Paris. También he encontrado un maravilloso texto de Berlín al respecto. Pese a tener fines activistas ligeramente diferentes (en unos casos, ofrecer talleres sexo-positivos donde explorar la práctica erótica; en otros proveer entornos libres de prejuicio a la comunidad poliamor en los que dialogar sobre la vivencia en relaciones no exclusivas), afirmaré que las comunidades activistas encuentran la ruptura del espacio seguro en un mismo lugar

Un espacio deja de ser seguro cuando se traspasan los límites de una o varias de las persona que hacen parte de él sin su consentimiento, especialmente si son límites relacionados con los objetivos colectivos de seguridad. Vamos poco a poco.
  • Se transgreden los límites de alguien. Una o varias personas, desde su experiencia subjetiva -porque no puede ser de otra forma- reconocen y comunican que los límites respecto a sus necesidades de seguridad se han cruzado.
    Por ejemplo: Yo necesito estar en un espacio libre de sexismo para hablar abiertamente de poliamor y alguien ha hecho un comentario machista. Expreso esto al grupo.
  • Se desconoce, ignora o viola su consentimiento. Esto puede parecer redundante, pero no lo es. Mucho menos en comunidades que juegan con actividades y temáticas no normativas.
    Por ejemplo: Yo necesito estar en un espacio que me garantice privacidad o discreción sobre mi orientación relacional. Si alguien toma una fotografía en la que aparece mi rostro sin preguntar, tal vez lo haga por desconocimiento de mi límite. Si se han hecho públicas unas normas sobre no tomar fotografías, está actuando de manera ignorante al "hacer como que no se entera". Más, si pido claramente que no me saque en su foto y aun así lo hace, está violando mi consentimiento.
  • El límite que se transgrede está relacionado con los objetivos comunitarios. Los espacios seguros se crean con el objetivo de proteger a uno o varios grupos contra las opresiones sistémicas del entorno. Por tanto, es razonable que no se atiendan igual todos los límites cruzados.
    Por ejemplo: Si en un grupo poliamor se traspasa el límite de seguridad de una persona respecto a su propiedad privada (un robo de celular), es posible que se realicen algunas acciones y se cuestione la confianza en la comunidad. Sin embargo, no se iniciarán rutas de acción.

Sobre la temporalidad y el lugar de la acción

Las comunidades activistas suelen considerar como acciones que infringen el espacio seguro aquellas que suceden primordialmente durante las actividades y en los espacios -físicos o virtuales- compartidos por la comunidad.

Sin embargo, varias comunidades activistas mezclan el trabajo por la causa con las relaciones afectivas (BDSM, poliamor). Por ello, resulta cada vez más urgente valorar la necesidad de evaluar colectivamente los comportamientos y acciones de les individues que participan con regularidad en los espacios seguros; aunque se ejerzan fuera de ellos.

Por ejemplo: Yo soy amiga de una persona negra, quien me invita a compartir talleres sobre la salud mental afro. Yo le acompaño y acato las normas perfectamente; pero una tarde hablando del tema me salen los prejuicios y, siendo neuroatípica también, realizo comentarios racistas -de los que, quién sabe, ni me doy cuenta porque no es mi opresión. ¿Tiene que continuar compartiendo conmigo ese espacio cuando mi presencia lo vulnera? No. Un espacio seguro diseñado para varias opresiones que interseccionan buscará proteger el mayor número posible de ellas.

Hemos visto, además, demasiados casos en los que se emplean los espacios activistas y supuestamente seguros como cotos de caza para atrapar personas a las violentar límites en la intimidad. La dinámica intrínseca de algunos tipos de opresión sistémica (como la violencia de género) hace que sea imprescindible trascender las barreras de lo público si queremos construir comunidades verdaderamente seguras para quienes participan regularmente.

7. ¿Qué opciones tenemos para reconstruir el espacio seguro?

De todos los textos mencionados arriba, se pueden extrapolar algunas ideas. Primero, aclarar que aquí estamos hablando de teorías de la justicia. En términos muy simples, qué le corresponde a quién para que la sociedad sea justa. El objetivo del espacio seguro es crear condiciones más justas que las habituales. Nuestra reflexión a la hora de reconstruir un espacio seguro girará entonces en torno a cómo devolver ese equilibrio que se ha perdido mediante las acciones ya comentadas.

Desde un enfoque restaurativo o reparador hasta una visión correctiva e incluso retributiva, las opciones para reconstruir el espacio seguro son las siguientes:
  • Mediación entre las partes por un comité imparcial, compuesto por integrantes de la organización o -si es necesario debido a un conflicto de intereses- por un ente externo.
  • Ofrecimiento de perdón, disculpas (verbalmente o por escrito).
  • Aceptación de responsabilidad.
  • Compromiso de no repetición.
  • Garantía de realizar acciones formativas o terapéuticas relacionadas con el límite transgredido.
  • Acceso a información sobre la presencia en los espacios de la persona que ha transgredido el límite, para la persona que ha sufrido el daño y para la comunidad.
  • Talleres, charlas y conversatorios sobre seguridad para la comunidad.
  • Vetos al espacio: específicos (para actividades o roles concretos), temporales, indefinidos (hasta la petición de revisión por parte de la persona vetada).

En conclusión...

Todos estos conceptos se podrían desarrollar muchísimo más. Este escrito pretende ser un resumen y punto de referencia de las ideas que manejan actualmente las comunidades activistas poliamor y sexo-positivas sobre los espacios seguros. La tradición oral y las barreras del idioma a veces nos hacen perder de vista lo rica que es nuestra experiencia en soluciones para problemas, lamentablemente, más comunes de lo que nos gustaría.

La búsqueda de un balance entre límites y necesidades personales, colectivas y la expresión del deseo y la autonomía puede parecer compleja. Pero realmente no lo es. Hay líneas rojas muy claras y fáciles de identificar en lo que respecta a raza, capacidad, género o diversidad sexual que no se deben cruzar en el activismo. No caigamos en la pereza de no hacer nada porque es difícil encontrar el camino correcto.

Gracias a todas las personas que me orientaron en la búsqueda de información.

26 de agosto de 2019

La responsabilidad afectiva es mentira


La persona que me abrió paso al poliamor, en teoría y práctica, reapareció ayer en mi WhatsApp después de varios años siendo yo quien tomaba la iniciativa de la interacción. Fue una señal de esas que, por más escéptica que me pretenda, no puedo dejar de creer que tienen algo de destino. Pues sus últimas experiencias activistas y personales le situan en una posición única para hablarme como nadie más sobre algunos temas que me preocupan.

Auque mi tristeza es en estos momentos muy grande y no llegamos a ninguna solución perfecta -no creo que la haya, ¡ojalá! la conversación me dejó algunas reflexiones. El poliamor no es el único activismo que elle y yo compartimos, por eso nuestro discurso y práctica se entreteje con los aprendizajes que sacamos del desierto. Otro activismo bien particular. Y de tanto, tantísimo sufrimiento en nuestras experiencias compartidas.

Le requerí sobre la incongruencia entre nuestros discursos públicos de responsabilidad afectiva y la práctica privada. Elle pensaba que hacemos mal en delegar nuestra felicidad personal a otres y que debemos responsabilizarnos individualmente de nuestros límites y necesidades. Hasta ahí de acuerdo, sin embargo chocamos cuando se trataba de averiguar quién era responsable de los sentimientos. El argumento de la responsabilidad individual siempre me ha irritado, pues lo considero marca del discurso capitalista inmiscuyéndose en un esfuerzo por construir relaciones colectivas que asumen la causa-efecto de las acciones sobre las emociones.

Pero entonces, en ese lugar donde por fin me sentía segura de disentir sin ser juzgada como una "poliamorosa imperfecta", sin tener la obligación de dar la respuesta ideal, me di cuenta del craso error en el razonamiento poliamoroso detrás de apelar a la responsabilidad afectiva como gran, única e indiscutible solución para todos nuestros problemas relacionales.

Y se me cayó el alma a los pies.

La responsabilidad afectiva es una utopía que solo funciona si asumimos la bondad de las personas personas con las que nos relacionamos.

Más claro: que nos podamos relacionar sin sufrir en redes afectivas donde las personas cuidan unas de las otras a través de responsabilidad afectiva -que implica tener el interés de las necesidades de cada quien (incluidas las propias y las comunes de la red)- asume que todas las personas en esa red tienen la disposición, la buena fe, las herramientas de gestión, el conocimiento interior y de otres y la intención de hacerlo.

Y esto es una premisa filosófica, lógica y ética inmensa que hace aguas por todas partes a las luces del contexto sociocultural en que nos encontramos. ¿A quién se le ocurrió que en un mundo cis-hetero-patriarcal y carente de ninguna educación emocional la gente iba a encargarse equitativamente de las necesidades del resto? ¿Quién pensó que las dinámicas de discriminación capacitista iban a terminar por ponerle una palabra bonita y llamativa a la idea de inclusión?

¿De verdad lo estáis consiguiendo? Porque yo no.

25 de julio de 2019

Quién da más

Una notita breve para avisar que me tienen muy aburrida los activismos del quién da más.

Jueces y jurados por todos lados sobre el buen y el mejor feminismo, poliamor y hasta diversidad sexual.

Hoy, te comes una polla de más y dejas de ser bisexual.
Te dan un guantazo consensuado y ya no eres feminista.
Quieres formar pareja y te borran de las listas de la anarquía relacional.

Policías de la sexualidad y el erotismo por todos lados.

Pues sabéis qué os digo, que para eso ya tenemos a la Iglesia. No me hacen falta vuestros nuevos moralismos.

Y que voy a seguir haciendo lo que me salga del toto. Eso, eso es activismo marginal.
No necesito carnet de nada para cuidar.

4 de junio de 2019

¿Qué hay dentro de un nombre?

¿Qué hay dentro de un nombre? Que lo que llamamos rosa por cualquier otro nombre podría oler tan dulce.
O tan amargo.

Cuando conocí esto del poliamor pensé, como he visto hacer después a mucha otra gente al ser yo quien les explica de qué va esto: «Wow, ¿dónde había estado escondido este concepto toda mi vida? Ahora sí que tengo la respuesta». Fue uno de esos momentos "eureka" en los que me pareció entender por qué no encajaba, y creer que a partir de entonces sería más fácil relacionarme. Visto está que no es tan sencillo. Y esta advertencia se la damos a cualquiera que nos escucha. Parece una revelación ahora, pero poner en práctica esta filosofía es otro cantar.

Llegar a acuerdos, ser honeste y responsable en las relaciones íntimas suena genial; pero en el día a día nos enfrentamos a decisiones complejas en las que no es tan fácil saber qué es lo correcto. Y, sobre todo, en las que "lo correcto" no siempre corresponde a "lo deseado". O en donde la costumbre se lleva la mejor parte y acabamos revirtiendo a dinámicas dañinas para nosotres y quienes nos rodean.

Yo -como a mucha otra gente que nos gusta dárnoslas de interesantes- suelo decir que nunca he sido realmente monógama. Una larga lista de folla-amigos que efectivamente eran buenas amistades con quienes dejaba de acostarme cuando se echaban novia, gente que tenía en "rotación" durante meses, alguna pareja estable a la que engañé y alguna otra con la que intenté tener una "relación abierta", todo bastante lejano de la idea de juntes para siempre en búsqueda de la familia nuclear.

Realmente conocí el poliamor, como término activista, hace algo más de 3 años (en enero o febrero de 2016). En ese momento no entendía que era un activismo. Creo que mucha gente en la comunidad tampoco lo asume como tal. Y supongo que para algunes no es más que una práctica, un estilo de vida o como mucho una identidad relacional. Al fundar Poliamor Bogotá tampoco entendí el alcance de plantear el poliamor como un activismo. Sin embargo lo es. Tiene un enfoque muy educativo en sus espacios, por eso pasa bajo el radar. El poliamor ofrece espacios de auto-conocimiento y de educación en inteligencia emocional. Ofrece herramientas para las relaciones que son universales. Esto confunde.

Sin embargo, el poliamor es sin duda un activismo. Los activismos se definen por marcar el "deber ser", y lo hacen en oposición al "deber ser" hegemónico. La educación, en cambio, muestra la diversidad de opciones disponibles. 

¿Alguna vez has pensado «no soy buen poliamorosx»?

(Que no lo digo yo, os lo dice un meme).

¿Contra qué criterios estabas midiéndote? 

Celos mal, cazar unicornios mal, swinger mal, saberse perfectamente la teoría bien, cuidar a todes aunque no te quede tiempo ni para vivir bien, promiscuidad -depende a quién preguntes...

Si se puede hacer bien, es porque se puede hacer mal. Dividir cositas entre el bien y el mal se llama sistema moral. Y, ¿quién define eso? La comunidad. Creer que nuestra definición del bien y el mal es mejor que ninguna otra es... Bueno, ¿qué te parece a ti que es? 
Estamos creando, querámoslo o no, un sistema moralizante que domina a través de refuerzos positivos y negativos: la culpa, la exclusión, el reparto de afectos y atención, el sentido de pertenencia, etc.

Repetimos como robots en las charlas: «¡Son relaciones a la medida! Aquí no hay una forma correcta de hacerlo, hay muchas». No es verdad. En nuestros entornos privados, en las experiencias que enfrentamos día a día, se evidencia un impulso macondiano hacia promover formas muy concretas de vivir el poliamor que son las que la "teoría" indica además de las más "avanzadas". Está de moda ir, cada día, un paso más allá. Lo que se incentiva en los círculos privados es ser quien más sabe de poliamor, quien más amores libres tiene y menos exclusivos son. Hablar de celos está mal y la jerarquía es caca. La inseguridad, aunque tenga una razón legítima de existir porque vivimos en un mundo hostil o el vínculo pontencialmente haya contribuido a crearla, tampoco.

Lo interesante de esto es que las mismas personas que promueven un poliamor perfecto, inmaculado, impecable y fiel a todos sus principios de desjerarquización, feminismo, no-posesividad y plena conciencia iluminada son individues que están lejos en su práctica de lograrlo. Gente que evidencia en sus prácticas irresponsabilidad afectiva hacia otres, que rompe acuerdos sistemáticamente, que invisibiliza las necesidades ajenas para obtener cobertura a las suyas propias.

Yo, siendo así, cada vez me siento menos poliamor. No soy monógama tampoco, eso está claro, pero me niego a formar parte de un colectivo dogmático y ciego a sus propios errores.

Es lo mismo, pero con otro nombre.

20 de febrero de 2019

Responsabilidad Activista


Esta semana han llegado a mí un montón de situaciones que me han hecho pensar cuál es el lugar de la responsabilidad en el activismo.

Y, como en mi vida personal todo va tan putamente bien que no tengo inspiración para los escritos, voy a reflexionar un poco sobre este tema. 

El activismo es curioso, porque se trata en su esencia de posicionarse frente al otre como el superior moral; casi siempre además pretendiendo no serlo, predicando tolerancia o suponiendo emplear medidas menos violentas que el otre para avanzar terreno.

De esta esencia del activismo, como acción que se posiciona en contra del otre u otres, surgen muchas oportunidades para ser responsable. O, en su defecto, irresponsable y descuidade.

No quisiera entrar aquí a debatir si el activismo es o no una acción de posicionamiento moral contra otras opiniones que se perciben como alteridades. La observación participante en cualquier grupo activista al azar (vegano, feminista, fascista, etc.) muestra con claridad la formación de identidades estratégicas en sus integrantes, ejercitadas con más fuerza cuanto más intensa la oposición.

El primer espacio de responsabilidad en el activismo es precisamente en el enfrentamiento ante la disidencia. Este punto no me interesa tanto, porque allá cada cual con su doble moral. No se puede "luchar por la paz". En este sentido, es interesante mantener los argumentos lógicos, formales y lejos de los ataques personales. 
Sirve tanto para pelear contra el otre normativo (carnívores para une vegane, machirulos para una feminista), como para argumentar contra el otre activista. Porque aquí no se salva nadie de ser visto como el enemigue. Cada vez más, los activismos se atomizan subestimando el valor de un frente unido. Imaginando opresiones por parte de quienes deberían ser aliades y obviando el problema de raíz.
No quiero decir con esto que no haya, por ejemplo, feminismos racistas, clasistas o tránsfobos. Claramente los hay. Simplemente me parece que enfocarse en luchar contra las mujeres que comparten una gran parte de su opresión contigo porque no se han deconstruido del todo ignora al otro que nos arrodilla a todas a la vez. Y así sucesivamente.

El segundo espacio de responsabilidad que se me ocurre es dentro del propio activismo. Este tiene más leña que cortar.
Cuando yo hablo de responsabilidad -una palabra decididamente ambigua- me gusta hacerme las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuáles son los límites? ¿Quién ejerce los cuidados? ¿Qué expectativas hay? Esto es porque para mí, la responsabilidad pasa por reconocer mis necesidades y mis límites, honrar los de otres y cubrirlas en la medida de las expectativas que he generado.

Emplearé Poliamor Bogotá de ejemplo, por tener la información más a mano. Pero todas sabemos de qué pie cojea esta mesa.

Así, si en Poliamor Bogotá yo ofrezco un espacio inclusivo y libre de prejuicios, estoy creando una expectativa de cubrir ciertas necesidades muy concretas. Mi responsabilidad recae en reconocer los límites de la organización para ofrecer dicha inclusión y ausencia de prejuicios. Porque, claramente, no somos omnipresentes ni todopoderoses. Aunque lo hagamos muy requetebien.

Esta responsabilidad dentro del activismo va más allá, creo yo. Una vez que reconozco los límites de la entidad activista, debo aceptar la autonomía de la responsabilidad individual. Sea de les integrantes (portavoces y representantes), o de les participantes en el lado receptivo del asunto.

Entonces, supongamos que cuento con individues desjuiciados -qué bonita palabra, eh- que se niegan a avanzar por el debido proceso de deconstrucción que obliga el sagrado poliamor. Y, en ese andar, llegan a nuestro taller desoyendo las normas que explicitamos por escrito y verbalmente con anterioridad en contra del machismo y otras formas de discriminación. Digamos que una de estas personas suelta, finalmente, algún improperio ofensivo en una mesa delante de varias personas. Otra vez: ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuáles son los límites? ¿Quién ejerce los cuidados? ¿Qué expectativas hay?
La necesidad será muy diferente dependiendo de los límites de cada persona en la mesa. Para algunes, simplemente continuar el taller; para otres será importante una llamada de atención o incluso el veto del ofensor en participaciones futuras. Quién ejerce los cuidados es clave aquí. Si la expectativa es un espacio inclusivo y libre de prejuicios, pensemos quién conforma y crea este espacio. Existe colectivamente, gracias a la participación activa de todes. No habría Poliamor Bogotá sin moderadores, pero tampoco sin participantes. Diferir la responsabilidad de cuidados jerárquicamente en dirección a unas pocas personas, sean moderadores, organizadores, o similar figuras de poder, solamente logra el efecto de disuadir al participante de su papel fundamental en salvaguardar las condiciones para cubrir sus propias necesidades. Es lo que ocurre en los Estados. La responsabilidad del activismo es recordar continuamente que los espacios son de creación colectiva. Teniendo en cuenta que soy yo quien determina, en última instancia, lo que significa inclusivo o libre de prejuicios para mí. Y que solo yo puedo saber mis límites respecto a cuándo se cruza definitivamente la linea de mi necesidad al respecto, por tanto es mi responsabilidad individual alzar la voz si quiero más inclusión o menos juicios de valor.

La responsabilidad colectiva -y organizativa- reside en hacer esta tarea lo más sencilla posible. Reforzando positivamente al individuo cuando lo hace y brindando las herramientas (rutas de acción, guías de comportamiento, etc.) con el fin de que no sea una opción capacitista.

En tercer y último lugar, la responsabilidad individual en el activismo se puede ampliar aún más.

Una de las formas que me parece importante destacar es la atención a los referentes de autoridad que creamos cuando somos ejemplo de visibilidad. A veces, parece que se nos olvida que cada una de las personas al frente de una organización, colective, página o comosellame activista representa el modelo a seguir de ese paradigma para muchísima gente -a veces miles de personas-. Gente que cuentan con menos privilegios, por vivir en una ruralidad sin acceso a eventos, por tener una familia que les discrimina... Y ven a quienes se suben a los podios del poliamor como ejemplos a seguir. Podemos repetir mil y una veces que "somos aprendices, que en esto no hay expertes, que cada camino es único". Y aun así graban a fuego cada una de las palabras que oyen. Por eso, creo que la responsabilidad individual en el activismo empieza por la humildad.

Desde aquí, mi sugerencia a quienes nos encontramos -buscándolo o no- en posiciones referentes es formarnos de manera continua. Pues si la necesidad de la comunidad es contar con figuras como modelo, creo que nuestra responsabilidad individual pasa por ofrecer información clara y veraz que contribuya a solucionar las dudas de quienes las tengan. Más de un caso hay por ahí de personas muy visibles que añaden confusión desde sus respectivos podios, enmarañando terminologías o mezclando ideas sensatas con jerigonza.

La responsabilidad individual ha de nacer también de quienes visitan los espacios de activismo. Porque es muy fácil reclamar un estándar de calidad a la organización activista que frecuento una vez al año o conozco a través de las redes sociales, pero ya cuesta un poco más poner horas de mi tiempo y energía voluntaria y gratuitamente en hacer reales todas esas magníficas ideas que tengo. La responsabilidad participante empieza por reconocer que mi necesidad en un espacio colectivo, más allá de los compromisos previamente comentados, también la puedo expresar y movilizar yo.
Empleando el ejemplo anterior, una medida generalizada de veto o sanción por parte del moderador hacia quien realiza el comentario machista no sería tan útil para cubrir las necesidades individuales como si la persona con el límite más bajo expresa su necesidad y sugiere una ruta de acción acordada por todes.

Así, reconozco conscientemente los límites que tiene la organización y las personas que la conforman. Cerrando el ciclo de cuidados.

22 de enero de 2019

Tiempo

Mientras escucho una de mis favoritas del único e inigualable Rey del Olimpo musical, pienso en el inmenso reto que ha supuesto Chrono, la serpiente de tres cabezas -pasado, presente y futuro- en mis relaciones.

Estoy leyendo que su compañera en la mitología griega era una tal Ananké, «personificación de la inevitabilidad, la necesidad, la compulsión y la ineludibilidad». Y me da lástima que hayamos perdido la capacidad de explicar con metáforas nuestro mundo. Pero esa es otra historia. Ó, te echo de menos.

Las relaciones, vínculos interpersonales -sexoafectivos, amistosos, familiares, laborales-, se dan en los espacios. Y también se dan en el tiempo. No quiero ponerme muy metafísica aquí, y como Wuwei ya ha cubierto a las mil maravillas la importancia del contexto relacional en lo que al espacio se refiere, voy a escribir un poco sobre lo que pienso alrededor del tiempo y su efecto contextual en las relaciones. Desde el único y humilde lugar que puedo, mi experiencia. A ver qué sale.

El pasado, o nuestro recuerdo de él, construye toda relación con los aprendizajes y costumbres adquiridas. Desde peques, nos han reforzado ciertas respuestas positivamente y cohibido otras. Para cada quién serán unas, aunque existen generalidades como la negación a las personas leídas como hombres de que expresen emociones o a las personas leídas como mujeres de que expresen su deseo sexual. Además, nos pueden pesar infinidad de experiencias individuales que afectan a nuestra capacidad de compartir necesidades y sentimientos, confiar o intimar físicamente.

Luego está el efecto de la repetición y costumbre. Si siempre hemos reaccionado igual ante el mismo estímulo, el simple hecho de saber que existe una alternativa no será suficiente para actuar distinto cuando nos volvamos a encontrar en una situación similar. Es común, por ejemplo, que el conflicto sea detonante de gritos o llanto aprendidos desde la infancia como mecanismo de defensa; en lugar de emplear maneras más eficaces de resolución.

El futuro es el hogar de todas nuestras expectativas y ansiedades. Ambas muy seguramente vinculadas a los aprendizajes del pasado. Si es frecuente que me sienta decepcionada porque una persona que quiero cancela sus citas conmigo en el último momento, es posible que cuando quedemos sienta ansiedad respecto a una posible cancelación. No hay misterio.
Esta claro que no siempre es una causa-efecto tan unidireccionalmente ligada a la persona con quien tengo una relación presente. Pero si soy alguien con un tipo de apego hostil que me mantiene en constante alerta de ser abandonada, pues oye, no es por arte de birlibirloque. Desilusión pasada igual a ansiedad futura.

Las expectativas tienen además la carga sociocultural del entorno en que nos encontremos. Esto sí se puede ir rediseñando de forma interesante con el tiempo. Y, sobre todo, podemos dejar de proyectar nuestras expectativas sobre las personas con quienes nos relacionamos, a menos que existan acuerdos explícitos que las avalen.
Lo que no quita que sea un trabajo del copón.

El presente es el momento más interesante de todos. Porque es el espacio donde se da verdaderamente la relación. Y, por tanto, donde surgen los conflictos propios de ella.

Mi relación con la persona X no está en los recuerdos de los momentos que hemos pasado. Sean agradables o desagradables. Imagino que muches querrán debatir este punto. Pero para mí, dar entidad a la relación a partir de "lo vivido" me parece una pescadilla que se muerde la cola. Habría que estar evaluando eternamente cada nueva experiencia contra el global acumulado para cotejar si "es" o "no es" relación efectivamente.

Es, en cambio, en cada encuentro nuevo y único donde se forja el espacio de la relación. Independiente a lo anterior, que forma ya parte del mentado pasado. En estos encuentros se pueden dar varios líos por cuestión del contexto temporal. Voy a intentar nombrarlos, a saber:
  • Ritmos. Las diferencias de ritmos son del tipo: "yo en la primera cita ya estoy lista para tener intimidad física, pero necesito un par de años para mostrarte el interior de mi corazoncito" y a ti te pasa al revés, figúrate el follón. Échale encima impaciencia, guiones sociales y expectativas preestablecidas, dificultad para expresar emociones y... ¡Tienes drama para días!
  • Valores. Tanto en cuanto al valor que se da al tiempo en conjunto (o por separado) como lo que el tiempo debe incluir para ser valorado puede ser diferente para cada persona. Quiero salirme de los casos parejocentristas así que, por ejemplo, imaginemos que mi hermana considera super valioso dedicarme cinco minutos de su día para escribir un WhatsApp; tiene montañas de curro y eso para ella es amor del bueno. Sin embargo, aunque aprecio su gesto, yo doy valor al tiempo relacional a partir de la llamada de tres horas y prefiero realmente el cara a cara. No estoy desestimando su mensaje, ni dudo que ella quiera verme también, simplemente en mi marco de referencia su gesto es menos valioso que en el suyo.
    Ningún marco referencial es más válido que otro. Y las emociones que se generan dentro del contexto son reales para ambas. Ella está verdaderamente mostrando amor haciendo un gran esfuerzo, yo estoy ciertamente careciendo de la cantidad de tiempo que deseo. Mierda.

    El valor que damos a una misma cantidad de tiempo también será diferente al percibir de forma distinta las cosas que se realizan durante ese tiempo. Un ejemplo muy sencillo es cuando una persona con ansiedad social comparte tiempo con alguien neurotípico en un entorno público. Comprensiblemente, la calidad de ese tiempo no será igual para quien tiene que estar gestionando su ansiedad en lugar de disfrutar plenamente del tiempo en conjunto; como sí lo haría en caso de estar a solas con esa persona. El ejemplo sirve a la inversa, y alguien muy extrovertide valorará mucho más tiempo social que a solas con las personas queridas.
    De nuevo, no hay una posición correcta o incorrecta porque la diferencia es puramente subjetiva.

    En ambos casos, tratar de imponer nuestra versión como la mejor sería grosero y probablemente fuente de conflicto.
  • Necesidades. En relación a lo anterior están las necesidades de cada quien. Esto me pasa con mi madre. Ella necesita cada día un espacio en conjunto. Cada día. Yo estoy bien con uno a la semana. Compaginar esto es cuestión de comunicación, comprensión, paciencia, cariño y compromiso.
  • Compatibilidad. Epítome del poliamor: "el amor es infinito, pero el tiempo no". Pues eso, que hay que dormir, comer, cagar, trabajar y follar. La vida no da para más. Google Calendars ayuda pero no hace magia. Y al final compaginar ritmos, valores y necesidades diferentes en 24 horas al días se vuelve un caos.
No se puede luchar contra el tiempo, es ineludible. Tampoco he dado soluciones para todo, porque no las tengo. Pero creo que explicitar las cosas es un principio. Ahí queda.