13 de mayo de 2018

ABUSO

El abuso tiene formas peculiares de colarse en la mente y transformar para siempre los sistemas de confianza interpersonal que posees.

Quien antes era un ser cándide e inocente seguramente se volverá una persona bastante inclinada a la sospecha después de sufrir algún caso grave de acoso. Especialmente si proviene de una figura en el rol de vínculo afectivo. Ya que es complicado desligar la idea (miedo) de volver a vulnerabilizarse ante alguien que pueda usar el conocimiento que voluntariamente otorgas sobre tu intimidad para ejercer poder sobre ti.

La violación del pacto implícito de respeto, responsabilidad y cuidados que se crea tras abrirse emocionalmente a una persona quien posteriormente emplea ese lugar de privilegio para controlarte genera tal contradicción que es difícil sacudir en futuras relaciones la inseguridad y sospecha al mínimo gesto de posesividad, malos tratos, o abuso.

Esto, desde un punto de vista meramente auto-cuidadoso, podría ser una buena técnica. Si bien es útil estar alerta del más mínimo movimiento que pueda poner en peligro la integridad, autonomía y soberanía propias.

Sin embargo, el abuso tiene una peculiaridad. Y es que rara vez comienza de golpe (o a golpes). Por lo general, al principio no es más que una intuición similar a: «Siento que me están ocultando información» o «Estos datos no me cuadran» o «Eso que ha dicho estoy casi segura que no es verdad» o «Esa petición me aísla de información o de un contexto valioso, aunque no infrinja mi libertad directamente».

Y claro, en el momento que empiezan las dudas y la inseguridad, más en una misma que en la relación o en la persona, es donde se voltean las tornas de poder. Es en ese espacio, en la duda, donde el abusador puede implantar las creencias que le convienen para ir poco a poco ganando terreno.

Me ha pasado.
No me va a volver a pasar.

ANONIMATO MIGRATORIO

Vivir a medias
Aquí y allí
Siempre extrañando
El trozo de mí
Que dejé en ti.

Vivir por partes
Allá y acá
Dejando pedazos de personalidad
En cada ciudad.

Vivir recogida
Sólo en los recuerdos
O en cuentos
Hilados por momentos.

Vivir, al fin
En palabras
Dichas y escuchadas
Una madrugada.

10 de abril de 2018

A quien me quiera

Primero, ponerme algo que grite dolor. Solo con música podré escribir esto.
Llevo algún tiempo enganchada a las palabras cursis del "Peores Cosas Pasan en el Mar" de The Secret Society. Lo sé, es mierda indie. Me da igual.

Está sonando una antología de Andrés Segovia, porque al final he pensado que lo que voy a escribir merecía algo menos pasajero.

A quien me quiera, quiero decir que lo siento. Que muero o mato por dentro.
A quien me quiera, dedico esto.

Somatizar, patologizar, normalizar, cosificar, instrumentalizar, utilizar, abusar.

Amar.

No entiendo por qué medios, ni si quiera estoy segura que importen, me convertí en lo que soy. No sé y me da igual si le pasa a otras personas. Sólo entiendo el dolor que me produce el aislamiento percibido. Que por causa de mi desconfianza y miedo, en lugar de tender puentes hacia los lugares aparentemente seguros; construyo muros. Fuertes.

Entre ellos, el dolor no desaparece. Pero al menos sí el miedo. Y me creo poderosa, independiente. Ya ni soy dueña de las piedras, que se catapultan solas contra quien se atreva a acercarse un poco más. Las veo volar, me siento incómoda. Encerrada en la torre. Deseando rendirme a la vez que preparo el aceite hirviendo. Pienso en tirarme sabiendo que nunca lo haré y me odio por ello. 

Desconceptualizo las emociones para tener una excusa racional a mi frialdad. Pero ni yo me lo creo.

A quien me quiera, sigue intentándolo. En algún momento el muro cede. O eso espero.

4 de abril de 2018

Guapa

El asco que me da que un viejo me diga «guapa» por la calle mientras invade mi espacio personal es inversamente proporcional a mi capacidad de intimar emocionalmente con hombres cisgénero heteronormados.

Con cada violencia adicional, se acumula la desconfianza. La desgana, el miedo o el desinterés incrementan a medida que el patriarcado me somete una y otra vez a sus opresiones sistémicas ejercidas mediante bocas desdentadas, desde cuerpos ajados y con peste a vicio.

No es, aunque lo parezca, la envoltura lo importante. Sino la determinación que los años otorgan a estas gentes lo que resulta insoportable. Esa brecha generacional lava su conciencia, permitiéndoles ser, si cabe, más coercitivos.

En entornos seguros, respondo al señor incómodo que dice «niña bonita» un brusco: «señor feo». Pero no siempre se puede arriesgar. Y callar a veces quema. En el orgullo, en la autonomía, en la identidad.

MUERTE AL VIEJO VERDE.

3 de abril de 2018

Entre el deseo y la necesidad

Hay una brecha abismal entre la necesidad de experimentar satisfacción sexual y el deseo de poseer un capital sexual que conlleva inevitablemente a la obtención de una cierta cantidad de poder social.

La primera, totalmente válida, es una necesidad que se puede auto-satisfacer sencillamente con la frecuencia requerida. Sin prejuicio a la salud por ser meramente recreada de forma autónoma.

En cambio, el deseo de ejercitar la satisfacción de esa misma necesidad de forma social, copular, entre dos o más personas, incluye una fuerte carga cultural. Adiciona varios refuerzos que se han positivado a través de muchas fuentes distintas y a la larga se resumen en: la persona que logra consumar es mejor que aquella que no.

(Si no me crees, piénsalo desde el punto de vista evolutivo. Jodidamente simple).

Esas personas con la capacidad de interesar para el ejercicio de actividades sexuales al mayor número de personas son quienes poseen las cualidades que normativamente se consideran atractivas. Por ello, lograr consumar implica un aprobado en el sistema como persona válida según los cánones establecidos de belleza, inteligencia, habilidades sociales, neuro-capacidad, estatus quo, sentido de la moda, etc.

El conflicto -disonancia, surge cuando tú, alma en proceso de [de]construcción, vas y echas un polvo, ¿cómo te afecta? ¿Te valida? Seguramente. ¿Cómo disfrutas de un proceso inherentemente -físicamente- placentero sin caer en las garras del vacuo credencial que te aporta haber ganado puntos como persona socialmente validable?

Eso, sin empezar a hablar siquiera del meollo emocional.

Edit:
Tras una breve pero intensa charla con mi dios particular -ese gurú/terapeuta CBT/amor que todas deberían tener- incluyo algunas conclusiones más.

1. El deseo no es malo per se. Se puede desear sin necesitar.
Aunque esto parezca una obviedad, ojo a la lógica formal de la frase. Un deseo es más que una necesidad. Por tanto, los deseos no solo se quieren sino que se construyen como falsas necesidades. El detalle para desvincular el "daño" de un deseo sería, por tanto, reconocer que es algo que no necesitamos. "Me hace sentir mejor pero no necesito sentirme mejor".

2. Aceptar todos los deseos como igual de válidos. No es superior el deseo de destacar académica/laboralmente al deseo de comer algo delicioso o de recibir placer sexual. Todo deseo proviene del mismo lugar. Controlarlo, reprimirlo, negarlo genera frustración y ansiedad. 

3. [La ilusión de] control no es inherentemente mejor al logro responsable del deseo.