21 de mayo de 2020

No puedes elegir la anarquía relacional tú sola

Una gran amiga, mi única confidente en el complejo tiempo que pasé en Quibdó, me preguntó el otro día algo que para mí estaba resuelto hace tiempo. Caí en cuenta que no es un mensaje presente de forma obvia en lo que contamos habitualmente sobre las no-monogamias consensuadas en los espacios de divulgación, de ahí la duda y la necesidad de escribir esto.

La cuestión era la siguiente: ¿cómo puedo yo relacionarme de acuerdo a mi orientación relacional si es diferente a la de la gente que me rodea?

Con esa inquietud, mi amiga le asestó un golpe mortal a uno de los presupuestos más grandes de toda la teoría poliamorosa. Que la red afectiva está ya ahí. Omnipresente. Con los mismos deseos y expectativas que tú. Y el único trabajo que nos queda es gestionarla.


Le respondí que, en resumen, no puede. Uno de los mayores retos de la anarquía relacional, en este caso la orientación con que ambas nos identificamos, es cómo el entorno se configura una y otra vez para encasillarnos en las etiquetas prescriptivas de las relaciones afectivas. Si bien intentamos reiteradamente construir vínculos eróticos y platónicos que no escalen los hitos tradicionales, ni quepan en categorías concretas o queden en jerarquías; finalmente nuestros esfuerzos son anulados por la mirada externa. Al instante que alguien nos nombra solteras, casadas, novias de, sólo amigas, etc., se invisibiliza cualquier ejercicio contra-normativo que estamos poniendo en práctica. Queda en una burbuja, real exclusivamente para quienes estamos dentro de ella.

A veces, esta burbuja es suficiente... Si tenemos la suerte de movernos socialmente casi sólo dentro de ella. Quizá nos conformamos con saber que nos reconocen en los espacios importantes para nosotres. Pero la mayoría de nosotres interactuamos con contextos normativos (ya sea el trabajo, la familia, amistades "de antes" o círculos de intereses compartidos al margen de lo cuir).

Además, estos juicios de valor respecto a nuestras redes también se dan dentro de la propia comunidad poliafectiva. Ya que no siempre compartimos los mismos ideales, contarle a una persona que prioriza sus relaciones sexoafectivas sobre las platónicas que nada ha cambiado entre vosotras porque ahora metas a alguien en tu cama (pero no a ella) es inútil para evitar que se sienta desplazada. Porque, simplemente, no lo vive de la misma manera.

La única solución es individual, y entonces bastante precaria para llegar a ese supuesto paraíso de amores múltiples y redes de cuidado horizontales del que hablan los textos. Yo, por cuenta propia, puedo elegir -como dice la Vasallo- fijarme en la forma como me relaciono. Si creo que la anarquía relacional va de honestidad, equidad, consenso, autonomía, etc. entonces puedo aplicar eso a todos mis vínculos importantes. Esto es mucho más complejo de lo que suena. Tendré que decidir, por ejemplo, si estoy dispuesta a dedicar tiempo para dar a mi amiga monógama el mismo nivel de atención que recibe el tipo con quien follo delicioso; aunque luego ella no haga lo mismo por mí tan pronto tenga novio. Porque sus acciones no puedo controlarlas.

Aunque hay algunos textos sobre la dificultad de conciliar asimetrías en relaciones donde una persona no es exclusiva y la otra es monógama, con esta reflexión le apunto a algo más allá. ¿Es la propuesta poliamorosa que cada quien invente su propia ecuación individualista para ajustarse a sus necesidades, deseos y contexto? ¿O es el poliamor una proposición filosófica para una experiencia afectiva colectiva diferente -más ética?

Durante la historia escrita del movimiento, se han presentado sin una clara diferenciación ambas versiones de esta idea poliamorosa que resultan contradictorias en la práctica. Morning Glory, Debora Anapol y Franklin Veux con Eve Rickert apuntaban hacia un nuevo paradigma de las relaciones; unos principios morales que nos guiarán a sufrir menos y conformar comunidades conscientes de la responsabilidad conjunta de nuestros actos. Mientras que Dossie Easton con Janet Hardy y especialmente Meg-John Barker han abogado por el deseo particular y la construcción de relaciones a la medida. Esta disonancia cognitiva, en el centro de lo que es o "debe ser" el poliamor, se filtra ahora indiscriminadamente en el discurso pedagógico de nuestras comunidades activistas. Un tira y afloja imposible de conciliar entre la libertad y la responsabilidad. Entre yo y nosotrxs.

Voy a aventurarme a aportar mi humilde granito de arena a la balanza, para desequilibrarla hacia donde considero que debe inclinarse. No hay poliamor sin red. Por más que nos empeñemos en insistir que esta orientación relacional es algo que podemos elegir solxs; una identidad más que emplear estratégicamente para asociarnos o diferenciarnos según convenga. Aunque la práctica de las relaciones no exclusivas me parece en sí misma y con toda su diversidad intrínsecamente válida; si la no-monogamia consensuada resulta ser simplemente mi deseo individual de explorar afectos múltiples regidos por mis valores subjetivos pero desarticulados del contexto, perdemos de vista todo el potencial político del acto. Ignoramos que lo afectivo está irremediablemente atravesado por estructuras de poder. Y, si bien reconozco que muchas personas no quieren ni necesitan involucrar en sus relaciones íntimas la subversión del statu quo, pienso que se debe a ostentar una situación privilegiada que no les requiere replantear las dinámicas de opresión intrínsecas. Pues no son ellos quienes salen perjudiciados por la desigualdad. Así, si el poliamor avanza, que lo haga con la perspectiva de servir para reformar desde su base más primordial la sociedad. Desde todas y cada una de nuestras relaciones interpersonales.

Termino con esta anécdota. Ayer, en una entrevista me preguntaron si consideraba que todas las personas debían ser poliamorosas. La respuesta oficial y políticamente correcta que hemos dado las comunidades ha sido casi siempre que no, que mientras exista la opción de escoger conscientemente la monogamia es igual de válida como orientación relacional. Sin embargo, puesto que llevaba parte de este escrito ya avanzado, me costó responder honestamente ese vómito automático de dogma sin cuestionar. Porque, ¿es realmente posible que alcancemos la propuesta política poliafectiva en una sociedad que se relaciona con nosotres desde la monogamia? Resolver esto, si no ha quedado claro todavía, lo dejo para otro día.

7 de mayo de 2020

Vergüenza - Mi denuncia de agresión en una comunidad poliamor

Antes de comenzar, quiero aclarar que no busco con lo aquí dicho imputar culpas ajenas. Lo hecho, está. Reconozco que fue complejo para todes y equivocarnos fue normal. Simplemente, una vez más, deseo recuperarme poco a poco del miedo a hablar; secuela obvia de estos procesos comunitarios de co-responsabilidad tan precarios.
Y, ojalá, que nos sirva para hacerlo mejor en adelante. Porque si nuestros espacios seguros funcionan, nuevas denuncias vendrán. Denuncias que es nuestra obligación atender con la preparación adecuada, cuando promovemos utopías fundamentadas en principios colectivos tan concretos.


En estos días hablé con alguien a quien guardo en la más alta estima. Ella acogió toda mi rabia y mi dolor cuando no sabía dónde ponerla. En un momento en que los mensajes que me llegaban por todas partes negaban, dudaban o culpabilizaban mi postura ante la situación; ella reflejó desde su propia experiencia mi derecho a sentirme como quisiera y a reclamar ocupar un espacio vital.

Juntas, nos arriesgamos a arrancar las costras de nuestras heridas para reivindicar un valor compartido de justicia y reparación. El apoyo mútuo nos otorgó la valentía y la fuerza para hablar. Y así, contamos la historia de cómo habíamos sido agredidas por la misma persona durante nuestra relación íntima con él.

Una persona que, además, ostentaba una posición de reconocimiento dentro de una comunidad con principios feministas; lo cual sumaba a nuestra preocupación por callar, a riesgo de darle alas para seguir atrayendo víctimas.

En fin, el proceso fue harto complejo. Tras tremendos esfuerzos de mi parte, de la suya y de la comunidad: encontrar recursos sobre la gestión de rupturas del consenso en espacios seguros, contar de forma clara las agresiones físicas y emocionales, plantear los dilemas morales, crear un tribunal de pares... Logramos lo que pareció una solución consensuada pero que a todas luces hacía aguas.

Pese al acuerdo consensuado de vetar a quien nos había agredido del espacio colectivo, continuar con las actividades acordadas conjuntamente para el resto de la comunidad se volvió prácticamente imposible. A mi parecer, por falta de motivación y compromiso. Nunca sabré la razón real porque no me la contaron. Yo tampoco pregunté. Pero queda en mí cierto rencor al argumento de sentíamos dolor respecto a la ruptura del equipo; puesto que a mí también me abrumaban la pérdida y el daño vividos, más no por ello me desentendí de mi responsabilidad a la comunidad. Particularmente, seguí trabajando pese a sentirme todavía en peligro al tener a alguien muy cercano a mi agresor formando aún parte del espacio; vulneración en la que nadie más pareció reparar en ese momento. Admitidamente, cada quién tiene sus prioridades.

Aclararé, también, que en retrospectiva siento que fui coaccionada en un momento de extrema debilidad emocional y tras expresar varias veces que no me sentía capaz de saber lo que era mejor para mí y por eso había pedido ayuda a confirmar que mi deseo en calidad de "líder" del equipo (como resultado del tribunal) era el veto. Considero esto un comportamiento harto irresponsable hacia una víctima. Ejemplo de la falta de competencias o ganas de asumir responsabilidad colectiva sobre los valores que predicamos.

Así las cosas, fue bien sencillo empezar a sentir infinita culpa cuando me llegó el primer comentario tipo: finalmente lo hicimos por ti, Alba, junto a las evidencias de un equipo desganado. Culpa por haber abierto la boca. Por no haber dicho o hecho las cosas de otra forma, más amable o simpática. Por no haber tenido constantemente en cuenta los deseos y emociones de todas las personas involucradas. Aunque todo lo que leí insistía que las víctimas primero, sentí que me castigaban con su abandono al proyecto por haber obtenido justo eso. Culpa por haber roto yo esa cosa tan fantástica que teníamos antes. Buena para otres, claro está, porque a mí me servía de poco una comunidad que ni un mensaje de cómo estás después de las ordalías se digno a enviarme.

Culpa, al fin y al cabo, porque eso me había condicionado mi agresor a sentir cada vez que reclamaba que me tratase bien. Eso me dijo en su cocina el día que grité que me parecía insoportable escuchar un relato de su ruptura con ELLA, su expareja, quien me acompañó con tanto cariño a presentar esta denuncia, desde la posición de haber sido él víctima del silencio de ella. Mentira todo. Cien veces, contando esa, me repitió que yo hacía sentir mal a la gente a mi alrededor. Que les apartaba de mi lado con mi manera de ser y hacer las cosas. Si se comportaba(n) de una forma que me hacía daño, yo era responsable.

Desde hace meses, desde que el equipo de Poliamor Bogotá se desbandó, cuando hablo sobre esto escucho su voz. Son sus palabras las que me insisten que, ¡no! No tiene que ver con que la gente tuviera otros intereses más acuciantes ya antes o que el compromiso de presenciar en la práctica el compartir de los dolores además de los placeres espantó a más de unx que estaba ahí por la diversión. ¡No! No es que fuese más sencillo ver en pantallas y libros las ideas que ahora tocaba presenciar en carne y hueso. Fui yo. Fueron mis palabras. Y me inundó la vergüenza y la culpa hasta cerrarme el pico. Me consta que lo que dije, y mi posterior silencio, le vinieron de perlas a algunas personas para salir sin cuestionamientos de un espacio en el que hacía tiempo estaban con medio pie fuera. De nada.

Y ahora, nuevamente gracias a ella y su aceptación a mi versión completa y admitidamente subjetiva de las cosas, hasta hoy voy a hacerle caso a esa voz odiosa. La la la la la. No te oigo más.

Dos enseñanzas me quedan de esto:

La primera es que yo también puedo hacer daño a la gente que quiero. Y a la que no amo, supongo. No niego esto. Sobre ello, sólo puedo insistir en mi disposición a estar presente para escuchar, para comenzar medidas de reparación con quien así lo desee. Quiero hacerme responsable de las emociones que causen en otres mis palabras. Claro está, esperando que esa intención sea mutua en caso de requerirlo.

Pero no seguiré cargando la vergüenza y la culpa por algo que decidimos todes en el ejemplo que describo: dejar de cuidar(nos) y de comunicar(nos).

La segunda es que juntarnos entre mujeres, especialmente si son aquellas que han pasado por lo mismo y conocen de primera mano la experiencia que has vivido, tiene poder para lograr cosas inigualables. Quizá nunca sabré cuántas posibles víctimas se salvaron gracias a lo que ella y yo contamos. De lo que estoy segura es que el cambio que surtió en mí el ejemplo de saber posible reclamar un espacio seguro (en vez de ser yo quien cedía, callaba con miedo y aguantaba seguir viviendo sus agresiones y peticiones de cercanía pese a mis reclamos más explicitos por espacio) ahora se refleja en que soy una mujer más convencida si cabe de mis principios feministas.

Y yo, en nombre de esos esfuerzos individuales y colectivos que hicimos, prometo seguir abriendo espacios para que otras mujeres puedan plantar cara a sus agresores. Aunque sea, como hago aquí, a las voces que de ellos quedan en nuestras cabezas por el trauma. Asustadas, pero amparadas por una red que nos cree y nos acompaña.

13 de marzo de 2020

4 problemas feministas del poliamor

Ayer me invitaron a grabar un podcast genial, que espero compartir pronto con todes. Mientras sale, y como dialogando no siempre se transmite el mensaje tan claramente que por escrito, he pensado en dejar por aquí las ideas que preparé para ese encuentro.

Os reto a que hagáis esta entrada tan viral como esa nota tan bonita sobre anarquía relacional, para que no sea yo la única loca gritando a los cuatro vientos los problemas del poliamor en la práctica. Así, igual me convencéis de dejar de creer que la comunidad solo quiere comprar la versión fantástica y preciosa de esta historia.

Allá va, algunas razones por las que el poliamor es complicado de llevar a cabo si le ponemos la lente del género al asunto:

Nos enamoramos
El poliamor se ha subido muy rápido a un montón de teorías diferentes de las relaciones interpersonales (Comunicación No Violenta, Honestidad Radical). Una de ellas es la crítica feminista a los mitos del amor romántico. Sin embargo, como explica mucho más ampliamente la Vasallo en este artículo -y, mal que nos pese, como nos apuntaba el ya extinto movimiento ágamo-, hemos convertido el pack de mitos románticos en chivo expiatorio de un problema mayor. Mari Luz Esteban lo cuenta muy bien en Crítica al Pensamiento Amoroso. La dificultad con el amor (sin apellidos) no está en creer en una serie de ideas concretas y confinadas a esas listas que se pueden fácilmente difundir en redes sociales o talleres. El amor generiza y sexúa diferencialmente a hombres y mujeres en una sociedad y contexto histórico para los cuales nuestras expectativas y tareas dentro de las relaciones amorosas son desiguales. El guión de sentir y hacer la experiencia "amor" es diferente para las mujeres; a quienes se nos educa en el cuidado, atención y satisfacción de necesidades dentro de las relaciones afectivas.
Bajo este paradigma, amar nos sitúa irremediablemente en servidumbre. Enamorarnos, al contar con un discurso cultural adicional de sacrificio y dolor, aún más. Sin embargo, muchas personas poliamorosas todavía buscan activamente relaciones en las que el amor enamorado sea la cúspide de su red afectiva. Y se hace bien poco en las comunidades por entender qué ideas del amor promovemos o prevalecen.

Silvia Federici
El amor es limitado
Ojalá una moneda por cada vez que he leído o escuchado algo parecido a «el amor es infinito, pero el tiempo es limitado». Una idea que yo misma he pecado de reproducir dentro de las comunidades poliafectivas y se encuentra en la mayoría de textos originales (Ética Promiscua, Más Allá de la Pareja, Opening Up). Esto, simplemente, no es verdad. Hay muchas otras cosas que limitan el amor además del tiempo, como las capacidades, los intereses, o los deseos. Los deseos, construidos y modelados por mandatos hegemónicos de lo que es atractivo o no, rigen en su mayoría hacia dónde orientamos nuestros afectos y la atención o cuidados que derivamos de ellos. Estas construcciones del deseo obedecen, por supuesto, a imposiciones sobre apariencia y comportamiento que obligan diferencialmente a la mujer. Las atenciones o cuidados que derivan del amor también quedan limitadas, de nuevo, por prejuicios sobre a quién le corresponde ejercer de cuidadora en la relación.
La propuesta poliamorosa que plantea suficiente amor para acabar con la competición se desmorona ante la evidencia de un sistema aliado entre racismo, capitalismo, capacitismo y patriarcado.

Nuestras emociones están situadas en un contexto
Uno de los grandes éxitos del capital es habernos vendido que toda la responsabilidad de lo que sentimos nos pertenece. Así, cualquier culpa por estar inmersas en situaciones opresivas o violentas automáticamente se revierte. La manipulación máxima. Pero no. Ya lo he explicado con ejemplos. Insisto. Las teorías poliamorosas nacieron en el boom de la auto-ayuda, desde lugares de privilegio muy concretos espacial y temporalmente (la bonanza estadounidense de los años 80). Escribían mujeres blancas de mediana edad, asentadas en vidas relativamente cómodas tras haber explorado una juventud hippie en los años 60. Estas teorías no han hecho sino presionar más aun para que las mujeres nos amoldemos al guión socialmente aceptado de sentires válidos. Desde el psicoanálisis (o antes, desde la quema de brujas en la hoguera), las mujeres hemos sido histéricas cuya emoción debía ser dominada. Poner el foco, como hace el poliamor, en la responsabilidad individual, no hace más que descontextualizar que vivimos en un sistema donde la razón, la lógica y la compostura se premian por ser características asociadas con lo masculino, y la expresividad se castiga por lo contrario. El discurso poliamoroso invisibiliza las razones legítimas por las cuales podemos sentir tristeza, ira o miedo. Y convierte la forma en que comunicamos las emociones el problema central, evitando cómodamente reflexionar sobre por qué las sentimos.

Ideas como «hay que aprender a quererse antes de querer o que te quieran» ignoran la inmensa carga de opresiones estructurales sobre nuestra imagen y autoestima que nos imponen a las mujeres. Es, además, capacitista para aquellas personas neurodiversas con condiciones como la depresión que afecta su visión de sí mismas. No somos menos dignas de pertenencia a redes afectivas porque nos hayan intoxicado con creencias de inferioridad para dominarnos.

No es más sano
Aunque nuestro discurso repite hasta el hartazgo que no nos debemos creer más evolucionadxs, muchas personas sienten que el poliamor es más saludable. Se crea un efecto halo sobre quienes participamos activamente en las comunidades. Se nos otorgan automáticamente virtudes asociadas a los principios y valores con los que definimos esta orientación relacional. Es normal, cuando hablamos sin cesar de poliamor en términos de honestidad, ética, consenso y responsabilidad, creer que lo demás es menos moral. El problema con esto es que esconde comportamientos dañinos. Esperar que todas las personas poliamorosas seamos así de buenas nos hace pasar por alto los actos que no encajan con la expectativa de Personas Poliamorosas Perfectas, ya que crea una disonancia cognitiva. Sin embargo, en el poliamor hay ya varios ejemplos ampliamente documentados de abuso basado en género. De hombres posicionados en lugares de liderazgo y reconocimiento comunitario que agreden a mujeres emocional, física y sexualmente. Hombres que aprovechan este prestigio y reconocimiento para ocultar su maltrato o atraer nuevas víctimas.




Algunos de estos problemas están presentes también en la monogamia, por supuesto. O en otros sectores del activismo. Simplemente, la monogamia no pretende con su discurso haber alcanzado un lugar más igualitario u horizontal; ni niega en su pedagogía el marco sistémico en que se desarrolla la práctica. No propongo, entonces, que nos dediquemos o volvamos a las relaciones exclusivas. Solo quiero que dejemos de idealizar espacios que no tienen tanto de mágico como hacemos creer desde los lugares de difusión de estas formas de vida.

Tampoco tengo una solución para estas dinámicas. Pero sé que si vamos a proponer alternativas a las relaciones, tienen que servir, ante todo, para desmontar estas cosas.

17 de febrero de 2020

¿A dónde va una relación de anarquía relacional?


Ayer, arrunchada en el sofá con M -una de las personas que tiene acceso a mi intimidad- tras una copiosa comida india, conversamos tranquilamente sobre nuestros deseos de cuidado mutuo y para las relaciones en general.

En lo que me pareció un inmenso gesto de cariño, me preguntó: "¿Cómo te gusta que te cuiden?"

Reflexioné en voz alta y con toda sinceridad que, por ambiguo que suene, depende enteramente de la relación. Reconocí tener expectativas de cuidado muy distintas para cada uno de los vínculos que actualmente conforman mi red afectiva. Conté que es algo misterioso cómo he llegado a crear esas expectativas. Aunque ahora, después de darle vueltas, creo que tuvo que ver con el reconocimeinto y la aceptación de lo que aquellas personas me pueden ofrecer en combinación con encontrar una necesidad mía satisfecha por ello.

Di un ejemplo empleando mi relación íntima no-consanguínea más antigua. Ó, a quien llamo mi espejo, alma paralela, gurú y muchas cosas más, es alguien que lleva caminando a mi lado ya 9 años. Nuestra relación ha pasado de lo erótico a lo platónico sin dejar nunca de tener esa potencia creadora del deseo de unión y conocimiento mutuo. Me gusta que Ó me cuide escuchando mis crisis emocionales, oyendo sin asustarse mis pensamientos más oscuros y sacándome con lógica de los agujeros más profundos. Es una dinámica recíproca de cuidados a la que hemos llegado con el tiempo. No es lo único que hacemos, pero sí lo más importante para mí de nuestro vínculo.

Leyendo entre líneas, añadí que los cuidados que me gusta recibir en el vínculo que tengo con ella son otros. Especifiqué los mensajes con cumplidos o preguntando cómo fue mi semana, los besos y los abrazos. Por esto de que el amor es reciprocidad, no altruismo, le pregunté qué cuidados deseaba ella en una relación.

Le conté a M que, tras varios años de anarquía relacional, no encuentro ninguna relación (ni siquiera con mi madre) que se enmarque estrictamente en las cajitas de familia, amistad o pareja como nos dicta la sociedad que debemos separar nuestros afectos. ¿Cuáles más, sino, hay? Pocas palabras adicionales tenemos. Queerplatonic, follamigx... Ahora, todos mis vínculos íntimos están compuestos por elementos mezclados de varios tipos. Podría intentar desgranar, como hicieron los griegos, cuánto de ágape, eros, philia, storge o xenia compone cada uno de mis afectos. Pero no lo necesito. Sé que son -como dice mi profe- cuerdas con hilos de varios colores las que nos unen, cada cual con más hilos de algún tipo.

Entonces, me dijo algo que me sorprendió. Por esto del efecto burbuja de pasar mucho tiempo en comunidades inclusivas donde nadie nos cuestiona. Es fatal. M me contó que alguien le había espetado: "Yo no podría estar en una relación que no sé a dónde va".

Reafirmé, leyendo entre líneas una vez más, que mi deseo era continuar viéndonos. Pero me quedé pensando.

¿Hacia dónde puede ir o va una relación, de la orientación relacional que sea?

Claramente, hablamos de la escalera relacional. Tenemos una imagen mental de cómo es nuestra relación de pareja ideal y cuales son los pasos para llegar a ella. El orden da igual y hay variaciones culturales o contextuales miles. Va de cómo llegamos desde que nos conocemos hasta conformar una entidad sexo-afectiva socialmente reconocida y con caracter reproductor. Y despues, ¿qué? ¿Hasta el primer conflicto irreconciliable? ¿Hasta que la muerte nos separe? Lo que yo no podría es perpetuar el mismo ciclo de creación y destrucción de parejas las veces que sea necesario hasta encontrar "la verdadera". Porque no creo que exista.

Esta idea de que las relaciones deben ir hacia adelante -en una serie de hitos imaginarios- me parece muy capitalista. Parte de una lógica de considerar positivo solamente el crecimiento, el avance o el progreso continuo. Asume que está bien solamente aquello que va progresando hacia un incremento (de cuidados, compromisos o tiempo compartido).
También creo que el énfasis en construir algo es muy reproductivo. No todas las relaciones necesitan ese componente.

Obligamos a los amores y a los proyectos a asumir esta lógica linear. Y yo me di cuenta que estoy muy contenta en lo estático, lo circular o lo espiral. Las relaciones lineares tienen un principio y un final. Así sea el fin último, la muerte juntxs para siempre, se asume que desenlazarán. La idea de querer saber a dónde va tampoco da lugar para la incertidumbre intrínseca. Por más que yo desee que algo permanezca, continue, cambie o crezca, dos personas conforman una relación.

Para mí, la anarquía relacional ha abierto las posibilidades a salir de este esquema obligatorio. He tenido relaciones que subían por la escalera y todos sus hitos normativos de pareja pero, al acabarse el deseo de cohabitar de una de las partes, hemos dado un salto atrás y nos encontramos ahora estáticos en una dinámica que mantiene componentes platónicos y eróticos pero no va a avanzar más. Vínculos que deseo fuertemente de forma erótica se encuentran demasiado lejos para tocarnos, llevando a transformar nuestra intimidad de formas más platónicas y a construir mucho más nuestra relación emocional. Amores con quienes no quiero tener contacto físico alguno me hacen sentir profundamente enamorada, con ganas de cohabitar y planear futuros conjuntos.

Además, estoy dispuesta y sé que todo esto puede cambiar. Porque cada vez que dibujo nuevamente mi constelación hay en ella personas distintas. Admito que la gente que quiero se aleja continuamente, se ocupa, decide ir por un camino diferente. Como J me dijo durante un duro duelo que no lograba entender, porque ella no me había avisado ni explicado nada sobre su ausencia, lo único que puedo hacer es decidir si quiero continuar con la relación en caso que esa persona elija volver a aparecer en mi vida. Y, si es así, darle la bienvenida cuando lo haga. Agradeciendo contar otra vez con su presencia.

21 de enero de 2020

Poliamor, ¿amor altruista o egoísta?

Estoy leyendo el artículo de Wikipedia sobre amor y me sorprende la claridad de la propuesta ética respecto a los dos tipos de amor posible bajo los cuales se agruparían todos los demás.

Al contrario que el artículo en inglés, antes de adentrarse en las diferentes versiones biopsicosociales y religiosas de este macro-concepto, el texto propone que todas las definiciones del amor caben en una u otra de dos interpretaciones: el amor altruista, compasivo y cooperante; o el amor egoísta, competitivo, rival e individual. Una y otra idea están, a su vez, ligadas a conceptos espirituales o materiales respectivamente.

A medida que leo ejemplos de ambas propuestas, me pregunto lo obvio. El poliamor... ¿Propone un amor altruista o egoista?

Algo curioso en el poliamor es que, por más que nos dedicamos a filosofar sobre la forma de vincularnos afectivamente, el amor es un tema ampliamente evitado. Hablamos de acuerdos, de límites, de necesidades, de responsabilidad, se nos llena la boca insistiendo en la importancia de la comunicación y nos atrevemos hasta con los celos. Pero nadie se mete con el amor. Nos limitamos a criticar los mitos románticos, pese a que los reproducimos continuamente en nuestras relaciones.

Vagalume tuiteó esto, dando en el quid de la cuestión:

Me acabo de topar con una reflexión de Roma de las Heras que me ha fascinado:

El apoyo mutuo se basa en la reciprocidad, no en el altruismo.

**el altruismo es un valor de clase, es altruista quien puede. Ser altruista se sostiene sobre tener las necesidades cubiertas, y la reciprocidad sobre el reconocimiento de esas necesidades y la interdependencia para cubrirlas.


Pienso en todas las veces que he leído o escuchado a gente de la comunidad hablar sobre un amor altruista, que no espera nada a cambio de lo que da. En las bondades de tener una disposición de abundancia -frente a una mentalidad de escasez- al amar. Todo muy bien traido con esa siempre presente ética New Age.

Y encuentro una pista que me gusta.
Tú puedes creer lo que quieras sobre el amor.
Pero yo te digo que el amor es recíproco y consciente de las necesidades mutuas. No altruista. Y menos a costa del bienestar propio. Está en la mitad entre lo material y lo espiritual. Cuidadoso sin dejar de ser egoísta.