11 de abril de 2019

Gracias por volver

A lo largo de los años, muchas personas en mi vida se han distanciado por diversas razones.

Trabajo, relaciones, conflictos que parecían imposibles de resolver... Cosa que me entristece profundamente porque he crecido escuchando que «todo tiene solución, menos la muerte».

Las que más o las que menos, todavía extraño a cada una de ellas.

Llorándole intimidades a un extraño, con quien me unen apenas unos granos de polvo que tienen la curiosa capacidad de exfoliar todas las capas sobrantes, escuché que en estos casos lo mejor es esperar con el corazón abierto.

No hay garantía de que una persona vuelva o no. Sin embargo es más fácil reconectar en el momento que decida hacerlo si le recibes con afecto en lugar de rencor.

No era el mensaje que esperaba, buscando solidaridad para mi duelo en el abandono.

Pero en la práctica me ha servido para sufrir menos.

Algunas personas han vuelto recientemente, y no puedo decir más que GRACIAS.

5 de abril de 2019

Ambiciosa

Hace un par de días, alguien me dijo que «me estaba volviendo ambiciosa».


La situación: me encontraba entre dos personas queridas, deseadas. Expresaba mis afectos hacia ambas mediante el contacto físico -abrazos, besos-. Si una de ellas se distanciaba u ocupaba, yo buscaba el acercamiento a la otra. Aproveché la compañía y cercanía con ambas para cubrir mis necesidades de manera continua.


La misma persona hizo otros comentarios, bromeando sobre lo mucho que se notaba mi estado de limerencia (enamoramiento para los mortales).


Por un momento llegué a sentirme culpable de expresar tan abiertamente mi deseo. Pero he desestimado la culpa como una emoción verdadera -me parece más bien la moralización o interpretación a través de juicios de valor de otras emociones-. Así que aquí me hallo, con intención de gestionar de manera colectiva algo que me parece interesante desgranar.


Creo que es una costumbre patriarcal bien jodida mirar a una mujer que expresa libre y abiertamente sus deseos erótico-afectivos y creerse con derecho a ridiculizarlos.
Me parece, además, que ridiculizar muestras de afecto de esta forma nace seguramente de una teoría de la escasez.

Si ser ambiciosa es querer cubrir todas mis necesidades. Lo soy.
Si ser ambiciosa es querer satisfacer mis deseos. Lo soy.
Si ser ambiciosa es expresar mi afecto abiertamente. Lo soy.
No tengo miedo a que se me gasten los besos. Ni el amor.

¿Y tú?

20 de febrero de 2019

Responsabilidad Activista


Esta semana han llegado a mí un montón de situaciones que me han hecho pensar cuál es el lugar de la responsabilidad en el activismo.

Y, como en mi vida personal todo va tan putamente bien que no tengo inspiración para los escritos, voy a reflexionar un poco sobre este tema. 

El activismo es curioso, porque se trata en su esencia de posicionarse frente al otre como el superior moral; casi siempre además pretendiendo no serlo, predicando tolerancia o suponiendo emplear medidas menos violentas que el otre para avanzar terreno.

De esta esencia del activismo, como acción que se posiciona en contra del otre u otres, surgen muchas oportunidades para ser responsable. O, en su defecto, irresponsable y descuidade.

No quisiera entrar aquí a debatir si el activismo es o no una acción de posicionamiento moral contra otras opiniones que se perciben como alteridades. La observación participante en cualquier grupo activista al azar (vegano, feminista, fascista, etc.) muestra con claridad la formación de identidades estratégicas en sus integrantes, ejercitadas con más fuerza cuanto más intensa la oposición.

El primer espacio de responsabilidad en el activismo es precisamente en el enfrentamiento ante la disidencia. Este punto no me interesa tanto, porque allá cada cual con su doble moral. No se puede "luchar por la paz". En este sentido, es interesante mantener los argumentos lógicos, formales y lejos de los ataques personales. 
Sirve tanto para pelear contra el otre normativo (carnívores para une vegane, machirulos para una feminista), como para argumentar contra el otre activista. Porque aquí no se salva nadie de ser visto como el enemigue. Cada vez más, los activismos se atomizan subestimando el valor de un frente unido. Imaginando opresiones por parte de quienes deberían ser aliades y obviando el problema de raíz.
No quiero decir con esto que no haya, por ejemplo, feminismos racistas, clasistas o tránsfobos. Claramente los hay. Simplemente me parece que enfocarse en luchar contra las mujeres que comparten una gran parte de su opresión contigo porque no se han deconstruido del todo ignora al otro que nos arrodilla a todas a la vez. Y así sucesivamente.

El segundo espacio de responsabilidad que se me ocurre es dentro del propio activismo. Este tiene más leña que cortar.
Cuando yo hablo de responsabilidad -una palabra decididamente ambigua- me gusta hacerme las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuáles son los límites? ¿Quién ejerce los cuidados? ¿Qué expectativas hay? Esto es porque para mí, la responsabilidad pasa por reconocer mis necesidades y mis límites, honrar los de otres y cubrirlas en la medida de las expectativas que he generado.

Emplearé Poliamor Bogotá de ejemplo, por tener la información más a mano. Pero todas sabemos de qué pie cojea esta mesa.

Así, si en Poliamor Bogotá yo ofrezco un espacio inclusivo y libre de prejuicios, estoy creando una expectativa de cubrir ciertas necesidades muy concretas. Mi responsabilidad recae en reconocer los límites de la organización para ofrecer dicha inclusión y ausencia de prejuicios. Porque, claramente, no somos omnipresentes ni todopoderoses. Aunque lo hagamos muy requetebien.

Esta responsabilidad dentro del activismo va más allá, creo yo. Una vez que reconozco los límites de la entidad activista, debo aceptar la autonomía de la responsabilidad individual. Sea de les integrantes (portavoces y representantes), o de les participantes en el lado receptivo del asunto.

Entonces, supongamos que cuento con individues desjuiciados -qué bonita palabra, eh- que se niegan a avanzar por el debido proceso de deconstrucción que obliga el sagrado poliamor. Y, en ese andar, llegan a nuestro taller desoyendo las normas que explicitamos por escrito y verbalmente con anterioridad en contra del machismo y otras formas de discriminación. Digamos que una de estas personas suelta, finalmente, algún improperio ofensivo en una mesa delante de varias personas. Otra vez: ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuáles son los límites? ¿Quién ejerce los cuidados? ¿Qué expectativas hay?
La necesidad será muy diferente dependiendo de los límites de cada persona en la mesa. Para algunes, simplemente continuar el taller; para otres será importante una llamada de atención o incluso el veto del ofensor en participaciones futuras. Quién ejerce los cuidados es clave aquí. Si la expectativa es un espacio inclusivo y libre de prejuicios, pensemos quién conforma y crea este espacio. Existe colectivamente, gracias a la participación activa de todes. No habría Poliamor Bogotá sin moderadores, pero tampoco sin participantes. Diferir la responsabilidad de cuidados jerárquicamente en dirección a unas pocas personas, sean moderadores, organizadores, o similar figuras de poder, solamente logra el efecto de disuadir al participante de su papel fundamental en salvaguardar las condiciones para cubrir sus propias necesidades. Es lo que ocurre en los Estados. La responsabilidad del activismo es recordar continuamente que los espacios son de creación colectiva. Teniendo en cuenta que soy yo quien determina, en última instancia, lo que significa inclusivo o libre de prejuicios para mí. Y que solo yo puedo saber mis límites respecto a cuándo se cruza definitivamente la linea de mi necesidad al respecto, por tanto es mi responsabilidad individual alzar la voz si quiero más inclusión o menos juicios de valor.

La responsabilidad colectiva -y organizativa- reside en hacer esta tarea lo más sencilla posible. Reforzando positivamente al individuo cuando lo hace y brindando las herramientas (rutas de acción, guías de comportamiento, etc.) con el fin de que no sea una opción capacitista.

En tercer y último lugar, la responsabilidad individual en el activismo se puede ampliar aún más.

Una de las formas que me parece importante destacar es la atención a los referentes de autoridad que creamos cuando somos ejemplo de visibilidad. A veces, parece que se nos olvida que cada una de las personas al frente de una organización, colective, página o comosellame activista representa el modelo a seguir de ese paradigma para muchísima gente -a veces miles de personas-. Gente que cuentan con menos privilegios, por vivir en una ruralidad sin acceso a eventos, por tener una familia que les discrimina... Y ven a quienes se suben a los podios del poliamor como ejemplos a seguir. Podemos repetir mil y una veces que "somos aprendices, que en esto no hay expertes, que cada camino es único". Y aun así graban a fuego cada una de las palabras que oyen. Por eso, creo que la responsabilidad individual en el activismo empieza por la humildad.

Desde aquí, mi sugerencia a quienes nos encontramos -buscándolo o no- en posiciones referentes es formarnos de manera continua. Pues si la necesidad de la comunidad es contar con figuras como modelo, creo que nuestra responsabilidad individual pasa por ofrecer información clara y veraz que contribuya a solucionar las dudas de quienes las tengan. Más de un caso hay por ahí de personas muy visibles que añaden confusión desde sus respectivos podios, enmarañando terminologías o mezclando ideas sensatas con jerigonza.

La responsabilidad individual ha de nacer también de quienes visitan los espacios de activismo. Porque es muy fácil reclamar un estándar de calidad a la organización activista que frecuento una vez al año o conozco a través de las redes sociales, pero ya cuesta un poco más poner horas de mi tiempo y energía voluntaria y gratuitamente en hacer reales todas esas magníficas ideas que tengo. La responsabilidad participante empieza por reconocer que mi necesidad en un espacio colectivo, más allá de los compromisos previamente comentados, también la puedo expresar y movilizar yo.
Empleando el ejemplo anterior, una medida generalizada de veto o sanción por parte del moderador hacia quien realiza el comentario machista no sería tan útil para cubrir las necesidades individuales como si la persona con el límite más bajo expresa su necesidad y sugiere una ruta de acción acordada por todes.

Así, reconozco conscientemente los límites que tiene la organización y las personas que la conforman. Cerrando el ciclo de cuidados.

22 de enero de 2019

Tiempo

Mientras escucho una de mis favoritas del único e inigualable Rey del Olimpo musical, pienso en el inmenso reto que ha supuesto Chrono, la serpiente de tres cabezas -pasado, presente y futuro- en mis relaciones.

Estoy leyendo que su compañera en la mitología griega era una tal Ananké, «personificación de la inevitabilidad, la necesidad, la compulsión y la ineludibilidad». Y me da lástima que hayamos perdido la capacidad de explicar con metáforas nuestro mundo. Pero esa es otra historia. Ó, te echo de menos.

Las relaciones, vínculos interpersonales -sexoafectivos, amistosos, familiares, laborales-, se dan en los espacios. Y también se dan en el tiempo. No quiero ponerme muy metafísica aquí, y como Wuwei ya ha cubierto a las mil maravillas la importancia del contexto relacional en lo que al espacio se refiere, voy a escribir un poco sobre lo que pienso alrededor del tiempo y su efecto contextual en las relaciones. Desde el único y humilde lugar que puedo, mi experiencia. A ver qué sale.

El pasado, o nuestro recuerdo de él, construye toda relación con los aprendizajes y costumbres adquiridas. Desde peques, nos han reforzado ciertas respuestas positivamente y cohibido otras. Para cada quién serán unas, aunque existen generalidades como la negación a las personas leídas como hombres de que expresen emociones o a las personas leídas como mujeres de que expresen su deseo sexual. Además, nos pueden pesar infinidad de experiencias individuales que afectan a nuestra capacidad de compartir necesidades y sentimientos, confiar o intimar físicamente.

Luego está el efecto de la repetición y costumbre. Si siempre hemos reaccionado igual ante el mismo estímulo, el simple hecho de saber que existe una alternativa no será suficiente para actuar distinto cuando nos volvamos a encontrar en una situación similar. Es común, por ejemplo, que el conflicto sea detonante de gritos o llanto aprendidos desde la infancia como mecanismo de defensa; en lugar de emplear maneras más eficaces de resolución.

El futuro es el hogar de todas nuestras expectativas y ansiedades. Ambas muy seguramente vinculadas a los aprendizajes del pasado. Si es frecuente que me sienta decepcionada porque una persona que quiero cancela sus citas conmigo en el último momento, es posible que cuando quedemos sienta ansiedad respecto a una posible cancelación. No hay misterio.
Esta claro que no siempre es una causa-efecto tan unidireccionalmente ligada a la persona con quien tengo una relación presente. Pero si soy alguien con un tipo de apego hostil que me mantiene en constante alerta de ser abandonada, pues oye, no es por arte de birlibirloque. Desilusión pasada igual a ansiedad futura.

Las expectativas tienen además la carga sociocultural del entorno en que nos encontremos. Esto sí se puede ir rediseñando de forma interesante con el tiempo. Y, sobre todo, podemos dejar de proyectar nuestras expectativas sobre las personas con quienes nos relacionamos, a menos que existan acuerdos explícitos que las avalen.
Lo que no quita que sea un trabajo del copón.

El presente es el momento más interesante de todos. Porque es el espacio donde se da verdaderamente la relación. Y, por tanto, donde surgen los conflictos propios de ella.

Mi relación con la persona X no está en los recuerdos de los momentos que hemos pasado. Sean agradables o desagradables. Imagino que muches querrán debatir este punto. Pero para mí, dar entidad a la relación a partir de "lo vivido" me parece una pescadilla que se muerde la cola. Habría que estar evaluando eternamente cada nueva experiencia contra el global acumulado para cotejar si "es" o "no es" relación efectivamente.

Es, en cambio, en cada encuentro nuevo y único donde se forja el espacio de la relación. Independiente a lo anterior, que forma ya parte del mentado pasado. En estos encuentros se pueden dar varios líos por cuestión del contexto temporal. Voy a intentar nombrarlos, a saber:
  • Ritmos. Las diferencias de ritmos son del tipo: "yo en la primera cita ya estoy lista para tener intimidad física, pero necesito un par de años para mostrarte el interior de mi corazoncito" y a ti te pasa al revés, figúrate el follón. Échale encima impaciencia, guiones sociales y expectativas preestablecidas, dificultad para expresar emociones y... ¡Tienes drama para días!
  • Valores. Tanto en cuanto al valor que se da al tiempo en conjunto (o por separado) como lo que el tiempo debe incluir para ser valorado puede ser diferente para cada persona. Quiero salirme de los casos parejocentristas así que, por ejemplo, imaginemos que mi hermana considera super valioso dedicarme cinco minutos de su día para escribir un WhatsApp; tiene montañas de curro y eso para ella es amor del bueno. Sin embargo, aunque aprecio su gesto, yo doy valor al tiempo relacional a partir de la llamada de tres horas y prefiero realmente el cara a cara. No estoy desestimando su mensaje, ni dudo que ella quiera verme también, simplemente en mi marco de referencia su gesto es menos valioso que en el suyo.
    Ningún marco referencial es más válido que otro. Y las emociones que se generan dentro del contexto son reales para ambas. Ella está verdaderamente mostrando amor haciendo un gran esfuerzo, yo estoy ciertamente careciendo de la cantidad de tiempo que deseo. Mierda.

    El valor que damos a una misma cantidad de tiempo también será diferente al percibir de forma distinta las cosas que se realizan durante ese tiempo. Un ejemplo muy sencillo es cuando una persona con ansiedad social comparte tiempo con alguien neurotípico en un entorno público. Comprensiblemente, la calidad de ese tiempo no será igual para quien tiene que estar gestionando su ansiedad en lugar de disfrutar plenamente del tiempo en conjunto; como sí lo haría en caso de estar a solas con esa persona. El ejemplo sirve a la inversa, y alguien muy extrovertide valorará mucho más tiempo social que a solas con las personas queridas.
    De nuevo, no hay una posición correcta o incorrecta porque la diferencia es puramente subjetiva.

    En ambos casos, tratar de imponer nuestra versión como la mejor sería grosero y probablemente fuente de conflicto.
  • Necesidades. En relación a lo anterior están las necesidades de cada quien. Esto me pasa con mi madre. Ella necesita cada día un espacio en conjunto. Cada día. Yo estoy bien con uno a la semana. Compaginar esto es cuestión de comunicación, comprensión, paciencia, cariño y compromiso.
  • Compatibilidad. Epítome del poliamor: "el amor es infinito, pero el tiempo no". Pues eso, que hay que dormir, comer, cagar, trabajar y follar. La vida no da para más. Google Calendars ayuda pero no hace magia. Y al final compaginar ritmos, valores y necesidades diferentes en 24 horas al días se vuelve un caos.
No se puede luchar contra el tiempo, es ineludible. Tampoco he dado soluciones para todo, porque no las tengo. Pero creo que explicitar las cosas es un principio. Ahí queda.

28 de diciembre de 2018

La vida social de una ex-adicta

Esta entrada está dedicada a mi amiga J, de las pocas que tengo, por insistirme una noche de borrachera en que yo tenía una visión privilegiada del asunto y debía escribir.

La primera vez que probé una cerveza tendría cosa de 4 años y medio. Los españoles somos así. Mi padre estaba tomando una sin alcohol y me dieron un poco. Sabía a rayos.

Con doce años, ya era habitual que mi madre me dejase tomar Martini (el vermouth blanco) durante algunos aperitivos de sábado "especiales". Si salíamos fuera de casa o similar.

En mi 14 cumpleaños, uno de los regalos fue una botella de vodka Absolut. Por esa época, me encantaban las revistas de moda y lo que ahora se llama hacer scrap-booking con ellas en mis agendas escolares. Estaban plagadas de anuncios muy llamativos en los que distintos objetos simulaban la mítica forma de la botella. Yo los coleccionaba.
Ese día, mi amiga L y yo nos tomamos un copazo de vodka con limón en casa y salimos por primera vez a una discoteca. También fue la primera vez que me "enrollé" con un chico siendo consciente de mi deseo -y el suyo- para iniciar la acción.

La fiesta de Navidad del año 2005, con 15 años, fue mi primera tajada seria. El primer whisky J&B con Coca-Cola fue intencional. El segundo también. El tercero que nos sirvió el rubio de la clase a mi amiga E y a mí, más cargado que el camello de los reyes magos, fue por la inercia de la embriaguez y nos tumbó a las dos en un suelo pringoso de las pisadas y bebidas de otra gente.
El rubio tuvo que llevarme hasta el coche de mi madre porque no me tenía en pie. Nadie dijo nunca nada.

A partir de ahí, suma y sigue.

El 2 de abril de 2014 dejé de beber. Era cuestión de vida o muerte. Y la mejor decisión que he tomado en mi vida, seguramente.

Lo que no te cuentan en la clínica es que no solo dejas las drogas, sino también a la gente que las toma. 


El alcohol -y otras drogas, pero principalmente el alcohol- está sobrevalorado y, peor aún, legitimado como mecanismo de lubricación para la interacción social. Los entornos en los cuales se consume se consideran los más aptos para conocer, entablar, fortalecer e intercambiar vínculos.


La decisión de alejarme del alcohol, y por consiguiente de la tentación que implica frecuentar espacios de alto consumo, ha supuesto un reto inmenso en el mantenimiento de antiguas relaciones y creación de otras nuevas.

Mi amigo D, amante de la farra de miércoles a sábado, incapaz de pensar la socialización fuera del marco de «al menos unas cervezas» es alguien a quien hace ya un par de años que no veo. La familia, en su mayoría poli-toxicómanos sin remedio, no encontraron forma de adaptar «¿nos tomamos un café?» a su manera de interactuar.
Más allá de mi antigua red afectiva, por obvias razones similares a mí en su "afecto" por los psicoactivos, hay dilema a la hora de generar nuevos lazos. Sexo-afectivos o amistosos.

Piensa, ¿dónde has conocido a tu último ligue (en Colombia: levante)? ¿La última amistad nueva que has hecho, bebiste alcohol?

Clases de acro-yoga, paseos guiados por el monte, activismo social... Formas hay de conocer gente nueva. ¿Planes absemios? Cientos. Museos, charlas, viajes de un día, ¡todo lo anterior! Y si ya controlas, puedes ir a los mismos sitios que la gente que bebe: conciertos, farras, etc.

El reto: Ver cómo todo el mundo a tu alrededor empieza a dar bastante asco, a decir cosas estúpidas y sin sentido. En realidad, lo jodido de socializar sobria en lugares llenos de borrachos es que todes parecen demasiado gilipollas como para interesarte. Y lo difícil de hacer amigxs en un espacio sobrio es que simplemente no tenemos el guión social para hacerlo, porque hemos supeditado al alcohol nuestra capacidad de interactuar. Entonces, en el resto de contextos, estamos en pañales y sin saber muy bien cómo acercarnos a otros seres humanos cuando en realidad muchas veces basta con decir: «¡Hola!»