Antes de comenzar, quiero aclarar que no busco con lo aquí dicho imputar culpas ajenas. Lo hecho, está. Reconozco que fue complejo para todes y equivocarnos fue normal. Simplemente, una vez más, deseo recuperarme poco a poco del miedo a hablar; secuela obvia de estos procesos comunitarios de co-responsabilidad tan precarios.
Y, ojalá, que nos sirva para hacerlo mejor en adelante. Porque si nuestros espacios seguros funcionan, nuevas denuncias vendrán. Denuncias que es nuestra obligación atender con la preparación adecuada, cuando promovemos utopías fundamentadas en principios colectivos tan concretos.
En estos días hablé con alguien a quien guardo en la más alta estima. Ella acogió toda mi rabia y mi dolor cuando no sabía dónde ponerla. En un momento en que los mensajes que me llegaban por todas partes negaban, dudaban o culpabilizaban mi postura ante la situación; ella reflejó desde su propia experiencia mi derecho a sentirme como quisiera y a reclamar ocupar un espacio vital.
Juntas, nos arriesgamos a arrancar las costras de nuestras heridas para reivindicar un valor compartido de justicia y reparación. El apoyo mútuo nos otorgó la valentía y la fuerza para hablar. Y así, contamos la historia de cómo habíamos sido agredidas por la misma persona durante nuestra relación íntima con él.
Una persona que, además, ostentaba una posición de reconocimiento dentro de una comunidad con principios feministas; lo cual sumaba a nuestra preocupación por callar, a riesgo de darle alas para seguir atrayendo víctimas.
En fin, el proceso fue harto complejo. Tras tremendos esfuerzos de mi parte, de la suya y de la comunidad: encontrar recursos sobre la gestión de rupturas del consenso en espacios seguros, contar de forma clara las agresiones físicas y emocionales, plantear los dilemas morales, crear un tribunal de pares... Logramos lo que pareció una solución consensuada pero que a todas luces hacía aguas.
Pese al acuerdo consensuado de vetar a quien nos había agredido del espacio colectivo, continuar con las actividades acordadas conjuntamente para el resto de la comunidad se volvió prácticamente imposible. A mi parecer, por falta de motivación y compromiso. Nunca sabré la razón real porque no me la contaron. Yo tampoco pregunté. Pero queda en mí cierto rencor al argumento de sentíamos dolor respecto a la ruptura del equipo; puesto que a mí también me abrumaban la pérdida y el daño vividos, más no por ello me desentendí de mi responsabilidad a la comunidad. Particularmente, seguí trabajando pese a sentirme todavía en peligro al tener a alguien muy cercano a mi agresor formando aún parte del espacio; vulneración en la que nadie más pareció reparar en ese momento. Admitidamente, cada quién tiene sus prioridades.
Aclararé, también, que en retrospectiva siento que fui coaccionada en un momento de extrema debilidad emocional y tras expresar varias veces que no me sentía capaz de saber lo que era mejor para mí y por eso había pedido ayuda a confirmar que mi deseo en calidad de "líder" del equipo (como resultado del tribunal) era el veto. Considero esto un comportamiento harto irresponsable hacia una víctima. Ejemplo de la falta de competencias o ganas de asumir responsabilidad colectiva sobre los valores que predicamos.
Así las cosas, fue bien sencillo empezar a sentir infinita culpa cuando me llegó el primer comentario tipo: finalmente lo hicimos por ti, Alba, junto a las evidencias de un equipo desganado. Culpa por haber abierto la boca. Por no haber dicho o hecho las cosas de otra forma, más amable o simpática. Por no haber tenido constantemente en cuenta los deseos y emociones de todas las personas involucradas. Aunque todo lo que leí insistía que las víctimas primero, sentí que me castigaban con su abandono al proyecto por haber obtenido justo eso. Culpa por haber roto yo esa cosa tan fantástica que teníamos antes. Buena para otres, claro está, porque a mí me servía de poco una comunidad que ni un mensaje de cómo estás después de las ordalías se digno a enviarme.
Culpa, al fin y al cabo, porque eso me había condicionado mi agresor a sentir cada vez que reclamaba que me tratase bien. Eso me dijo en su cocina el día que grité que me parecía insoportable escuchar un relato de su ruptura con ELLA, su expareja, quien me acompañó con tanto cariño a presentar esta denuncia, desde la posición de haber sido él víctima del silencio de ella. Mentira todo. Cien veces, contando esa, me repitió que yo hacía sentir mal a la gente a mi alrededor. Que les apartaba de mi lado con mi manera de ser y hacer las cosas. Si se comportaba(n) de una forma que me hacía daño, yo era responsable.
Desde hace meses, desde que el equipo de Poliamor Bogotá se desbandó, cuando hablo sobre esto escucho su voz. Son sus palabras las que me insisten que, ¡no! No tiene que ver con que la gente tuviera otros intereses más acuciantes ya antes o que el compromiso de presenciar en la práctica el compartir de los dolores además de los placeres espantó a más de unx que estaba ahí por la diversión. ¡No! No es que fuese más sencillo ver en pantallas y libros las ideas que ahora tocaba presenciar en carne y hueso. Fui yo. Fueron mis palabras. Y me inundó la vergüenza y la culpa hasta cerrarme el pico. Me consta que lo que dije, y mi posterior silencio, le vinieron de perlas a algunas personas para salir sin cuestionamientos de un espacio en el que hacía tiempo estaban con medio pie fuera. De nada.
Y ahora, nuevamente gracias a ella y su aceptación a mi versión completa y admitidamente subjetiva de las cosas, hasta hoy voy a hacerle caso a esa voz odiosa. La la la la la. No te oigo más.
Dos enseñanzas me quedan de esto:
La primera es que yo también puedo hacer daño a la gente que quiero. Y a la que no amo, supongo. No niego esto. Sobre ello, sólo puedo insistir en mi disposición a estar presente para escuchar, para comenzar medidas de reparación con quien así lo desee. Quiero hacerme responsable de las emociones que causen en otres mis palabras. Claro está, esperando que esa intención sea mutua en caso de requerirlo.
Pero no seguiré cargando la vergüenza y la culpa por algo que decidimos todes en el ejemplo que describo: dejar de cuidar(nos) y de comunicar(nos).
La segunda es que juntarnos entre mujeres, especialmente si son aquellas que han pasado por lo mismo y conocen de primera mano la experiencia que has vivido, tiene poder para lograr cosas inigualables. Quizá nunca sabré cuántas posibles víctimas se salvaron gracias a lo que ella y yo contamos. De lo que estoy segura es que el cambio que surtió en mí el ejemplo de saber posible reclamar un espacio seguro (en vez de ser yo quien cedía, callaba con miedo y aguantaba seguir viviendo sus agresiones y peticiones de cercanía pese a mis reclamos más explicitos por espacio) ahora se refleja en que soy una mujer más convencida si cabe de mis principios feministas.
Y yo, en nombre de esos esfuerzos individuales y colectivos que hicimos, prometo seguir abriendo espacios para que otras mujeres puedan plantar cara a sus agresores. Aunque sea, como hago aquí, a las voces que de ellos quedan en nuestras cabezas por el trauma. Asustadas, pero amparadas por una red que nos cree y nos acompaña.
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7 de mayo de 2020
25 de noviembre de 2019
Hoy muero de pena
Hoy estoy de luto. Lloro sangre. Me puede la tristeza.
Mi feminismo está en construcción, siento que no me pertenece esa palabra. Hay quienes saben más que yo, me abruma la riña continua de egos activistas.
Pocas marchas he acompañado, pero esta la camino con rabia. Si todavía me bloqueas, eliminas y rechazas es que no has entendido nada. No soy yo la mala. Por levantar la voz contra tus violencias. No soy yo el monstruo. Por hablar sobre tus golpes. No soy yo tirana. Por reclamar espacios seguros.
Si te vendas los ojos, me ignoras o miras para otro lado, jamás aprenderás nada.
Mi feminismo está en construcción, siento que no me pertenece esa palabra. Hay quienes saben más que yo, me abruma la riña continua de egos activistas.
Pocas marchas he acompañado, pero esta la camino con rabia. Si todavía me bloqueas, eliminas y rechazas es que no has entendido nada. No soy yo la mala. Por levantar la voz contra tus violencias. No soy yo el monstruo. Por hablar sobre tus golpes. No soy yo tirana. Por reclamar espacios seguros.
Si te vendas los ojos, me ignoras o miras para otro lado, jamás aprenderás nada.
6 de septiembre de 2019
Mi padre y tú
Sólo dos personas en mi vida me han hecho tanto daño. Mi padre y tú.
Nunca creí que fuese a hablar de esto. Me he negado que hubiera nada que decir. Es innombrable, no merece un aliento. ¿Cómo se llama tu padre? ¡No sé ni cómo se llama! "Bromeaste" más de una vez sin realmente abrirme un espacio para responder, pese a que te lo había dicho varias veces.
Y ese día, con el punki de asilo, que dijo no tener padre ni falta que ha hecho, el relato tomó sentido. No quise hablar de ti en una primera cita. Pero sí de él. Por primera vez, explicando mi experiencia de consumo, cuando me preguntó: pero, ¿por algo sería? no quise culparme a mí. A la luz de todos esos nuevos conceptos sistémicos, el after-glow de la película mid-90s y las reflexiones sobre el impacto traumático de un abuso emocional del que no acabo de salir todavía, mi narrativa de siempre perdió todo el sentido.
No.
Es que mi padre abusaba emocionalmente de mí y de mi madre, crecí en la inseguridad de un hogar en permanente conflicto, entre sus gritos y llantos. Las veces que intenté defender a mi madre y a otras personas de su violencia verbal, mi padre me agredió físicamente.
¿Por qué, si entiendo claramente que el niño de la película -o los niños que atendía Quibdó- no son responsables de su situación, me he culpado a mí misma siempre? ¿Por qué, si está claro que un niño o niña de 10 años "diagnosticado" con depresión, ansiedad, ADHD, o cualquier otro supuesto trastorno sólo está somatizando las crisis de su entorno relacional, yo nunca miré qué pasaba fuera? ¿Por qué nadie, en 10 años de terapia, me ha ayudado a ver esto?
Vivimos en un mundo individualista de mierda donde es más fácil darle a alguien pastillas que encontrar una solución colectiva. Los hechos son que antes de mi primera pastilla para adelgazar mi padre me había repetido con frecuencia (desde los 8 años por lo menos) que si no hacía ejercicio me saldría barriga como a él, un señor de 40 con una panza inmensa y obsesionado por hacer dietas y ayunos.
Inseguridad, ergo, maltrato.
Lo decía en ese tono de "broma" que no tiene en cuenta ni el contexto patriarcal en que existo como mujer, bombardeada por mensajes sobre cómo debía verme para complacer; ni el efecto inmenso que genera la opinión de un ser querido sobre la auto-estima. Mira, tú.
La primera paliza fue a los 14 años. Nunca me sentí una víctima de mi padre, porque enseguida marqué límites a nuestra relación. Si me vuelves a hacer daño, te mato. Tras la segunda paliza, dos semanas después, no le volví a dirigir la palabra en dos años.
La última vez que me puso la mano encima hace apenas 6 años. Yo ya tenía 22 y aun así su mano en mi cuello y el grito de ¡te voy a matar aquí mismo! me convenció que lo haría. Las veces que, desesperado, ha hecho amagos de estrellarnos a mi madre y a mí yendo en coche por la carretera no las puedo ni contar. La última, entre gritos y llantos, resistiéndose a dejar ir los despojos materiales de nuestra familia fue en el 2016. Ese día, además, casi pega a mi madre con una mesa y tuve que amenazarle con llamar a la policía.
Pero mi padre también me cuida. Se esfuerza por complacerme atendiendo mis necesidades materiales. Solía insistir que recordase cómo nuestra relación también fue buena, cuando jugábamos en mi infancia o hicimos algún viaje. Cubre con cariño las necesidades materiales que explicito, y cada vez aprende mejor a escucharlas en lugar de hacer lo que él cree que prefiero. ¿Quién nos ha metido en la cabeza que el maltrato es feo y malo todo el tiempo? Las etapas de cuidados pueden durar meses entre episodios violentos. ¿Quién os ha dicho que vais a ver algo más que el lado lindo de una relación si no estáis dentro?
Mi padre dice que me tiene miedo y que le duele mi distancia. Que no sabe cómo comportarse conmigo para hacer las cosas bien y sin que me enfade. Que le asustan mis gritos y no puede tolerar el daño que le hacen. ¿Te suena? Mi padre y tú os parecéis. Menuda comedia freudiana.
Mismo discurso, menos educación, otra generación.
No más. Basta ya.
No hay aquí juez ni verdugo. Solo heridas muy profundas que sanar. Creo que esto me trasciende y va más allá de ti y de mi padre. Por eso, lo intento y me desbordo al callar. Ni quiero ni puedo sola.
¿Activismos, dónde estáis?
19 de junio de 2019
Duele tanto que quema
Desde que te solté, me ha dejado de doler la cirugía. Así de somatizado tenía el dolor de sentir y creer que sólo valgo tanto como el placer que darte podía. Y no era mi imaginación, porque habías repetido en varias ocasiones frases que, amparado en el poliamor, ligaban mi potencial orgásmico a tu compañía.
«Si hay que esperar una semana más para follar, entonces sí que voy a buscarme a otra».
Búscatela, te dije todas las veces, pero no me hagas sentir que es condicional a mi capacidad de satisfacerte.
«Ay, tienes que aprender a entender una broma».
Ya, quizá.
Me duele y quema saber que yo podría haber sido más independiente. Que siempre podrás reprocharme haber pedido demasiado. Responsabilidad versus libertad. Compromiso o autonomía.
Que mi deseo, Eros, quiso ser egoísta y no tenía -a ratos- interés en picotear.
Me duele perder las noches de fiesta en Asilo ligando con otres mientras mirabas.
Me duele dejar de ver tus "me gusta" primero porque Facebook no reconoce ya tu proximia.
Me duele no ser más en quien confías para desahogarte.
Me duele despegarme de tanto dolor al que me había vuelto adicta, por masoquista.
Me duele admitir que yo, también, lo estaba creando al insistir en cambiarte. Cuando claramente, pese a saber que me causabas dolor, tú no querías.
Me duele que me alejes, aunque sepa que es lo mejor.
Me duele ser una más.
Me duele el miedo a hablar. Pensando que no seré creída.
Porque soy yo, finalmente, la que se ofusca si no lleva la razón. La que necesita siempre validación. La que levanta la voz con pasión cuando argumenta. Quien no sabe controlar su emoción.
Me duele ser una más.
Me duele el miedo a hablar. Pensando que no seré creída.
Porque soy yo, finalmente, la que se ofusca si no lleva la razón. La que necesita siempre validación. La que levanta la voz con pasión cuando argumenta. Quien no sabe controlar su emoción.
Pensé que no aguantaba tanto dolor. Que no cabía en mi cuerpo ni un ápice más. Que me rompía.
Pero era tu maltrato con lo que no podía. Se han erosionado, sin darme cuenta, todos los límites duros y blandos de mi autoestima. No me has pegado jamás, no si yo no quería. Pero muchas veces he pensado: «Si saca su rabia durante la sesión, será más amable conmigo en el día a día».
Me has convencido que nadie me querrá como tú lo harías: «Ojalá encuentres a alguien que te vea a través de mis ojos». Me has dicho más de una vez después de largas ristras de halagos que ni yo misma creía.
¡Cómo no ser dependiente a ese amor que te promete ser mejor que ningún otro!
No más. Dije por fin. Y otra vez me has castigado con tu rabia, rencor e ira. Nos prometimos seguir cuidándonos y -por no querer sufrir más- me invalidas.
Pero era tu maltrato con lo que no podía. Se han erosionado, sin darme cuenta, todos los límites duros y blandos de mi autoestima. No me has pegado jamás, no si yo no quería. Pero muchas veces he pensado: «Si saca su rabia durante la sesión, será más amable conmigo en el día a día».
Me has convencido que nadie me querrá como tú lo harías: «Ojalá encuentres a alguien que te vea a través de mis ojos». Me has dicho más de una vez después de largas ristras de halagos que ni yo misma creía.
¡Cómo no ser dependiente a ese amor que te promete ser mejor que ningún otro!
No más. Dije por fin. Y otra vez me has castigado con tu rabia, rencor e ira. Nos prometimos seguir cuidándonos y -por no querer sufrir más- me invalidas.
Pero estoy rodeada de amor. Me quiero a mí y a toda la gente que me acompaña. A mi madre, mi hermana putativa, a la mujer con la que me casé, a mi espejo-alma paralela, a las nuevas relaciones que estoy empezando, las amistades de cerca y de lejos, a quien me apoya aun sin tener ni idea y a mi "ex". Gracias.
No te odio. Te ámor. Por eso te deseo que veas, también, a través de la frustración y el dolor.
Y sigo firme en la decisión de estar aquí para ti, aunque sea de otra manera.
No quiero crucificarnos, aunque mi cabeza trate de reprocharme todo lo que podría haber hecho distinto. Escribo para sanar.
Confío en que podemos hacerlo de otra manera. No seguir alimentando la guerra.
13 de mayo de 2018
ABUSO
El abuso tiene formas peculiares de colarse en la mente y transformar para siempre los sistemas de confianza interpersonal que posees.
Quien antes era un ser cándide e inocente seguramente se volverá una persona bastante inclinada a la sospecha después de sufrir algún caso grave de acoso. Especialmente si proviene de una figura en el rol de vínculo afectivo. Ya que es complicado desligar la idea (miedo) de volver a vulnerabilizarse ante alguien que pueda usar el conocimiento que voluntariamente otorgas sobre tu intimidad para ejercer poder sobre ti.
La violación del pacto implícito de respeto, responsabilidad y cuidados que se crea tras abrirse emocionalmente a una persona quien posteriormente emplea ese lugar de privilegio para controlarte genera tal contradicción que es difícil sacudir en futuras relaciones la inseguridad y sospecha al mínimo gesto de posesividad, malos tratos, o abuso.
Esto, desde un punto de vista meramente auto-cuidadoso, podría ser una buena técnica. Si bien es útil estar alerta del más mínimo movimiento que pueda poner en peligro la integridad, autonomía y soberanía propias.
Sin embargo, el abuso tiene una peculiaridad. Y es que rara vez comienza de golpe (o a golpes). Por lo general, al principio no es más que una intuición similar a: «Siento que me están ocultando información» o «Estos datos no me cuadran» o «Eso que ha dicho estoy casi segura que no es verdad» o «Esa petición me aísla de información o de un contexto valioso, aunque no infrinja mi libertad directamente».
Y claro, en el momento que empiezan las dudas y la inseguridad, más en una misma que en la relación o en la persona, es donde se voltean las tornas de poder. Es en ese espacio, en la duda, donde el abusador puede implantar las creencias que le convienen para ir poco a poco ganando terreno.
Me ha pasado.
No me va a volver a pasar.
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