24 de septiembre de 2020

El BDSM es político

Ayer publiqué una traducción resumida de la publicación de @karada_house sobre la conexión entre algunos comportamientos BDSM y su contexto sociopolítico. La publicación original fue tan controversial que sus oponentes la reportaron suficientes veces para lograr que Instagram la retirase de la cuenta berlinesa.

So You Say Your Kink Is Not Political
[Oprime aquí para ver el afiche completo]

Para mí, en cambio, verla fue una bocanada de aire fresco en un ambiente que huele a rancio de tanto que se repiten (como en todos los activismos) algunas consignas sin mente sobre su significado.

Si no es consensuado, es abuso.

No es abuso porque es consensuado.


La primera vez que fui a un evento bedesemero 
tenía 26 años y había practicado inconscientemente al menos desde los 18 actividades relacionadas con el masoquismo, la sumisión y la restricción de la respiración. Sin acuerdos ni contratos, con límites poco claros. Como imagino que inicia tanta otra gente, siendo el nuestro un entorno donde sólo existe UNA sexualidad válida, visible y posible. Estaba emocionada de haber encontrado un marco teórico para dar a mis deseos una base más segura de exploración. Aunque, también, bastante nerviosa por entrar en un mundillo que guarda con celo la puerta a su comunidad y los conocimientos que ésta ofrece.

Una amiga de la universidad me acompañó al Munch [tertulia kinky] en La Pastelería (mítico local de la escena madrileña). Allí, les novatxs fuimos el centro de atención en la agenda del día; costumbre kink que también cabe evaluar, esta idea de ir siempre a por la carne fresca. Querían resolver todas nuestras dudas con atención para mostrar que esto era un espacio de acogida. Decepcionamos, pues en cuanto a prácticas se refiere teníamos pocas inquietudes. Autodidactas ambas. Sólo una cuestión interesó a mi compañera, tras apreciar lo heteronormado y rígido de los roles que se performaban. Preguntó amable y cautelosamente: «¿Hay aquí alguna sumisa o dominante que se considere feminista? ¿Cómo compagináis el BDSM con esta postura?»

A lo que, la misma señora que nos había acogido como pupilas, nos respondió tajantemente y con dureza en la mirada: «aquí se viene a jugar y a disfrutar, no hablamos de política». Por educación, esperamos hasta el final de la reunión. Pero salimos decepcionadas del entorno y con pocas ganas de regresar otro día a la fiesta que nos habían invitado.

Han pasado 4 años desde entonces y, pese a que esta anécdota no es ni de cerca el único choque que he tenido con la mirada antigua y proteccionista de la comunidad, mis exploraciones del BDSM sólo se han profundizado. Desde la experiencia en relaciones íntimas y fiestas hasta talleres y cursos; sigo aprendiendo de esto porque es una parte integral de mi identidad que quiero entender. El olorcillo a macho no ha logrado espantar mis ganas de explorar, tan bien cubierto como está -quizá en teoría más que en práctica- tras una buena dosis de flexibilidad en los roles de género y la protesta de que «ya nos cuestionan bastante desde fuera como para abrir cajones de Pandora dentro».

La mirada sexológica me ha servido para no cuestionar por qué me gusta lo que me gusta y entender que los deseos -aunque estén fuera de la norma- no son patologías en sí mismos ni síntomas de ellas. Como dice Amezúa, confío en que hay más deseos cultivables que problemas tratables.


Sin embargo, hay una experiencia en mi vida 
que me puso a dudar de todo lo que sabía. Del poliamor, del feminismo, del BDSM y sobre mí misma. Una experiencia que creó en mí temores nunca antes sentidos. Una relación llena de manipulación y abuso emocional con la persona con quien más he compartido de mi erótica alternativa. Al terminar, una duda se repetía incesante en mi cabeza: «si yo hice todo con conocimiento, consintiendo, consensuando y hasta pidiendo más... ¿Por qué a ratos sentía un miedo que no había dado permiso para experimentar? ¿Por qué expresar mis límites ante esta incomodidad no interrumpía la dinámica?»

Pasé varios meses interiorizando la impotencia y la culpa que promueve el discurso oficial: «si consientes, apechuga con las consecuencias», oído incluso en los eventos diseñados por renombradxs activistas para atajar la crisis y el escándalo tras el destape de múltiples agresiones y transgresiones internas. Encontrando insuficiente el argumento para entender mi propia herida, he tenido que ir más allá del rechazo a cuestionar mi deseo. He leído argumentos contra el BDSM de feministas radicales con quienes no estaba de acuerdo. Al final, entendí que lo que faltaba era el contexto.

¿Podemos consensuar libremente siendo sujetxs de un sistema desigual?

Y, si no se puede, ¿acaso no merece la pena tener esto en cuenta para cultivar con pleno conocimiento nuestros deseos? 


Un ejemplo:

Mi espacio de exploración erótica favorita es el llamado Consensual Non Consent o Rape Play. No he ido tan lejos como para escenificarlo con extrañes; pero en la cama, resistirme es lo que me pone.

¿Es posible que acepte de manera informada entrar en estas dinámicas si no soy consciente de la cultura de violación que me rodea? ¿Puedo consentir a juegos de pelea para evitar que ser penetrada por la fuerza con hombres que crecen en un contexto donde se positiva y romantiza -desde Hollywood hasta el porno- quebrantar los límites de la sometida sin que ella quiera? ¿Puedo estar igual de segura que se respetarán mis límites y safe words en un país con 50 violaciones/día que en otro donde el acceso carnal violento es menos probable gracias a creencias y legislaciones disuasorias?

Yo creo en mi autonomía -aunque cuestione la libertad humana en general, gran tema para otro día. Y por ello pienso que puedo efectivamente tener agencia sobre mi deseo y sobre los actos que realizo para materializarlo. Sin embargo, estoy segura que para llegar a acuerdos prácticos con otra persona que comparte este inescapable contexto de desigualdades sistémicas (en cuanto a género, pero también clase, educación, capacidades o raza) es imprescindible informarme y pensar sobre ellas. Tener las desigualdades en cuenta a la hora de crear límites que me alerten cuando una persona en situación más privilegiada ejerce su poder para oprimirme, en vez de para buscar el objetivo común de satisfacernos. Y sé que había aspectos de la relación arriba descrita en donde mi consenso no era válido, porque estaba informado por una romantización del vínculo y una expectativa de equidad falsas.

Ahora bien,
si tener perspectiva de género al practicar BDSM me hace una paria de la comunidad, bienvenido sea. Esto hay que tenerlo en cuenta antes, durante y después de jugar.

Si tú prefieres no pensarlo porque te hace sentir incómoda, es tu riesgo asumido. Yo no compro un kink que acalle debates políticos como algo sensato, ni mucho menos seguro.

Si te parece que visibilizar a través de ejemplos de abuso la necesidad de politizar el BDSM sólo sirve para reforzar estigmas y nada más, lo siento. No estoy de acuerdo. Yo sé que mi discurso no patologiza ni moraliza la alteridad. Es la parte de la normatividad hegemónica que hay todavía enraizada en las prácticas lo que problematizo. Hay que mirar al monstruo de frente para abatirlo. 

Si esperabas que una publicación de Instagram te explicase todo esto, quizá es hora de reajustar tus expectativas. La publicación plantea de forma sencilla distintos panoramas en los cuales el BDSM puede ser político; para roles y juegos diversos. Yo aquí doy otro ejemplo. La tarea de profundizar en el debate es tuya, si quieres aceptarla y lo consideras relevante a tu práctica.

Y si pretendes que ceda ante presiones del tipo: «sabemos más que tú porque tenemos más experiencia y tienes que escuchar la voz de nuestra autoridad», no has entendido nada. Esta brat es difícil de domar. 

Besitos.

25 de agosto de 2020

¿Cuáles jerarquías?

Estaba en un directo el otro día, respondiendo la típica pregunta de: ¿es posible querer más a una persona que a otra en el poliamor? con una perorata sobre cómo no consideraríamos que se quiere "más" sino solamente distinto de no existir una jerarquía del amor erótico por encima del platónico cuando...

Y esas jerarquías, ¿cómo se desmontan? Preguntó alguien más.

Yo me puse a soltar el rollo habitual a propósito de la interseccionalidad, explicando que nadie tienen un dominio absoluto sobre el poder en la negociación de acuerdos. Entonces, es más una cuestión de tener conciencia respecto a cuándo podemos ejercer opresión y de la disposición a ceder espacios en esos momentos concretos. Hasta que me di cuenta que esa no era la duda en absoluto.


Había dos jerarquías. DOS. 

  • Por un lado, en esto de las relaciones no exclusivas / no monogamias consensuadas / poliamores amorlibrenses y quetales hablamos de la jerarquía del amor romántico, pareja, reproductivo, cishetero, monógamo y exclusivo por encima de otros afectos.
  • Por otro, en la anarquía relacional nos importa bastante el tema de las jerarquías socioeconómicas y culturales; raíz de desigualdad en razón de identidad de género, orientación sexual, clase, raza, religión, habilidades físicas y cognitivas y apariencia hegemónica.

Entonces pensé... ¿Hay una relación entre ambas? ¿Cómo es su dinámica? ¿Nos estamos liando al llamar a ambos fenómenos de la misma forma? ¿Se podrían llamar de otra forma?

Y nada, aquí estoy más para plantear las preguntas que las respuestas porque me sale humo por las orejas solo de intentarlo. 

Pero, por empezar por algún lado, creo que el discurso activista y los estudios de género han establecido de sobra la manera en cómo ser mujer nos hace más vulnerables a violencias cuando está el amor romántico por medio. Es precisamente en búsqueda de huir de ellas que existen cosas como la sororidad, el amor-camaraderia y el poliamor feminista. En fin, la diversificación de los afectos. Yo estoy aun aprendiendo sobre cómo incide la raza, la religión o la clase -por ejemplo- en acabar reproduciendo esquemas relacionales donde se priorice una relación monógama, cishetero y reproductiva. Y si eso trae beneficios o pérdidas para estos conjuntos de personas.

Pero, ¿y al revés? ¿Qué papel tiene la mono-norma en que reproduzcamos roles desiguales en nuestro contexto? Mari Luz Esteban da algunas luces en cuanto al género. Emparejarnos, seducir hombres que quieren estar solteros y cuidarles como amantísimas esposas nos lleva a ser más mujer de acuerdo a los estereotipos que preservan la inequidad. ¿Es posible que la monogamia influya en factores como la raza o la clase?

En fin. Hasta aquí llego por hoy con este trabalenguas. Contadme si encontráis formas mejores de enunciar estos dos fenómenos distintos pero conectados.

21 de mayo de 2020

No puedes elegir la anarquía relacional tú sola

Una gran amiga, mi única confidente en el complejo tiempo que pasé en Quibdó, me preguntó el otro día algo que para mí estaba resuelto hace tiempo. Caí en cuenta que no es un mensaje presente de forma obvia en lo que contamos habitualmente sobre las no-monogamias consensuadas en los espacios de divulgación, de ahí la duda y la necesidad de escribir esto.

La cuestión era la siguiente: ¿cómo puedo yo relacionarme de acuerdo a mi orientación relacional si es diferente a la de la gente que me rodea?

Con esa inquietud, mi amiga le asestó un golpe mortal a uno de los presupuestos más grandes de toda la teoría poliamorosa. Que la red afectiva está ya ahí. Omnipresente. Con los mismos deseos y expectativas que tú. Y el único trabajo que nos queda es gestionarla.


Le respondí que, en resumen, no puede. Uno de los mayores retos de la anarquía relacional, en este caso la orientación con que ambas nos identificamos, es cómo el entorno se configura una y otra vez para encasillarnos en las etiquetas prescriptivas de las relaciones afectivas. Si bien intentamos reiteradamente construir vínculos eróticos y platónicos que no escalen los hitos tradicionales, ni quepan en categorías concretas o queden en jerarquías; finalmente nuestros esfuerzos son anulados por la mirada externa. Al instante que alguien nos nombra solteras, casadas, novias de, sólo amigas, etc., se invisibiliza cualquier ejercicio contra-normativo que estamos poniendo en práctica. Queda en una burbuja, real exclusivamente para quienes estamos dentro de ella.

A veces, esta burbuja es suficiente... Si tenemos la suerte de movernos socialmente casi sólo dentro de ella. Quizá nos conformamos con saber que nos reconocen en los espacios importantes para nosotres. Pero la mayoría de nosotres interactuamos con contextos normativos (ya sea el trabajo, la familia, amistades "de antes" o círculos de intereses compartidos al margen de lo cuir).

Además, estos juicios de valor respecto a nuestras redes también se dan dentro de la propia comunidad poliafectiva. Ya que no siempre compartimos los mismos ideales, contarle a una persona que prioriza sus relaciones sexoafectivas sobre las platónicas que nada ha cambiado entre vosotras porque ahora metas a alguien en tu cama (pero no a ella) es inútil para evitar que se sienta desplazada. Porque, simplemente, no lo vive de la misma manera.

La única solución es individual, y entonces bastante precaria para llegar a ese supuesto paraíso de amores múltiples y redes de cuidado horizontales del que hablan los textos. Yo, por cuenta propia, puedo elegir -como dice la Vasallo- fijarme en la forma como me relaciono. Si creo que la anarquía relacional va de honestidad, equidad, consenso, autonomía, etc. entonces puedo aplicar eso a todos mis vínculos importantes. Esto es mucho más complejo de lo que suena. Tendré que decidir, por ejemplo, si estoy dispuesta a dedicar tiempo para dar a mi amiga monógama el mismo nivel de atención que recibe el tipo con quien follo delicioso; aunque luego ella no haga lo mismo por mí tan pronto tenga novio. Porque sus acciones no puedo controlarlas.

Aunque hay algunos textos sobre la dificultad de conciliar asimetrías en relaciones donde una persona no es exclusiva y la otra es monógama, con esta reflexión le apunto a algo más allá. ¿Es la propuesta poliamorosa que cada quien invente su propia ecuación individualista para ajustarse a sus necesidades, deseos y contexto? ¿O es el poliamor una proposición filosófica para una experiencia afectiva colectiva diferente -más ética?

Durante la historia escrita del movimiento, se han presentado sin una clara diferenciación ambas versiones de esta idea poliamorosa que resultan contradictorias en la práctica. Morning Glory, Debora Anapol y Franklin Veux con Eve Rickert apuntaban hacia un nuevo paradigma de las relaciones; unos principios morales que nos guiarán a sufrir menos y conformar comunidades conscientes de la responsabilidad conjunta de nuestros actos. Mientras que Dossie Easton con Janet Hardy y especialmente Meg-John Barker han abogado por el deseo particular y la construcción de relaciones a la medida. Esta disonancia cognitiva, en el centro de lo que es o "debe ser" el poliamor, se filtra ahora indiscriminadamente en el discurso pedagógico de nuestras comunidades activistas. Un tira y afloja imposible de conciliar entre la libertad y la responsabilidad. Entre yo y nosotrxs.

Voy a aventurarme a aportar mi humilde granito de arena a la balanza, para desequilibrarla hacia donde considero que debe inclinarse. No hay poliamor sin red. Por más que nos empeñemos en insistir que esta orientación relacional es algo que podemos elegir solxs; una identidad más que emplear estratégicamente para asociarnos o diferenciarnos según convenga. Aunque la práctica de las relaciones no exclusivas me parece en sí misma y con toda su diversidad intrínsecamente válida; si la no-monogamia consensuada resulta ser simplemente mi deseo individual de explorar afectos múltiples regidos por mis valores subjetivos pero desarticulados del contexto, perdemos de vista todo el potencial político del acto. Ignoramos que lo afectivo está irremediablemente atravesado por estructuras de poder. Y, si bien reconozco que muchas personas no quieren ni necesitan involucrar en sus relaciones íntimas la subversión del statu quo, pienso que se debe a ostentar una situación privilegiada que no les requiere replantear las dinámicas de opresión intrínsecas. Pues no son ellos quienes salen perjudiciados por la desigualdad. Así, si el poliamor avanza, que lo haga con la perspectiva de servir para reformar desde su base más primordial la sociedad. Desde todas y cada una de nuestras relaciones interpersonales.

Termino con esta anécdota. Ayer, en una entrevista me preguntaron si consideraba que todas las personas debían ser poliamorosas. La respuesta oficial y políticamente correcta que hemos dado las comunidades ha sido casi siempre que no, que mientras exista la opción de escoger conscientemente la monogamia es igual de válida como orientación relacional. Sin embargo, puesto que llevaba parte de este escrito ya avanzado, me costó responder honestamente ese vómito automático de dogma sin cuestionar. Porque, ¿es realmente posible que alcancemos la propuesta política poliafectiva en una sociedad que se relaciona con nosotres desde la monogamia? Resolver esto, si no ha quedado claro todavía, lo dejo para otro día.

7 de mayo de 2020

Vergüenza - Mi denuncia de agresión en una comunidad poliamor

Antes de comenzar, quiero aclarar que no busco con lo aquí dicho imputar culpas ajenas. Lo hecho, está. Reconozco que fue complejo para todes y equivocarnos fue normal. Simplemente, una vez más, deseo recuperarme poco a poco del miedo a hablar; secuela obvia de estos procesos comunitarios de co-responsabilidad tan precarios.
Y, ojalá, que nos sirva para hacerlo mejor en adelante. Porque si nuestros espacios seguros funcionan, nuevas denuncias vendrán. Denuncias que es nuestra obligación atender con la preparación adecuada, cuando promovemos utopías fundamentadas en principios colectivos tan concretos.


En estos días hablé con alguien a quien guardo en la más alta estima. Ella acogió toda mi rabia y mi dolor cuando no sabía dónde ponerla. En un momento en que los mensajes que me llegaban por todas partes negaban, dudaban o culpabilizaban mi postura ante la situación; ella reflejó desde su propia experiencia mi derecho a sentirme como quisiera y a reclamar ocupar un espacio vital.

Juntas, nos arriesgamos a arrancar las costras de nuestras heridas para reivindicar un valor compartido de justicia y reparación. El apoyo mútuo nos otorgó la valentía y la fuerza para hablar. Y así, contamos la historia de cómo habíamos sido agredidas por la misma persona durante nuestra relación íntima con él.

Una persona que, además, ostentaba una posición de reconocimiento dentro de una comunidad con principios feministas; lo cual sumaba a nuestra preocupación por callar, a riesgo de darle alas para seguir atrayendo víctimas.

En fin, el proceso fue harto complejo. Tras tremendos esfuerzos de mi parte, de la suya y de la comunidad: encontrar recursos sobre la gestión de rupturas del consenso en espacios seguros, contar de forma clara las agresiones físicas y emocionales, plantear los dilemas morales, crear un tribunal de pares... Logramos lo que pareció una solución consensuada pero que a todas luces hacía aguas.

Pese al acuerdo consensuado de vetar a quien nos había agredido del espacio colectivo, continuar con las actividades acordadas conjuntamente para el resto de la comunidad se volvió prácticamente imposible. A mi parecer, por falta de motivación y compromiso. Nunca sabré la razón real porque no me la contaron. Yo tampoco pregunté. Pero queda en mí cierto rencor al argumento de sentíamos dolor respecto a la ruptura del equipo; puesto que a mí también me abrumaban la pérdida y el daño vividos, más no por ello me desentendí de mi responsabilidad a la comunidad. Particularmente, seguí trabajando pese a sentirme todavía en peligro al tener a alguien muy cercano a mi agresor formando aún parte del espacio; vulneración en la que nadie más pareció reparar en ese momento. Admitidamente, cada quién tiene sus prioridades.

Aclararé, también, que en retrospectiva siento que fui coaccionada en un momento de extrema debilidad emocional y tras expresar varias veces que no me sentía capaz de saber lo que era mejor para mí y por eso había pedido ayuda a confirmar que mi deseo en calidad de "líder" del equipo (como resultado del tribunal) era el veto. Considero esto un comportamiento harto irresponsable hacia una víctima. Ejemplo de la falta de competencias o ganas de asumir responsabilidad colectiva sobre los valores que predicamos.

Así las cosas, fue bien sencillo empezar a sentir infinita culpa cuando me llegó el primer comentario tipo: finalmente lo hicimos por ti, Alba, junto a las evidencias de un equipo desganado. Culpa por haber abierto la boca. Por no haber dicho o hecho las cosas de otra forma, más amable o simpática. Por no haber tenido constantemente en cuenta los deseos y emociones de todas las personas involucradas. Aunque todo lo que leí insistía que las víctimas primero, sentí que me castigaban con su abandono al proyecto por haber obtenido justo eso. Culpa por haber roto yo esa cosa tan fantástica que teníamos antes. Buena para otres, claro está, porque a mí me servía de poco una comunidad que ni un mensaje de cómo estás después de las ordalías se digno a enviarme.

Culpa, al fin y al cabo, porque eso me había condicionado mi agresor a sentir cada vez que reclamaba que me tratase bien. Eso me dijo en su cocina el día que grité que me parecía insoportable escuchar un relato de su ruptura con ELLA, su expareja, quien me acompañó con tanto cariño a presentar esta denuncia, desde la posición de haber sido él víctima del silencio de ella. Mentira todo. Cien veces, contando esa, me repitió que yo hacía sentir mal a la gente a mi alrededor. Que les apartaba de mi lado con mi manera de ser y hacer las cosas. Si se comportaba(n) de una forma que me hacía daño, yo era responsable.

Desde hace meses, desde que el equipo de Poliamor Bogotá se desbandó, cuando hablo sobre esto escucho su voz. Son sus palabras las que me insisten que, ¡no! No tiene que ver con que la gente tuviera otros intereses más acuciantes ya antes o que el compromiso de presenciar en la práctica el compartir de los dolores además de los placeres espantó a más de unx que estaba ahí por la diversión. ¡No! No es que fuese más sencillo ver en pantallas y libros las ideas que ahora tocaba presenciar en carne y hueso. Fui yo. Fueron mis palabras. Y me inundó la vergüenza y la culpa hasta cerrarme el pico. Me consta que lo que dije, y mi posterior silencio, le vinieron de perlas a algunas personas para salir sin cuestionamientos de un espacio en el que hacía tiempo estaban con medio pie fuera. De nada.

Y ahora, nuevamente gracias a ella y su aceptación a mi versión completa y admitidamente subjetiva de las cosas, hasta hoy voy a hacerle caso a esa voz odiosa. La la la la la. No te oigo más.

Dos enseñanzas me quedan de esto:

La primera es que yo también puedo hacer daño a la gente que quiero. Y a la que no amo, supongo. No niego esto. Sobre ello, sólo puedo insistir en mi disposición a estar presente para escuchar, para comenzar medidas de reparación con quien así lo desee. Quiero hacerme responsable de las emociones que causen en otres mis palabras. Claro está, esperando que esa intención sea mutua en caso de requerirlo.

Pero no seguiré cargando la vergüenza y la culpa por algo que decidimos todes en el ejemplo que describo: dejar de cuidar(nos) y de comunicar(nos).

La segunda es que juntarnos entre mujeres, especialmente si son aquellas que han pasado por lo mismo y conocen de primera mano la experiencia que has vivido, tiene poder para lograr cosas inigualables. Quizá nunca sabré cuántas posibles víctimas se salvaron gracias a lo que ella y yo contamos. De lo que estoy segura es que el cambio que surtió en mí el ejemplo de saber posible reclamar un espacio seguro (en vez de ser yo quien cedía, callaba con miedo y aguantaba seguir viviendo sus agresiones y peticiones de cercanía pese a mis reclamos más explicitos por espacio) ahora se refleja en que soy una mujer más convencida si cabe de mis principios feministas.

Y yo, en nombre de esos esfuerzos individuales y colectivos que hicimos, prometo seguir abriendo espacios para que otras mujeres puedan plantar cara a sus agresores. Aunque sea, como hago aquí, a las voces que de ellos quedan en nuestras cabezas por el trauma. Asustadas, pero amparadas por una red que nos cree y nos acompaña.

13 de marzo de 2020

4 problemas feministas del poliamor

Ayer me invitaron a grabar un podcast genial, que espero compartir pronto con todes. Mientras sale, y como dialogando no siempre se transmite el mensaje tan claramente que por escrito, he pensado en dejar por aquí las ideas que preparé para ese encuentro.

Os reto a que hagáis esta entrada tan viral como esa nota tan bonita sobre anarquía relacional, para que no sea yo la única loca gritando a los cuatro vientos los problemas del poliamor en la práctica. Así, igual me convencéis de dejar de creer que la comunidad solo quiere comprar la versión fantástica y preciosa de esta historia.

Allá va, algunas razones por las que el poliamor es complicado de llevar a cabo si le ponemos la lente del género al asunto:

Nos enamoramos
El poliamor se ha subido muy rápido a un montón de teorías diferentes de las relaciones interpersonales (Comunicación No Violenta, Honestidad Radical). Una de ellas es la crítica feminista a los mitos del amor romántico. Sin embargo, como explica mucho más ampliamente la Vasallo en este artículo -y, mal que nos pese, como nos apuntaba el ya extinto movimiento ágamo-, hemos convertido el pack de mitos románticos en chivo expiatorio de un problema mayor. Mari Luz Esteban lo cuenta muy bien en Crítica al Pensamiento Amoroso. La dificultad con el amor (sin apellidos) no está en creer en una serie de ideas concretas y confinadas a esas listas que se pueden fácilmente difundir en redes sociales o talleres. El amor generiza y sexúa diferencialmente a hombres y mujeres en una sociedad y contexto histórico para los cuales nuestras expectativas y tareas dentro de las relaciones amorosas son desiguales. El guión de sentir y hacer la experiencia "amor" es diferente para las mujeres; a quienes se nos educa en el cuidado, atención y satisfacción de necesidades dentro de las relaciones afectivas.
Bajo este paradigma, amar nos sitúa irremediablemente en servidumbre. Enamorarnos, al contar con un discurso cultural adicional de sacrificio y dolor, aún más. Sin embargo, muchas personas poliamorosas todavía buscan activamente relaciones en las que el amor enamorado sea la cúspide de su red afectiva. Y se hace bien poco en las comunidades por entender qué ideas del amor promovemos o prevalecen.

Silvia Federici
El amor es limitado
Ojalá una moneda por cada vez que he leído o escuchado algo parecido a «el amor es infinito, pero el tiempo es limitado». Una idea que yo misma he pecado de reproducir dentro de las comunidades poliafectivas y se encuentra en la mayoría de textos originales (Ética Promiscua, Más Allá de la Pareja, Opening Up). Esto, simplemente, no es verdad. Hay muchas otras cosas que limitan el amor además del tiempo, como las capacidades, los intereses, o los deseos. Los deseos, construidos y modelados por mandatos hegemónicos de lo que es atractivo o no, rigen en su mayoría hacia dónde orientamos nuestros afectos y la atención o cuidados que derivamos de ellos. Estas construcciones del deseo obedecen, por supuesto, a imposiciones sobre apariencia y comportamiento que obligan diferencialmente a la mujer. Las atenciones o cuidados que derivan del amor también quedan limitadas, de nuevo, por prejuicios sobre a quién le corresponde ejercer de cuidadora en la relación.
La propuesta poliamorosa que plantea suficiente amor para acabar con la competición se desmorona ante la evidencia de un sistema aliado entre racismo, capitalismo, capacitismo y patriarcado.

Nuestras emociones están situadas en un contexto
Uno de los grandes éxitos del capital es habernos vendido que toda la responsabilidad de lo que sentimos nos pertenece. Así, cualquier culpa por estar inmersas en situaciones opresivas o violentas automáticamente se revierte. La manipulación máxima. Pero no. Ya lo he explicado con ejemplos. Insisto. Las teorías poliamorosas nacieron en el boom de la auto-ayuda, desde lugares de privilegio muy concretos espacial y temporalmente (la bonanza estadounidense de los años 80). Escribían mujeres blancas de mediana edad, asentadas en vidas relativamente cómodas tras haber explorado una juventud hippie en los años 60. Estas teorías no han hecho sino presionar más aun para que las mujeres nos amoldemos al guión socialmente aceptado de sentires válidos. Desde el psicoanálisis (o antes, desde la quema de brujas en la hoguera), las mujeres hemos sido histéricas cuya emoción debía ser dominada. Poner el foco, como hace el poliamor, en la responsabilidad individual, no hace más que descontextualizar que vivimos en un sistema donde la razón, la lógica y la compostura se premian por ser características asociadas con lo masculino, y la expresividad se castiga por lo contrario. El discurso poliamoroso invisibiliza las razones legítimas por las cuales podemos sentir tristeza, ira o miedo. Y convierte la forma en que comunicamos las emociones el problema central, evitando cómodamente reflexionar sobre por qué las sentimos.

Ideas como «hay que aprender a quererse antes de querer o que te quieran» ignoran la inmensa carga de opresiones estructurales sobre nuestra imagen y autoestima que nos imponen a las mujeres. Es, además, capacitista para aquellas personas neurodiversas con condiciones como la depresión que afecta su visión de sí mismas. No somos menos dignas de pertenencia a redes afectivas porque nos hayan intoxicado con creencias de inferioridad para dominarnos.

No es más sano
Aunque nuestro discurso repite hasta el hartazgo que no nos debemos creer más evolucionadxs, muchas personas sienten que el poliamor es más saludable. Se crea un efecto halo sobre quienes participamos activamente en las comunidades. Se nos otorgan automáticamente virtudes asociadas a los principios y valores con los que definimos esta orientación relacional. Es normal, cuando hablamos sin cesar de poliamor en términos de honestidad, ética, consenso y responsabilidad, creer que lo demás es menos moral. El problema con esto es que esconde comportamientos dañinos. Esperar que todas las personas poliamorosas seamos así de buenas nos hace pasar por alto los actos que no encajan con la expectativa de Personas Poliamorosas Perfectas, ya que crea una disonancia cognitiva. Sin embargo, en el poliamor hay ya varios ejemplos ampliamente documentados de abuso basado en género. De hombres posicionados en lugares de liderazgo y reconocimiento comunitario que agreden a mujeres emocional, física y sexualmente. Hombres que aprovechan este prestigio y reconocimiento para ocultar su maltrato o atraer nuevas víctimas.




Algunos de estos problemas están presentes también en la monogamia, por supuesto. O en otros sectores del activismo. Simplemente, la monogamia no pretende con su discurso haber alcanzado un lugar más igualitario u horizontal; ni niega en su pedagogía el marco sistémico en que se desarrolla la práctica. No propongo, entonces, que nos dediquemos o volvamos a las relaciones exclusivas. Solo quiero que dejemos de idealizar espacios que no tienen tanto de mágico como hacemos creer desde los lugares de difusión de estas formas de vida.

Tampoco tengo una solución para estas dinámicas. Pero sé que si vamos a proponer alternativas a las relaciones, tienen que servir, ante todo, para desmontar estas cosas.