4 de abril de 2018

Guapa

El asco que me da que un viejo me diga «guapa» por la calle mientras invade mi espacio personal es inversamente proporcional a mi capacidad de intimar emocionalmente con hombres cisgénero heteronormados.

Con cada violencia adicional, se acumula la desconfianza. La desgana, el miedo o el desinterés incrementan a medida que el patriarcado me somete una y otra vez a sus opresiones sistémicas ejercidas mediante bocas desdentadas, desde cuerpos ajados y con peste a vicio.

No es, aunque lo parezca, la envoltura lo importante. Sino la determinación que los años otorgan a estas gentes lo que resulta insoportable. Esa brecha generacional lava su conciencia, permitiéndoles ser, si cabe, más coercitivos.

En entornos seguros, respondo al señor incómodo que dice «niña bonita» un brusco: «señor feo». Pero no siempre se puede arriesgar. Y callar a veces quema. En el orgullo, en la autonomía, en la identidad.

MUERTE AL VIEJO VERDE.

3 de abril de 2018

Entre el deseo y la necesidad

Hay una brecha abismal entre la necesidad de experimentar satisfacción sexual y el deseo de poseer un capital sexual que conlleva inevitablemente a la obtención de una cierta cantidad de poder social.

La primera, totalmente válida, es una necesidad que se puede auto-satisfacer sencillamente con la frecuencia requerida. Sin prejuicio a la salud por ser meramente recreada de forma autónoma.

En cambio, el deseo de ejercitar la satisfacción de esa misma necesidad de forma social, copular, entre dos o más personas, incluye una fuerte carga cultural. Adiciona varios refuerzos que se han positivado a través de muchas fuentes distintas y a la larga se resumen en: la persona que logra consumar es mejor que aquella que no.

(Si no me crees, piénsalo desde el punto de vista evolutivo. Jodidamente simple).

Esas personas con la capacidad de interesar para el ejercicio de actividades sexuales al mayor número de personas son quienes poseen las cualidades que normativamente se consideran atractivas. Por ello, lograr consumar implica un aprobado en el sistema como persona válida según los cánones establecidos de belleza, inteligencia, habilidades sociales, neuro-capacidad, estatus quo, sentido de la moda, etc.

El conflicto -disonancia, surge cuando tú, alma en proceso de [de]construcción, vas y echas un polvo, ¿cómo te afecta? ¿Te valida? Seguramente. ¿Cómo disfrutas de un proceso inherentemente -físicamente- placentero sin caer en las garras del vacuo credencial que te aporta haber ganado puntos como persona socialmente validable?

Eso, sin empezar a hablar siquiera del meollo emocional.

Edit:
Tras una breve pero intensa charla con mi dios particular -ese gurú/terapeuta CBT/amor que todas deberían tener- incluyo algunas conclusiones más.

1. El deseo no es malo per se. Se puede desear sin necesitar.
Aunque esto parezca una obviedad, ojo a la lógica formal de la frase. Un deseo es más que una necesidad. Por tanto, los deseos no solo se quieren sino que se construyen como falsas necesidades. El detalle para desvincular el "daño" de un deseo sería, por tanto, reconocer que es algo que no necesitamos. "Me hace sentir mejor pero no necesito sentirme mejor".

2. Aceptar todos los deseos como igual de válidos. No es superior el deseo de destacar académica/laboralmente al deseo de comer algo delicioso o de recibir placer sexual. Todo deseo proviene del mismo lugar. Controlarlo, reprimirlo, negarlo genera frustración y ansiedad. 

3. [La ilusión de] control no es inherentemente mejor al logro responsable del deseo.

25 de marzo de 2018

El bulo de la igualdad

Comenzaré por aclarar que este, como muchos otros de los textos aquí, no será un escrito sobre feminismo. Aunque tangencialmente incumbe al tema.

Explicaré además, ya que no lo he dicho antes, que para mí la palabra POLIAMOR puede y debe emplearse para reivindicar todas las no-monogamias consensuales (sí, hasta el repudiado estilo de vida swinger, si me apuras). Por la misma razón que la lucha por derechos LGBTIA+ se fortalece mediante la unión de sus diferentes facciones. El poliamor se beneficia mucho más de presentar un frente conjunto que de la división constante de colectivos que reivindican la diferencia entre la anarquía relacional y el poliamor [jerárquico, igualitario, no-mixto, ¿vegano?].

Creo que esos debates son fundamentales, a nivel teórico y para la construcción colectiva e individual de las relaciones. Pero en la escala macro-social de las cosas, a nadie le importan. El sistema heteromonogamocisnormativo no se va a parar a escuchar a tropecientos colectivos distintos. Por eso, incluso una sola identidad como la palabra QUEER podría reivindicarnos a todes. Pero divago. El punto es que me referiré al poliamor como término inclusivo a la NMC.
Y añadiré que, por mucha rabia que nos de la moda del término, es algo que desde la perspectiva del activismo nos favorece.

Ahora sí, al grano.

He notado con cierta preocupación un patrón de ingenuidad en la comunidad poliamor. Algunas personas ya leídas e instruidas sobre el tema -pues no es un secreto que para entender de qué va esto hay que hacerse un mini-master en textos de Golfxs, la Vasallo, Ética Promiscua, etc.- demuestran estar firmemente convencidas en que el poliamor implica llegar automáticamente a un nirvana de igualdad o equidad.

Y, pues NO.

Hay muchos artículos mejores que este que explican la inmensa carga sociocultural con la que entramos al poliamor. Aquí un resumen y aquí la versión extendida de Natàlia Wuwei que hablan de todo esto. Este otro de Coral Herrera también trata sobre el tema.

Las jerarquías de poder humanas son algo que pocos necios se atreverían a negar. Existen desde la Edad de Bronce. Sin embargo, muchas personas insisten en cargar al poliamor -y todos sus espacios contiguos- con la responsabilidad de ser más y mejor que el resto de entornos sociales. ¿Por qué? ¿Mediante qué hechizos tendría que ser repentinamente disuelta una estructura de 5.000 años de antigüedad? ¿A caso estas personas caen en el mito de creer que son superiores al resto de mortales y -simplemente por declararse poliamor- se libran de los vicios del resto?

Verdaderamente, no lo comprendo. La Vasallo lo llora y grita mil y una veces. Pero nadie escucha. En el poliamor no basta con declararse serlo y ya está. Cruzo la puerta del armario y he llegado a un mundo mágico donde todo lo que odiaba del anterior deja de existir. Si yo no me trabajo las cositas, si no nos trabajamos todes esas mierdas ligadas a las estructuras de poder, siguen ahí. Dentro de nuestros espacios tan seguros y especiales. En nuestras relaciones.

Más aún, asumir que deberían desaparecer por arte de birlibirloque le hace un flaco favor a la comunidad. Ya que presenta un argumento falaz, pensando que si se cuelan estructuras de poder en los entornos seguros es por obra y causa de personas concretas exclusivamente.

Este comportamiento evita preguntas interesantes como: «¿Qué podemos hacer para resolver esto?» E insiste en preguntarse: «¿Quién no está cumpliendo el ideal?» o «¿Quién es culpable de que esto exista?» como si encontrar al chivo expiatorio pudiera solucionar un problema estructural.

Por supuesto, existen personas a quienes es necesario señalar por abusos reiterados en la comunidad.

Sin embargo, al hacerlo nos olvidamos de que todes ejercemos poder sobre otras personas y tenemos la capacidad de oprimir. Si nos olvidamos con una expulsión cada cierto tiempo de nuestro propio lugar en la jerarquía, y de cuestionar en momentos de calma cómo funcionan estas dinámicas, seguirán reproduciéndose inevitablemente.

Fuera, y dentro de nuestro sagrado poliamort.

Yo, además, meto el dedo en la yaga repitiendo lo que dice Coral. Muy difícilmente vamos a desmontar en dos o veinte décadas lo que lleva ocurriendo doscientas. Intentarlo está bien, está genial. Pero me resulta mucho más interesante tratar de utilizar mi privilegio y mi lugar desigual en la jerarquía de forma positiva que intentar negarlo constantemente. El esfuerzo por acabar con la existencia de estas estructuras es válido, pero debe comenzar por aceptarlas en nosotres mismes. Es imposible cambiar un sistema que forma parte de ti negándolo.

Por ello, creo más práctico y realista lograr que aquellas personas con poder sobre mí (hombres, gente con más capacidad económica o personas neurotípicas, por ejemplo) colaboren y soliciten lo necesario para hacer posible mi inclusión y acceso a derechos y privilegios; que la demanda de que estas personas automáticamente se encuentren en el mismo escalón social que yo.


Mi inspiración:
«Pero... Si creemos en la anarquía relacional, ¿no deberíamos ser todes iguales?»

16 de octubre de 2017

Soledad

Mis recientes circunstancias me han llevado a sentir extremos de soledad que nunca había soportado antes.

Como he aprendido recientemente que de las emociones difíciles también se aprende, me dispongo a reflexionar un poco sobre ello.


Del lat. solĭtas, -ātis.
1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
2. f. Lugar desierto, o tierra no habitada.
3. f. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.


En estos últimos dos meses, para paliar mi aislamiento, he:
  • Hablado a las lagartijas de la casa. Aunque lo de hablar con los animales lo hago en otras circunstancias.
  • Abrazado a mi mono de peluche al dormir.
  • Llamado mil veces a mi madre.
  • Video-llamado a más de una relación de diferente grado. Incluso aunque solo fuera para estar acompañada mientras ambes trabajábamos delante del ordenador. 
  • Pasado tiempo con el vecino de abajo. Con los de al lado. Y con los borrachos de la tienda de la esquina. Tolerando requiebros indeseados y sonriendo halagos, con tal de pasar un rato de charla insulsa entre seres humanos.
  • Quedado más de una vez con el tipo de gente que, si no obtenían sus deseos sexuales de mi, perdían el interés en nuestra relación. ¿Superficial, no?
  • Buscado y acudido a eventos culturales.
  • Pasado horas infinitas en redes sociales.
  • Visto decenas de episodios de series.
Con todo eso, aun así he descendido a límites antes desconocidos de soledad. He procurado saberme acompañada desde la lejanía, y sin embargo he llegado a sentir físicamente el dolor causa del aislamiento y la falta de contacto humano.
No en vano, nos insisten desde la ciencia académica que la soledad mata. Y que las relaciones de calidad son fundamentales para la felicidad.

En mi auto-investigación sobre los procesos internos que sentía (siento), he descubierto que el abrazo sincero y espontáneo de une niñe paliaba mi angustia cien veces más que pasar tres horas entre compañeres del trabajo o con los vecinos arriba mentados. Que no todos los encuentros me saciaban por igual.
Por ejemplo, aquellas personas con las cuales podía conversar sobre temas altamente intelectuales me aliviaban mucho más la sensación de soledad que aquellas con quienes trataba simplemente de cosas mundanas. En retrospectiva, extrapolo de esto que la soledad podría definirse como la sensación de carencia de las necesidades provenientes de relaciones interpersonales. Dado que las necesidades de cada quien son únicas e individuales, así mismo lo es la experiencia de soledad.

Por eso es tan fácil sentirse sola en ocasiones en las que sobra la gente a nuestro alrededor. (¿Nunca te has sentido sola en una fiesta?) La soledad no tiene que ver con la cantidad de personas, sino con la capacidad -propia y externa- de cubrir nuestras necesidades de relacionamiento interpersonal.
  • Me siento sola porque hay un vacío intelectual. Las personas con las que interactúo no pueden proveer, en su mayoría, mis necesidades diálogo.
  • Me siento sola porque hay un inmenso machismo estructural. Las personas que quieren tocarme lo hacen desde una perspectiva de posesión y eso me quita las ganas de acercarme.
  • Me siento sola porque hay grandes facetas de mí que no encuentran foro ni compañía. La diversidad sexual todavía se oculta y siento que vivo una especie de mentira.
  • Me siento sola porque no encuentro con quien realizar actividades de ocio, aunque sea una persona que no supla mis necesidades intelectuales o de contacto físico. Para salir de casa acompañada en el tiempo libre.
Incluso he llegado a sentir vergüenza de mi soledad. Al expresarla en voz alta. Lo cual imagino es resultado de algún constructo social. En definitiva me alegro de avanzar por el camino de la educación emocional. Siempre será más fácil llenar estos vacíos mirándolos así, a la cara, y entendiéndolos, que dándoles la espalda.

He llegado a temer la soledad. Por momentos. Me imagino acostumbrándome a ella hasta el punto de no adaptarme nunca más a la sociedad.

Ahora que la entiendo mejor sé que eso no es posible, siempre tendré necesidades interpersonales. Tal vez no sean siempre las mismas, pero buscaré de una forma u otra cubrirlas. 

2 de octubre de 2017

Del abrazo al beso

Soy célibe desde hace seis meses.

Al principio lo sentía como una carga, algo que debía remediar. Buscaba, como agua en el desierto, personas que me atrayeran suficiente para dar el paso. Frustrada por la aparente ausencia de candidates «viables», de iniciativa por las otras partes, de gente suficientemente lo que fuera [guapa, inteligente, poliamorosa, feminista...].

Con el tiempo, empecé a cuestionarme por qué. ¿Por qué sentía la consumación sexual como una obligación? Sin darle muchas vueltas ni encontrar una respuesta más clara que: una mezcla entre la expectativa social y la necesidad fisiológica, comencé a quitarle peso al asunto y dejar de lado esa búsqueda.

Así, cuando llegaron oportunidades de acostarme con personas, las valoré desde una óptica completamente distinta que hasta entonces. En lugar de asumir mi necesidad como algo absoluto, la reflexión anterior me había hecho caer en cuenta de la carga cultural que me impulsaba anteriormente a consumar como algo predeterminado y no cuestionable.

Y me encontré en varias situaciones de las que he aprendido a raíz de ello.

He tenido que superar la vergüenza y el miedo a hacer daño a alguien que quiero profundamente, al decirle que no tengo el deseo de que nuestra relación pase de lo afectivo a lo físico. Sabiendo que ella sí sentía deseos de llegar a una intimidad física conmigo. Dudando, en todo momento, si se trataba de ella (no me atraía) o de mí (si tal vez había perdido mi libido o le había cogido miedo a la intimidad).
Y de esta manera, descubrí que se puede sentir amor sin que haya sexo.

Me he encontrado múltiples ocasiones sintiendo fuerte rechazo por el contacto físico o los avances de hombres. El aprendizaje feminista, junto con el cuestionamiento anteriormente mencionado respecto a asumir la imposición del sexo como lo obvio, lo natural, lo lógico, el paso siguiente deseable en una relación entre dos personas que se tienen afecto... Me ha llevado a estar tremendamente a la defensiva hacia comportamientos normalizados en el género masculino durante el cortejo (e incluso la cotidianeidad).
Me he desesperado ante los avances de amigos interesados en «algo más», cuando no me atraían ni me interesaba y había explicitado tal cosa múltiples veces.

Por ejemplo, no soporto que me toquen los hombros o la cadera en una fiesta para hacerme a un lado mientras pasan. En general, el contacto no consensuado por cualquier hombre que no tenga bastante familiaridad conmigo me pone los pelos de punta. Y digo hombre porque las mujeres somos, en general, menos dadas a establecer un contacto físico no buscado o consensuado con personas que no conocemos.

En definitiva, la carga cultural sobre la sexualidad es tan alta que pregunté a mi gurú sobre las dudas que este periodo me estaba generando. La respuesta: ¿Por qué crees que debes tener sexo?

Efectivamente, pienso que debo tener relaciones sexuales porque la sociedad me ha impuesto esa expectativa sobre la afectividad. Diciéndome que, de alguna manera, mis relaciones están más completas, son más verdaderas y consolidadas si incluyen un vínculo sexual. Puede que, químicamente, una parte del afecto se construya así (oxitocina y tal), pero no vamos a entrar ahora en eso porque ya hemos visto que no es imprescindible para que haya amor.

Entonces, ¿cómo desligarnos de esa carga cultural? ¿Por qué, cuando ya te quería antes, y había abrazos, se siente ese fuerte y brusco cambio al haber besos?

No lo hay, o no debería cambiar nada. La percepción del cambio de «estatus» en la relación es efecto de la carga cultural que acompaña a la sexualidad y sus expectativas de vínculo entre personas. Incluída la expectativa de exclusividad.

Estrechemos el salto entre el abrazo y el beso. Donde hay amor, la manera de mostrarlo es lo de menos.