5 de noviembre de 2020

Fin de año, nuevo blog

Hace 4 años escribo desde esta cuenta. 

Ha sido un espacio para la catársis comunitaria, una necesidad que con frecuencia pasamos por alto obligando a la gente a cuidarse solita.

No ha sido un diario, como el título indica. Sino un reclamo constante frente a las opresiones que me atraviesan, narrado desde mi experiencia.

Aquí he intentado ordenar mis pensamientos y emociones sobre: género, sexualidad y relaciones no exclusivas.

Creo que, con el tiempo, he encontrado algunas respuestas y me llena de alegría saber que así ha sido también para otra gente. ¡Gracias por compartirme vuestro amorcito!

Voy a seguir escribiendo, aunque en estos meses ando escasa de ideas y con la mente nublada por la falta de estímulos a la que nos ha forzado esta pandemia.

Pero lo haré desde Medium. Encontré algunos rumores sobre el posible cierre de esta plataforma, al cual me quiero adelantar. También deseo hacer punto y aparte con lo que creo que ha sido una etapa en mi vida.

Me encuentran allá buscando, como siempre, @albacentauri.

24 de septiembre de 2020

El BDSM es político

Ayer publiqué una traducción resumida de la publicación de @karada_house sobre la conexión entre algunos comportamientos BDSM y su contexto sociopolítico. La publicación original fue tan controversial que sus oponentes la reportaron suficientes veces para lograr que Instagram la retirase de la cuenta berlinesa.

So You Say Your Kink Is Not Political
[Oprime aquí para ver el afiche completo]

Para mí, en cambio, verla fue una bocanada de aire fresco en un ambiente que huele a rancio de tanto que se repiten (como en todos los activismos) algunas consignas sin mente sobre su significado.

Si no es consensuado, es abuso.

No es abuso porque es consensuado.


La primera vez que fui a un evento bedesemero 
tenía 26 años y había practicado inconscientemente al menos desde los 18 actividades relacionadas con el masoquismo, la sumisión y la restricción de la respiración. Sin acuerdos ni contratos, con límites poco claros. Como imagino que inicia tanta otra gente, siendo el nuestro un entorno donde sólo existe UNA sexualidad válida, visible y posible. Estaba emocionada de haber encontrado un marco teórico para dar a mis deseos una base más segura de exploración. Aunque, también, bastante nerviosa por entrar en un mundillo que guarda con celo la puerta a su comunidad y los conocimientos que ésta ofrece.

Una amiga de la universidad me acompañó al Munch [tertulia kinky] en La Pastelería (mítico local de la escena madrileña). Allí, les novatxs fuimos el centro de atención en la agenda del día; costumbre kink que también cabe evaluar, esta idea de ir siempre a por la carne fresca. Querían resolver todas nuestras dudas con atención para mostrar que esto era un espacio de acogida. Decepcionamos, pues en cuanto a prácticas se refiere teníamos pocas inquietudes. Autodidactas ambas. Sólo una cuestión interesó a mi compañera, tras apreciar lo heteronormado y rígido de los roles que se performaban. Preguntó amable y cautelosamente: «¿Hay aquí alguna sumisa o dominante que se considere feminista? ¿Cómo compagináis el BDSM con esta postura?»

A lo que, la misma señora que nos había acogido como pupilas, nos respondió tajantemente y con dureza en la mirada: «aquí se viene a jugar y a disfrutar, no hablamos de política». Por educación, esperamos hasta el final de la reunión. Pero salimos decepcionadas del entorno y con pocas ganas de regresar otro día a la fiesta que nos habían invitado.

Han pasado 4 años desde entonces y, pese a que esta anécdota no es ni de cerca el único choque que he tenido con la mirada antigua y proteccionista de la comunidad, mis exploraciones del BDSM sólo se han profundizado. Desde la experiencia en relaciones íntimas y fiestas hasta talleres y cursos; sigo aprendiendo de esto porque es una parte integral de mi identidad que quiero entender. El olorcillo a macho no ha logrado espantar mis ganas de explorar, tan bien cubierto como está -quizá en teoría más que en práctica- tras una buena dosis de flexibilidad en los roles de género y la protesta de que «ya nos cuestionan bastante desde fuera como para abrir cajones de Pandora dentro».

La mirada sexológica me ha servido para no cuestionar por qué me gusta lo que me gusta y entender que los deseos -aunque estén fuera de la norma- no son patologías en sí mismos ni síntomas de ellas. Como dice Amezúa, confío en que hay más deseos cultivables que problemas tratables.


Sin embargo, hay una experiencia en mi vida 
que me puso a dudar de todo lo que sabía. Del poliamor, del feminismo, del BDSM y sobre mí misma. Una experiencia que creó en mí temores nunca antes sentidos. Una relación llena de manipulación y abuso emocional con la persona con quien más he compartido de mi erótica alternativa. Al terminar, una duda se repetía incesante en mi cabeza: «si yo hice todo con conocimiento, consintiendo, consensuando y hasta pidiendo más... ¿Por qué a ratos sentía un miedo que no había dado permiso para experimentar? ¿Por qué expresar mis límites ante esta incomodidad no interrumpía la dinámica?»

Pasé varios meses interiorizando la impotencia y la culpa que promueve el discurso oficial: «si consientes, apechuga con las consecuencias», oído incluso en los eventos diseñados por renombradxs activistas para atajar la crisis y el escándalo tras el destape de múltiples agresiones y transgresiones internas. Encontrando insuficiente el argumento para entender mi propia herida, he tenido que ir más allá del rechazo a cuestionar mi deseo. He leído argumentos contra el BDSM de feministas radicales con quienes no estaba de acuerdo. Al final, entendí que lo que faltaba era el contexto.

¿Podemos consensuar libremente siendo sujetxs de un sistema desigual?

Y, si no se puede, ¿acaso no merece la pena tener esto en cuenta para cultivar con pleno conocimiento nuestros deseos? 


Un ejemplo:

Mi espacio de exploración erótica favorita es el llamado Consensual Non Consent o Rape Play. No he ido tan lejos como para escenificarlo con extrañes; pero en la cama, resistirme es lo que me pone.

¿Es posible que acepte de manera informada entrar en estas dinámicas si no soy consciente de la cultura de violación que me rodea? ¿Puedo consentir a juegos de pelea para evitar que ser penetrada por la fuerza con hombres que crecen en un contexto donde se positiva y romantiza -desde Hollywood hasta el porno- quebrantar los límites de la sometida sin que ella quiera? ¿Puedo estar igual de segura que se respetarán mis límites y safe words en un país con 50 violaciones/día que en otro donde el acceso carnal violento es menos probable gracias a creencias y legislaciones disuasorias?

Yo creo en mi autonomía -aunque cuestione la libertad humana en general, gran tema para otro día. Y por ello pienso que puedo efectivamente tener agencia sobre mi deseo y sobre los actos que realizo para materializarlo. Sin embargo, estoy segura que para llegar a acuerdos prácticos con otra persona que comparte este inescapable contexto de desigualdades sistémicas (en cuanto a género, pero también clase, educación, capacidades o raza) es imprescindible informarme y pensar sobre ellas. Tener las desigualdades en cuenta a la hora de crear límites que me alerten cuando una persona en situación más privilegiada ejerce su poder para oprimirme, en vez de para buscar el objetivo común de satisfacernos. Y sé que había aspectos de la relación arriba descrita en donde mi consenso no era válido, porque estaba informado por una romantización del vínculo y una expectativa de equidad falsas.

Ahora bien,
si tener perspectiva de género al practicar BDSM me hace una paria de la comunidad, bienvenido sea. Esto hay que tenerlo en cuenta antes, durante y después de jugar.

Si tú prefieres no pensarlo porque te hace sentir incómoda, es tu riesgo asumido. Yo no compro un kink que acalle debates políticos como algo sensato, ni mucho menos seguro.

Si te parece que visibilizar a través de ejemplos de abuso la necesidad de politizar el BDSM sólo sirve para reforzar estigmas y nada más, lo siento. No estoy de acuerdo. Yo sé que mi discurso no patologiza ni moraliza la alteridad. Es la parte de la normatividad hegemónica que hay todavía enraizada en las prácticas lo que problematizo. Hay que mirar al monstruo de frente para abatirlo. 

Si esperabas que una publicación de Instagram te explicase todo esto, quizá es hora de reajustar tus expectativas. La publicación plantea de forma sencilla distintos panoramas en los cuales el BDSM puede ser político; para roles y juegos diversos. Yo aquí doy otro ejemplo. La tarea de profundizar en el debate es tuya, si quieres aceptarla y lo consideras relevante a tu práctica.

Y si pretendes que ceda ante presiones del tipo: «sabemos más que tú porque tenemos más experiencia y tienes que escuchar la voz de nuestra autoridad», no has entendido nada. Esta brat es difícil de domar. 

Besitos.

25 de agosto de 2020

¿Cuáles jerarquías?

Estaba en un directo el otro día, respondiendo la típica pregunta de: ¿es posible querer más a una persona que a otra en el poliamor? con una perorata sobre cómo no consideraríamos que se quiere "más" sino solamente distinto de no existir una jerarquía del amor erótico por encima del platónico cuando...

Y esas jerarquías, ¿cómo se desmontan? Preguntó alguien más.

Yo me puse a soltar el rollo habitual a propósito de la interseccionalidad, explicando que nadie tienen un dominio absoluto sobre el poder en la negociación de acuerdos. Entonces, es más una cuestión de tener conciencia respecto a cuándo podemos ejercer opresión y de la disposición a ceder espacios en esos momentos concretos. Hasta que me di cuenta que esa no era la duda en absoluto.


Había dos jerarquías. DOS. 

  • Por un lado, en esto de las relaciones no exclusivas / no monogamias consensuadas / poliamores amorlibrenses y quetales hablamos de la jerarquía del amor romántico, pareja, reproductivo, cishetero, monógamo y exclusivo por encima de otros afectos.
  • Por otro, en la anarquía relacional nos importa bastante el tema de las jerarquías socioeconómicas y culturales; raíz de desigualdad en razón de identidad de género, orientación sexual, clase, raza, religión, habilidades físicas y cognitivas y apariencia hegemónica.

Entonces pensé... ¿Hay una relación entre ambas? ¿Cómo es su dinámica? ¿Nos estamos liando al llamar a ambos fenómenos de la misma forma? ¿Se podrían llamar de otra forma?

Y nada, aquí estoy más para plantear las preguntas que las respuestas porque me sale humo por las orejas solo de intentarlo. 

Pero, por empezar por algún lado, creo que el discurso activista y los estudios de género han establecido de sobra la manera en cómo ser mujer nos hace más vulnerables a violencias cuando está el amor romántico por medio. Es precisamente en búsqueda de huir de ellas que existen cosas como la sororidad, el amor-camaraderia y el poliamor feminista. En fin, la diversificación de los afectos. Yo estoy aun aprendiendo sobre cómo incide la raza, la religión o la clase -por ejemplo- en acabar reproduciendo esquemas relacionales donde se priorice una relación monógama, cishetero y reproductiva. Y si eso trae beneficios o pérdidas para estos conjuntos de personas.

Pero, ¿y al revés? ¿Qué papel tiene la mono-norma en que reproduzcamos roles desiguales en nuestro contexto? Mari Luz Esteban da algunas luces en cuanto al género. Emparejarnos, seducir hombres que quieren estar solteros y cuidarles como amantísimas esposas nos lleva a ser más mujer de acuerdo a los estereotipos que preservan la inequidad. ¿Es posible que la monogamia influya en factores como la raza o la clase?

En fin. Hasta aquí llego por hoy con este trabalenguas. Contadme si encontráis formas mejores de enunciar estos dos fenómenos distintos pero conectados.

21 de mayo de 2020

No puedes elegir la anarquía relacional tú sola

Una gran amiga, mi única confidente en el complejo tiempo que pasé en Quibdó, me preguntó el otro día algo que para mí estaba resuelto hace tiempo. Caí en cuenta que no es un mensaje presente de forma obvia en lo que contamos habitualmente sobre las no-monogamias consensuadas en los espacios de divulgación, de ahí la duda y la necesidad de escribir esto.

La cuestión era la siguiente: ¿cómo puedo yo relacionarme de acuerdo a mi orientación relacional si es diferente a la de la gente que me rodea?

Con esa inquietud, mi amiga le asestó un golpe mortal a uno de los presupuestos más grandes de toda la teoría poliamorosa. Que la red afectiva está ya ahí. Omnipresente. Con los mismos deseos y expectativas que tú. Y el único trabajo que nos queda es gestionarla.


Le respondí que, en resumen, no puede. Uno de los mayores retos de la anarquía relacional, en este caso la orientación con que ambas nos identificamos, es cómo el entorno se configura una y otra vez para encasillarnos en las etiquetas prescriptivas de las relaciones afectivas. Si bien intentamos reiteradamente construir vínculos eróticos y platónicos que no escalen los hitos tradicionales, ni quepan en categorías concretas o queden en jerarquías; finalmente nuestros esfuerzos son anulados por la mirada externa. Al instante que alguien nos nombra solteras, casadas, novias de, sólo amigas, etc., se invisibiliza cualquier ejercicio contra-normativo que estamos poniendo en práctica. Queda en una burbuja, real exclusivamente para quienes estamos dentro de ella.

A veces, esta burbuja es suficiente... Si tenemos la suerte de movernos socialmente casi sólo dentro de ella. Quizá nos conformamos con saber que nos reconocen en los espacios importantes para nosotres. Pero la mayoría de nosotres interactuamos con contextos normativos (ya sea el trabajo, la familia, amistades "de antes" o círculos de intereses compartidos al margen de lo cuir).

Además, estos juicios de valor respecto a nuestras redes también se dan dentro de la propia comunidad poliafectiva. Ya que no siempre compartimos los mismos ideales, contarle a una persona que prioriza sus relaciones sexoafectivas sobre las platónicas que nada ha cambiado entre vosotras porque ahora metas a alguien en tu cama (pero no a ella) es inútil para evitar que se sienta desplazada. Porque, simplemente, no lo vive de la misma manera.

La única solución es individual, y entonces bastante precaria para llegar a ese supuesto paraíso de amores múltiples y redes de cuidado horizontales del que hablan los textos. Yo, por cuenta propia, puedo elegir -como dice la Vasallo- fijarme en la forma como me relaciono. Si creo que la anarquía relacional va de honestidad, equidad, consenso, autonomía, etc. entonces puedo aplicar eso a todos mis vínculos importantes. Esto es mucho más complejo de lo que suena. Tendré que decidir, por ejemplo, si estoy dispuesta a dedicar tiempo para dar a mi amiga monógama el mismo nivel de atención que recibe el tipo con quien follo delicioso; aunque luego ella no haga lo mismo por mí tan pronto tenga novio. Porque sus acciones no puedo controlarlas.

Aunque hay algunos textos sobre la dificultad de conciliar asimetrías en relaciones donde una persona no es exclusiva y la otra es monógama, con esta reflexión le apunto a algo más allá. ¿Es la propuesta poliamorosa que cada quien invente su propia ecuación individualista para ajustarse a sus necesidades, deseos y contexto? ¿O es el poliamor una proposición filosófica para una experiencia afectiva colectiva diferente -más ética?

Durante la historia escrita del movimiento, se han presentado sin una clara diferenciación ambas versiones de esta idea poliamorosa que resultan contradictorias en la práctica. Morning Glory, Debora Anapol y Franklin Veux con Eve Rickert apuntaban hacia un nuevo paradigma de las relaciones; unos principios morales que nos guiarán a sufrir menos y conformar comunidades conscientes de la responsabilidad conjunta de nuestros actos. Mientras que Dossie Easton con Janet Hardy y especialmente Meg-John Barker han abogado por el deseo particular y la construcción de relaciones a la medida. Esta disonancia cognitiva, en el centro de lo que es o "debe ser" el poliamor, se filtra ahora indiscriminadamente en el discurso pedagógico de nuestras comunidades activistas. Un tira y afloja imposible de conciliar entre la libertad y la responsabilidad. Entre yo y nosotrxs.

Voy a aventurarme a aportar mi humilde granito de arena a la balanza, para desequilibrarla hacia donde considero que debe inclinarse. No hay poliamor sin red. Por más que nos empeñemos en insistir que esta orientación relacional es algo que podemos elegir solxs; una identidad más que emplear estratégicamente para asociarnos o diferenciarnos según convenga. Aunque la práctica de las relaciones no exclusivas me parece en sí misma y con toda su diversidad intrínsecamente válida; si la no-monogamia consensuada resulta ser simplemente mi deseo individual de explorar afectos múltiples regidos por mis valores subjetivos pero desarticulados del contexto, perdemos de vista todo el potencial político del acto. Ignoramos que lo afectivo está irremediablemente atravesado por estructuras de poder. Y, si bien reconozco que muchas personas no quieren ni necesitan involucrar en sus relaciones íntimas la subversión del statu quo, pienso que se debe a ostentar una situación privilegiada que no les requiere replantear las dinámicas de opresión intrínsecas. Pues no son ellos quienes salen perjudiciados por la desigualdad. Así, si el poliamor avanza, que lo haga con la perspectiva de servir para reformar desde su base más primordial la sociedad. Desde todas y cada una de nuestras relaciones interpersonales.

Termino con esta anécdota. Ayer, en una entrevista me preguntaron si consideraba que todas las personas debían ser poliamorosas. La respuesta oficial y políticamente correcta que hemos dado las comunidades ha sido casi siempre que no, que mientras exista la opción de escoger conscientemente la monogamia es igual de válida como orientación relacional. Sin embargo, puesto que llevaba parte de este escrito ya avanzado, me costó responder honestamente ese vómito automático de dogma sin cuestionar. Porque, ¿es realmente posible que alcancemos la propuesta política poliafectiva en una sociedad que se relaciona con nosotres desde la monogamia? Resolver esto, si no ha quedado claro todavía, lo dejo para otro día.

7 de mayo de 2020

Vergüenza - Mi denuncia de agresión en una comunidad poliamor

Antes de comenzar, quiero aclarar que no busco con lo aquí dicho imputar culpas ajenas. Lo hecho, está. Reconozco que fue complejo para todes y equivocarnos fue normal. Simplemente, una vez más, deseo recuperarme poco a poco del miedo a hablar; secuela obvia de estos procesos comunitarios de co-responsabilidad tan precarios.
Y, ojalá, que nos sirva para hacerlo mejor en adelante. Porque si nuestros espacios seguros funcionan, nuevas denuncias vendrán. Denuncias que es nuestra obligación atender con la preparación adecuada, cuando promovemos utopías fundamentadas en principios colectivos tan concretos.


En estos días hablé con alguien a quien guardo en la más alta estima. Ella acogió toda mi rabia y mi dolor cuando no sabía dónde ponerla. En un momento en que los mensajes que me llegaban por todas partes negaban, dudaban o culpabilizaban mi postura ante la situación; ella reflejó desde su propia experiencia mi derecho a sentirme como quisiera y a reclamar ocupar un espacio vital.

Juntas, nos arriesgamos a arrancar las costras de nuestras heridas para reivindicar un valor compartido de justicia y reparación. El apoyo mútuo nos otorgó la valentía y la fuerza para hablar. Y así, contamos la historia de cómo habíamos sido agredidas por la misma persona durante nuestra relación íntima con él.

Una persona que, además, ostentaba una posición de reconocimiento dentro de una comunidad con principios feministas; lo cual sumaba a nuestra preocupación por callar, a riesgo de darle alas para seguir atrayendo víctimas.

En fin, el proceso fue harto complejo. Tras tremendos esfuerzos de mi parte, de la suya y de la comunidad: encontrar recursos sobre la gestión de rupturas del consenso en espacios seguros, contar de forma clara las agresiones físicas y emocionales, plantear los dilemas morales, crear un tribunal de pares... Logramos lo que pareció una solución consensuada pero que a todas luces hacía aguas.

Pese al acuerdo consensuado de vetar a quien nos había agredido del espacio colectivo, continuar con las actividades acordadas conjuntamente para el resto de la comunidad se volvió prácticamente imposible. A mi parecer, por falta de motivación y compromiso. Nunca sabré la razón real porque no me la contaron. Yo tampoco pregunté. Pero queda en mí cierto rencor al argumento de sentíamos dolor respecto a la ruptura del equipo; puesto que a mí también me abrumaban la pérdida y el daño vividos, más no por ello me desentendí de mi responsabilidad a la comunidad. Particularmente, seguí trabajando pese a sentirme todavía en peligro al tener a alguien muy cercano a mi agresor formando aún parte del espacio; vulneración en la que nadie más pareció reparar en ese momento. Admitidamente, cada quién tiene sus prioridades.

Aclararé, también, que en retrospectiva siento que fui coaccionada en un momento de extrema debilidad emocional y tras expresar varias veces que no me sentía capaz de saber lo que era mejor para mí y por eso había pedido ayuda a confirmar que mi deseo en calidad de "líder" del equipo (como resultado del tribunal) era el veto. Considero esto un comportamiento harto irresponsable hacia una víctima. Ejemplo de la falta de competencias o ganas de asumir responsabilidad colectiva sobre los valores que predicamos.

Así las cosas, fue bien sencillo empezar a sentir infinita culpa cuando me llegó el primer comentario tipo: finalmente lo hicimos por ti, Alba, junto a las evidencias de un equipo desganado. Culpa por haber abierto la boca. Por no haber dicho o hecho las cosas de otra forma, más amable o simpática. Por no haber tenido constantemente en cuenta los deseos y emociones de todas las personas involucradas. Aunque todo lo que leí insistía que las víctimas primero, sentí que me castigaban con su abandono al proyecto por haber obtenido justo eso. Culpa por haber roto yo esa cosa tan fantástica que teníamos antes. Buena para otres, claro está, porque a mí me servía de poco una comunidad que ni un mensaje de cómo estás después de las ordalías se digno a enviarme.

Culpa, al fin y al cabo, porque eso me había condicionado mi agresor a sentir cada vez que reclamaba que me tratase bien. Eso me dijo en su cocina el día que grité que me parecía insoportable escuchar un relato de su ruptura con ELLA, su expareja, quien me acompañó con tanto cariño a presentar esta denuncia, desde la posición de haber sido él víctima del silencio de ella. Mentira todo. Cien veces, contando esa, me repitió que yo hacía sentir mal a la gente a mi alrededor. Que les apartaba de mi lado con mi manera de ser y hacer las cosas. Si se comportaba(n) de una forma que me hacía daño, yo era responsable.

Desde hace meses, desde que el equipo de Poliamor Bogotá se desbandó, cuando hablo sobre esto escucho su voz. Son sus palabras las que me insisten que, ¡no! No tiene que ver con que la gente tuviera otros intereses más acuciantes ya antes o que el compromiso de presenciar en la práctica el compartir de los dolores además de los placeres espantó a más de unx que estaba ahí por la diversión. ¡No! No es que fuese más sencillo ver en pantallas y libros las ideas que ahora tocaba presenciar en carne y hueso. Fui yo. Fueron mis palabras. Y me inundó la vergüenza y la culpa hasta cerrarme el pico. Me consta que lo que dije, y mi posterior silencio, le vinieron de perlas a algunas personas para salir sin cuestionamientos de un espacio en el que hacía tiempo estaban con medio pie fuera. De nada.

Y ahora, nuevamente gracias a ella y su aceptación a mi versión completa y admitidamente subjetiva de las cosas, hasta hoy voy a hacerle caso a esa voz odiosa. La la la la la. No te oigo más.

Dos enseñanzas me quedan de esto:

La primera es que yo también puedo hacer daño a la gente que quiero. Y a la que no amo, supongo. No niego esto. Sobre ello, sólo puedo insistir en mi disposición a estar presente para escuchar, para comenzar medidas de reparación con quien así lo desee. Quiero hacerme responsable de las emociones que causen en otres mis palabras. Claro está, esperando que esa intención sea mutua en caso de requerirlo.

Pero no seguiré cargando la vergüenza y la culpa por algo que decidimos todes en el ejemplo que describo: dejar de cuidar(nos) y de comunicar(nos).

La segunda es que juntarnos entre mujeres, especialmente si son aquellas que han pasado por lo mismo y conocen de primera mano la experiencia que has vivido, tiene poder para lograr cosas inigualables. Quizá nunca sabré cuántas posibles víctimas se salvaron gracias a lo que ella y yo contamos. De lo que estoy segura es que el cambio que surtió en mí el ejemplo de saber posible reclamar un espacio seguro (en vez de ser yo quien cedía, callaba con miedo y aguantaba seguir viviendo sus agresiones y peticiones de cercanía pese a mis reclamos más explicitos por espacio) ahora se refleja en que soy una mujer más convencida si cabe de mis principios feministas.

Y yo, en nombre de esos esfuerzos individuales y colectivos que hicimos, prometo seguir abriendo espacios para que otras mujeres puedan plantar cara a sus agresores. Aunque sea, como hago aquí, a las voces que de ellos quedan en nuestras cabezas por el trauma. Asustadas, pero amparadas por una red que nos cree y nos acompaña.

13 de marzo de 2020

4 problemas feministas del poliamor

Ayer me invitaron a grabar un podcast genial, que espero compartir pronto con todes. Mientras sale, y como dialogando no siempre se transmite el mensaje tan claramente que por escrito, he pensado en dejar por aquí las ideas que preparé para ese encuentro.

Os reto a que hagáis esta entrada tan viral como esa nota tan bonita sobre anarquía relacional, para que no sea yo la única loca gritando a los cuatro vientos los problemas del poliamor en la práctica. Así, igual me convencéis de dejar de creer que la comunidad solo quiere comprar la versión fantástica y preciosa de esta historia.

Allá va, algunas razones por las que el poliamor es complicado de llevar a cabo si le ponemos la lente del género al asunto:

Nos enamoramos
El poliamor se ha subido muy rápido a un montón de teorías diferentes de las relaciones interpersonales (Comunicación No Violenta, Honestidad Radical). Una de ellas es la crítica feminista a los mitos del amor romántico. Sin embargo, como explica mucho más ampliamente la Vasallo en este artículo -y, mal que nos pese, como nos apuntaba el ya extinto movimiento ágamo-, hemos convertido el pack de mitos románticos en chivo expiatorio de un problema mayor. Mari Luz Esteban lo cuenta muy bien en Crítica al Pensamiento Amoroso. La dificultad con el amor (sin apellidos) no está en creer en una serie de ideas concretas y confinadas a esas listas que se pueden fácilmente difundir en redes sociales o talleres. El amor generiza y sexúa diferencialmente a hombres y mujeres en una sociedad y contexto histórico para los cuales nuestras expectativas y tareas dentro de las relaciones amorosas son desiguales. El guión de sentir y hacer la experiencia "amor" es diferente para las mujeres; a quienes se nos educa en el cuidado, atención y satisfacción de necesidades dentro de las relaciones afectivas.
Bajo este paradigma, amar nos sitúa irremediablemente en servidumbre. Enamorarnos, al contar con un discurso cultural adicional de sacrificio y dolor, aún más. Sin embargo, muchas personas poliamorosas todavía buscan activamente relaciones en las que el amor enamorado sea la cúspide de su red afectiva. Y se hace bien poco en las comunidades por entender qué ideas del amor promovemos o prevalecen.

Silvia Federici
El amor es limitado
Ojalá una moneda por cada vez que he leído o escuchado algo parecido a «el amor es infinito, pero el tiempo es limitado». Una idea que yo misma he pecado de reproducir dentro de las comunidades poliafectivas y se encuentra en la mayoría de textos originales (Ética Promiscua, Más Allá de la Pareja, Opening Up). Esto, simplemente, no es verdad. Hay muchas otras cosas que limitan el amor además del tiempo, como las capacidades, los intereses, o los deseos. Los deseos, construidos y modelados por mandatos hegemónicos de lo que es atractivo o no, rigen en su mayoría hacia dónde orientamos nuestros afectos y la atención o cuidados que derivamos de ellos. Estas construcciones del deseo obedecen, por supuesto, a imposiciones sobre apariencia y comportamiento que obligan diferencialmente a la mujer. Las atenciones o cuidados que derivan del amor también quedan limitadas, de nuevo, por prejuicios sobre a quién le corresponde ejercer de cuidadora en la relación.
La propuesta poliamorosa que plantea suficiente amor para acabar con la competición se desmorona ante la evidencia de un sistema aliado entre racismo, capitalismo, capacitismo y patriarcado.

Nuestras emociones están situadas en un contexto
Uno de los grandes éxitos del capital es habernos vendido que toda la responsabilidad de lo que sentimos nos pertenece. Así, cualquier culpa por estar inmersas en situaciones opresivas o violentas automáticamente se revierte. La manipulación máxima. Pero no. Ya lo he explicado con ejemplos. Insisto. Las teorías poliamorosas nacieron en el boom de la auto-ayuda, desde lugares de privilegio muy concretos espacial y temporalmente (la bonanza estadounidense de los años 80). Escribían mujeres blancas de mediana edad, asentadas en vidas relativamente cómodas tras haber explorado una juventud hippie en los años 60. Estas teorías no han hecho sino presionar más aun para que las mujeres nos amoldemos al guión socialmente aceptado de sentires válidos. Desde el psicoanálisis (o antes, desde la quema de brujas en la hoguera), las mujeres hemos sido histéricas cuya emoción debía ser dominada. Poner el foco, como hace el poliamor, en la responsabilidad individual, no hace más que descontextualizar que vivimos en un sistema donde la razón, la lógica y la compostura se premian por ser características asociadas con lo masculino, y la expresividad se castiga por lo contrario. El discurso poliamoroso invisibiliza las razones legítimas por las cuales podemos sentir tristeza, ira o miedo. Y convierte la forma en que comunicamos las emociones el problema central, evitando cómodamente reflexionar sobre por qué las sentimos.

Ideas como «hay que aprender a quererse antes de querer o que te quieran» ignoran la inmensa carga de opresiones estructurales sobre nuestra imagen y autoestima que nos imponen a las mujeres. Es, además, capacitista para aquellas personas neurodiversas con condiciones como la depresión que afecta su visión de sí mismas. No somos menos dignas de pertenencia a redes afectivas porque nos hayan intoxicado con creencias de inferioridad para dominarnos.

No es más sano
Aunque nuestro discurso repite hasta el hartazgo que no nos debemos creer más evolucionadxs, muchas personas sienten que el poliamor es más saludable. Se crea un efecto halo sobre quienes participamos activamente en las comunidades. Se nos otorgan automáticamente virtudes asociadas a los principios y valores con los que definimos esta orientación relacional. Es normal, cuando hablamos sin cesar de poliamor en términos de honestidad, ética, consenso y responsabilidad, creer que lo demás es menos moral. El problema con esto es que esconde comportamientos dañinos. Esperar que todas las personas poliamorosas seamos así de buenas nos hace pasar por alto los actos que no encajan con la expectativa de Personas Poliamorosas Perfectas, ya que crea una disonancia cognitiva. Sin embargo, en el poliamor hay ya varios ejemplos ampliamente documentados de abuso basado en género. De hombres posicionados en lugares de liderazgo y reconocimiento comunitario que agreden a mujeres emocional, física y sexualmente. Hombres que aprovechan este prestigio y reconocimiento para ocultar su maltrato o atraer nuevas víctimas.




Algunos de estos problemas están presentes también en la monogamia, por supuesto. O en otros sectores del activismo. Simplemente, la monogamia no pretende con su discurso haber alcanzado un lugar más igualitario u horizontal; ni niega en su pedagogía el marco sistémico en que se desarrolla la práctica. No propongo, entonces, que nos dediquemos o volvamos a las relaciones exclusivas. Solo quiero que dejemos de idealizar espacios que no tienen tanto de mágico como hacemos creer desde los lugares de difusión de estas formas de vida.

Tampoco tengo una solución para estas dinámicas. Pero sé que si vamos a proponer alternativas a las relaciones, tienen que servir, ante todo, para desmontar estas cosas.

17 de febrero de 2020

¿A dónde va una relación de anarquía relacional?


Ayer, arrunchada en el sofá con M -una de las personas que tiene acceso a mi intimidad- tras una copiosa comida india, conversamos tranquilamente sobre nuestros deseos de cuidado mutuo y para las relaciones en general.

En lo que me pareció un inmenso gesto de cariño, me preguntó: "¿Cómo te gusta que te cuiden?"

Reflexioné en voz alta y con toda sinceridad que, por ambiguo que suene, depende enteramente de la relación. Reconocí tener expectativas de cuidado muy distintas para cada uno de los vínculos que actualmente conforman mi red afectiva. Conté que es algo misterioso cómo he llegado a crear esas expectativas. Aunque ahora, después de darle vueltas, creo que tuvo que ver con el reconocimeinto y la aceptación de lo que aquellas personas me pueden ofrecer en combinación con encontrar una necesidad mía satisfecha por ello.

Di un ejemplo empleando mi relación íntima no-consanguínea más antigua. Ó, a quien llamo mi espejo, alma paralela, gurú y muchas cosas más, es alguien que lleva caminando a mi lado ya 9 años. Nuestra relación ha pasado de lo erótico a lo platónico sin dejar nunca de tener esa potencia creadora del deseo de unión y conocimiento mutuo. Me gusta que Ó me cuide escuchando mis crisis emocionales, oyendo sin asustarse mis pensamientos más oscuros y sacándome con lógica de los agujeros más profundos. Es una dinámica recíproca de cuidados a la que hemos llegado con el tiempo. No es lo único que hacemos, pero sí lo más importante para mí de nuestro vínculo.

Leyendo entre líneas, añadí que los cuidados que me gusta recibir en el vínculo que tengo con ella son otros. Especifiqué los mensajes con cumplidos o preguntando cómo fue mi semana, los besos y los abrazos. Por esto de que el amor es reciprocidad, no altruismo, le pregunté qué cuidados deseaba ella en una relación.

Le conté a M que, tras varios años de anarquía relacional, no encuentro ninguna relación (ni siquiera con mi madre) que se enmarque estrictamente en las cajitas de familia, amistad o pareja como nos dicta la sociedad que debemos separar nuestros afectos. ¿Cuáles más, sino, hay? Pocas palabras adicionales tenemos. Queerplatonic, follamigx... Ahora, todos mis vínculos íntimos están compuestos por elementos mezclados de varios tipos. Podría intentar desgranar, como hicieron los griegos, cuánto de ágape, eros, philia, storge o xenia compone cada uno de mis afectos. Pero no lo necesito. Sé que son -como dice mi profe- cuerdas con hilos de varios colores las que nos unen, cada cual con más hilos de algún tipo.

Entonces, me dijo algo que me sorprendió. Por esto del efecto burbuja de pasar mucho tiempo en comunidades inclusivas donde nadie nos cuestiona. Es fatal. M me contó que alguien le había espetado: "Yo no podría estar en una relación que no sé a dónde va".

Reafirmé, leyendo entre líneas una vez más, que mi deseo era continuar viéndonos. Pero me quedé pensando.

¿Hacia dónde puede ir o va una relación, de la orientación relacional que sea?

Claramente, hablamos de la escalera relacional. Tenemos una imagen mental de cómo es nuestra relación de pareja ideal y cuales son los pasos para llegar a ella. El orden da igual y hay variaciones culturales o contextuales miles. Va de cómo llegamos desde que nos conocemos hasta conformar una entidad sexo-afectiva socialmente reconocida y con caracter reproductor. Y despues, ¿qué? ¿Hasta el primer conflicto irreconciliable? ¿Hasta que la muerte nos separe? Lo que yo no podría es perpetuar el mismo ciclo de creación y destrucción de parejas las veces que sea necesario hasta encontrar "la verdadera". Porque no creo que exista.

Esta idea de que las relaciones deben ir hacia adelante -en una serie de hitos imaginarios- me parece muy capitalista. Parte de una lógica de considerar positivo solamente el crecimiento, el avance o el progreso continuo. Asume que está bien solamente aquello que va progresando hacia un incremento (de cuidados, compromisos o tiempo compartido).
También creo que el énfasis en construir algo es muy reproductivo. No todas las relaciones necesitan ese componente.

Obligamos a los amores y a los proyectos a asumir esta lógica linear. Y yo me di cuenta que estoy muy contenta en lo estático, lo circular o lo espiral. Las relaciones lineares tienen un principio y un final. Así sea el fin último, la muerte juntxs para siempre, se asume que desenlazarán. La idea de querer saber a dónde va tampoco da lugar para la incertidumbre intrínseca. Por más que yo desee que algo permanezca, continue, cambie o crezca, dos personas conforman una relación.

Para mí, la anarquía relacional ha abierto las posibilidades a salir de este esquema obligatorio. He tenido relaciones que subían por la escalera y todos sus hitos normativos de pareja pero, al acabarse el deseo de cohabitar de una de las partes, hemos dado un salto atrás y nos encontramos ahora estáticos en una dinámica que mantiene componentes platónicos y eróticos pero no va a avanzar más. Vínculos que deseo fuertemente de forma erótica se encuentran demasiado lejos para tocarnos, llevando a transformar nuestra intimidad de formas más platónicas y a construir mucho más nuestra relación emocional. Amores con quienes no quiero tener contacto físico alguno me hacen sentir profundamente enamorada, con ganas de cohabitar y planear futuros conjuntos.

Además, estoy dispuesta y sé que todo esto puede cambiar. Porque cada vez que dibujo nuevamente mi constelación hay en ella personas distintas. Admito que la gente que quiero se aleja continuamente, se ocupa, decide ir por un camino diferente. Como J me dijo durante un duro duelo que no lograba entender, porque ella no me había avisado ni explicado nada sobre su ausencia, lo único que puedo hacer es decidir si quiero continuar con la relación en caso que esa persona elija volver a aparecer en mi vida. Y, si es así, darle la bienvenida cuando lo haga. Agradeciendo contar otra vez con su presencia.

21 de enero de 2020

Poliamor, ¿amor altruista o egoísta?

Estoy leyendo el artículo de Wikipedia sobre amor y me sorprende la claridad de la propuesta ética respecto a los dos tipos de amor posible bajo los cuales se agruparían todos los demás.

Al contrario que el artículo en inglés, antes de adentrarse en las diferentes versiones biopsicosociales y religiosas de este macro-concepto, el texto propone que todas las definiciones del amor caben en una u otra de dos interpretaciones: el amor altruista, compasivo y cooperante; o el amor egoísta, competitivo, rival e individual. Una y otra idea están, a su vez, ligadas a conceptos espirituales o materiales respectivamente.

A medida que leo ejemplos de ambas propuestas, me pregunto lo obvio. El poliamor... ¿Propone un amor altruista o egoista?

Algo curioso en el poliamor es que, por más que nos dedicamos a filosofar sobre la forma de vincularnos afectivamente, el amor es un tema ampliamente evitado. Hablamos de acuerdos, de límites, de necesidades, de responsabilidad, se nos llena la boca insistiendo en la importancia de la comunicación y nos atrevemos hasta con los celos. Pero nadie se mete con el amor. Nos limitamos a criticar los mitos románticos, pese a que los reproducimos continuamente en nuestras relaciones.

Vagalume tuiteó esto, dando en el quid de la cuestión:

Me acabo de topar con una reflexión de Roma de las Heras que me ha fascinado:

El apoyo mutuo se basa en la reciprocidad, no en el altruismo.

**el altruismo es un valor de clase, es altruista quien puede. Ser altruista se sostiene sobre tener las necesidades cubiertas, y la reciprocidad sobre el reconocimiento de esas necesidades y la interdependencia para cubrirlas.


Pienso en todas las veces que he leído o escuchado a gente de la comunidad hablar sobre un amor altruista, que no espera nada a cambio de lo que da. En las bondades de tener una disposición de abundancia -frente a una mentalidad de escasez- al amar. Todo muy bien traido con esa siempre presente ética New Age.

Y encuentro una pista que me gusta.
Tú puedes creer lo que quieras sobre el amor.
Pero yo te digo que el amor es recíproco y consciente de las necesidades mutuas. No altruista. Y menos a costa del bienestar propio. Está en la mitad entre lo material y lo espiritual. Cuidadoso sin dejar de ser egoísta.

16 de enero de 2020

Yo no soy tu líder activista

Algunas vivencias de este último año me han precipitado a decisiones que llevaba tiempo postergando. En resumen, he elegido alejarme de acciones activistas en contextos físicos para dedicarme -por el momento- exclusivamente al activismo virtual. Y, aunque la separación sea a veces compleja de ver, quiero enfocarme solamente en la educación en diversidad relacional en los espacios de talleres.



Un detalle curioso de este proceso ha sido, como siempre, comentarlo con compas del sector. Quienes llevan años liderando movimientos similares comprenden perfectamente mi frustración.

Por si acaso, antes de profundizar más, aclararé por milésima vez que el activismo va de proponer un "deber ser" contra-hegemónico. Una alternativa supuestamente mejor que la normativa. Mientras que la educación consiste en enseñar todo el abanico de opciones posibles, junto con las herramientas para tener criterios ante la elección. Y recordaré que el poliamor es, sin lugar a duda y tal como se vive en las comunidades de encuentro, un activismo voraz ante quien no acata la nueva religión. Hay principios muy concretos que guían cómo es mejor hacerlo / serlo (aunque cada persona tenga ideas diferentes sobre su significado).

Así, alucinando que igual alerto a alguien contra la inútil idea de intentar cambiar el mundo a través de las comunidades de base (o simplemente para desahogarme) trataré de explicar por qué no soy -ni quiero ser- tu puta líder activista:

Alguien una vez me dijo que yo, como líder de Poliamor Bogotá, estaba obligada a ser más responsable afectivamente, honesta y cualquier otro principio del caso que nadie más. De dar ejemplo. En ese momento me creí el cuento y cargué con la culpa de no ser la Persona Poliamorosa Perfecta ®. Creo que muches participantes de la comunidad ven a quienes organizamos los espacios como "seres iluminadus" que hacemos todo esto mejor.

Hay varios fallos con esta idea.
Primero, no existen criterios de selección más allá de querer y poder hacer activismo para estar a la cabeza de estos espacios. Las razones para dedicarnos al activismo pueden ser muy egoístas o completamente altruistas. Yo junto una mezcla de ambas, desde mi necesidad personal de contar con burbujas de inclusión, reconocimiento o aceptación de mi identidad hasta el deseo de proveer herramientas de gestión emocional para que otres sufran un poco menos. PERO hasta ahora no hay correlación entre las virtudes morales que asociamos al poliamor y el privilegio de disponer de tiempo o ganas para dedicarse a esto. Y doy fe que la brecha entre mi información y mi acción es inmensa. Muchas veces por mi propia incapacidad, tantas otras porque es necesaria la intención comunitaria para volverlo realidad.
El otro gran lío con esta idea es que jerarquiza. Si yo lo hago mejor por el simple hecho de hacerlo más frecuentemente, podemos empezar a creer que algo poseo para ese savoir faire asumido y esperado. ¿Conocimiento? ¿Criterio? De esta forma, independiente a mis virtudes o capacidades reales, tan solo por mi perrenque [léase energía y dedicación en España] se me otorgan potestades de decisión que quién sabe si correspondan.

No quiere decir lo anterior que no tenga buenas ideas, válidas, leídas, bien formadas y útiles para la toma de decisión. Mi obsesión con el poliamor ha alcanzado niveles patológicos. Los más de 500 artículos que hay en esta web están filtrados y escogidos por mí, entre muchos otros que leí y no seleccioné. A mi correo llegan alertas de Google News y T&F semanalmente. Es posible que sí sepa qué decisión tomar. Bajo mis criterios sobre lo que es mejor, claro está. ¡Qué responsabilidad!

El asunto con los criterios es que se forman sobre sistemas de principios completamente propios a cada individue. Lo que cada quien piensa que está bien o está mal. En mi última crisis existencial aprendí que mis valores eran completamente subjetivos y, por tanto, no eran moralmente superiores a los de nadie más. Mal que nos pese, hasta que no descubramos a Diosatodopoderosa ® y nos entregue los mandamientos de la vida, debemos aceptar la diversidad. Ni los principios del poliamor (honestidad, responsabilidad, consenso) son supremos. Ni hay prueba empírica de que la vida regida bajo ellos sea más larga, más saludable (¡ja!), ni mejor según ningún otro parámetro. Y, dado el caso de demostrarse que la experiencia poliamorosa fuera más algo, aun podríamos debatir si efectivamente ese algo es mejor para todes o en todos los casos.

Aceptado esto, si no te gusta lo que pienso, ancha es la Internet o el campo. Haz tu activismo en otro lado. Quienes os habéis quedado, entiendo que será porque coincidís con mi criterio y opinión sobre la decisión. Aunque yo, que conste CLARO Y ALTO, yo no os he pedido quedaros.

Entonces, valóralo.
Entiende el esfuerzo y tiempo que me ha costado aprender. Cuando hablo de poliamor no expreso simplemente mi opinión. Comparto este conocimiento, también, atravesado por la lente de mi experiencia. Comprende que yo no lo cuento, no viajo, converso, escribo y leo a diario sobre esto para que llegue el machx de turno a apropiárselo. Dame crédito cuando corresponda (esto vale para mí o cualquier otra fuente que emplees). No tengas el descaro de citarme en el mismo lugar que abrí para ti y decir que lo leíste por ahí. Esto me ha pasado. Son estas mierdas las que me impulsan a cobrar por los espacios.

A ver, ya lo sé, Casi todas las ideas son iteraciones de otras, más antiguas. Una de mis frustraciones actuales es ver que las feministas de los 70s habían descubierto ya todas estas utopías amorosas de las que hoy hablamos (la responsabilidad afectiva, deconstruir el amor romántico, desjerarquizar la pareja) y no les sirvió para nada. Sin embargo, a veces la mezcla concreta en la que se presentan las ideas es gracias a alguien. Yo le debo mucho a mis profes de sexología y a algunas mentes insanas por ahí. Es justo que las nombre siempre que pueda. Por ejemplo, esto de la explotación de las ideas y cómo es un rasgo más del consumismo al cual nos sometemos viene de @kmi.kc.

¿Quieres quedarte y, aun así, criticar? Asegurate de tener una buena propuesta y alternativa al plan. Intentando co-crear he comprometido cientos de veces lo que creía mejor, tratando de incluir las ideas de otres para construir horizontalidad. Claro que sí, también gracias a la imaginación ajena mis talleres han mejorado otras tantas ocasiones. PERO si te vas a quejar hasta por el color de las decoraciones cuando no has puesto ni un minuto ni un peso ($) en la actividad, tu opinión quizá guárdatela.
Lo mismo aplica para las brillantes ideas que nunca piensas ejecutarUna de las razones más frecuentes de bronca con mi ex era no estar de acuerdo en cuestiones de Poliamor Bogotá. En su esfuerzo por minar mi auto-estima insistía que, si yo no quería hacer las cosas como él proponía, era mala malísima por "desmotivar las iniciativas de la comunidad". ¿Qué buscas cuando propones ideas? ¿Dar a conocer lo brillante que eres por tenerlas? ¿Esperas que otre tome la iniciativa de tu plan? ¿Que te feliciten? ¿Estás pidiendo permiso? Eso no, porque muchas veces he aprobado propuestas y resultados no hay.

Tanto la crítica destructiva como la propuesta sin iniciativa jerarquizan la estructura organizativa. Obligan a que otre tome una decisión: solucionar, iniciar, crear, coordinar, por ti. Tan pronto dejas la decisión en mis manos, me das el poder sobre cómo y cuándo ejecutar. Si quieres que las cosas se hagan como tú las imaginas, hazlas. No logro entender por qué la gente piensa que esto significa atomizar, dividir o antagonizar. Cuando lo que implica realmente es LIDERAR procesos comunitarios en los que inspires a la gente a unirse a tu propuesta. Aceptando que no todo el mundo lo hará. Quizá hay demasiado miedo a fracasar. Puede que sea solo pereza. Muero por escuchar vuestras respuestas.

En fin. En los últimos 3 años he intentado, desde mis conocimientos disponibles, construir un equipo horizontal y multidisplinario que se apropiase de su lugar como referente para una comunidad de más de 8.000 personas. Seguramente más de una y de dos malas decisiones habré tomado. Concluyo con una comunidad satisfecha con seguirme como la figura de mando que no quise ser. Poliamor Bogotá no tenía autoría -ni rostro- para no crear falsa autoridad o verdad. Sin embargo, cuanta mayor apatía percibía, menos ganas de compartir mis ideas e iniciativas. Me siento orgullosa de mis propuestas y yo sí quiero probar suerte construyéndolas.

Como toda autoridad, he sufrido el consiguiente rechazo malcriado a la figura de poder de la cual se depende. Olvidando que es un espacio que ostento otorgado enteramente por la falta de motivación para accionar, por una carga mental que debía haberse compartido y por una responsabilidad de decisión que no me compete.

Así, decido que NO. Ya no quiero ser más la madre sobreprotectora a la que culpar.

Es absurdo predicar sobre desjerarquizar las relaciones afectivas cuando no somos capaces ni de distribuir tareas activistas equitativamente. Esperando que nos manden qué hacer, o nos recuerden nuestros compromisos, desde una lógica de poder y orden social vertical. No quiero jugar más.

25 de noviembre de 2019

Hoy muero de pena

Hoy estoy de luto. Lloro sangre. Me puede la tristeza.


Mi feminismo está en construcción, siento que no me pertenece esa palabra. Hay quienes saben más que yo, me abruma la riña continua de egos activistas.

Pocas marchas he acompañado, pero esta la camino con rabia. Si todavía me bloqueas, eliminas y rechazas es que no has entendido nada. No soy yo la mala. Por levantar la voz contra tus violencias. No soy yo el monstruo. Por hablar sobre tus golpes. No soy yo tirana. Por reclamar espacios seguros.

Si te vendas los ojos, me ignoras o miras para otro lado, jamás aprenderás nada.

10 de octubre de 2019

Espacios más seguros

Allyson Mitchell and Paul Campbell Installation, Granny Square Wreck Room, Gladstone Hotel (2005)

En el activismo mencionamos con frecuencia el término espacio seguro a modo de reclamo para que las personas se sientan tranquilas y cómodas en los talleres, charlas y conversatorios. Creo que es necesaria una discusión en profundidad sobre este concepto, cuyo significado a veces asumimos sin que exista verdadero consenso al respecto.

Este texto pretende hacer un análisis completo a la par que breve. Por ello se asumen en él una serie de asuntos que son tangenciales al tema en cuestión: el conocimiento del contexto sociocultural en el que nos encontramos, una idea básica sobre el feminismo, una comprensión de la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales, entre otros.


Me surgen las siguientes preguntas, que abordaré una por una:
  1. ¿Qué es un espacio seguro?
  2. ¿Por qué hacer de un espacio activista un espacio seguro?
  3. ¿Cómo se accede al espacio seguro?
  4. ¿Quién garantiza la seguridad en el espacio?
  5. ¿Qué acciones y herramientas tenemos para mantener la seguridad en los espacios?
  6. ¿Qué acciones hacen que un espacio deje de ser seguro?
  7. ¿Qué opciones tenemos para reconstruir el espacio seguro?

1. ¿Qué es un espacio seguro?

Wikipedia tiene un breve artículo en inglés que concuerda con mi pensamiento. Los espacios seguros se crean con la intención de proveer entornos libres de juicios de valor a comunidades víctima de discriminación en la sociedad general. Por tanto, es fundamental distinguir entre un espacio seguro y un espacio libre de juicios de valor. El espacio seguro no es una terapia humanista, donde toda afirmación será recibida positivamente. El espacio seguro está pensado para proteger contra acciones, comentarios, opiniones e ideas que puedan potencialmente erosionar los derechos de un grupo minorizado. Es un espacio de acción afirmativa en el cual se priorizan las voces de aquellas personas que son ridiculizadas, cuestionadas y silenciadas en otros entornos.

Los espacios seguros nacen de aceptar y reconocer que los entornos normativos son insuficientes e inadecuados para atender las necesidades (sociales, legales, administrativas) de las personas minorizadas sin incurrir en revictimización.

En todo el texto empleo el término espacio seguro por brevedad, pese a entender que no existen como tal lugares 100% seguros, pues cargamos allá donde vamos todas nuestras creencias. La expresión empleada en el activismo para denominar estos espacios es, con frecuencia, más seguros.

En el poliamor es complicado crear un espacio seguro pues hablamos de una identidad atravesada por multitud de intersecciones (de raza, de género, de orientación sexual). Pero, ¿es imposible?

2. ¿Por qué hacer de un espacio activista un espacio seguro?

Sencillamente, para no tener que mantener los mismos debates de base una y otra vez cuando tratamos de elaborar en profundidad. Para no perder tiempo valioso de descubrimiento sobre la temática durante la charla, taller o conversatorio haciendo pedagogía. Porque ya conocemos el punto de vista del lado de la opresión y hemos escuchado los argumentos cientos de veces en boca de familiares, amigus, polítiques, revistas y guiones de película. 

Elaborando más, porque si el activismo existe como propuesta contra-hegemónica al del "deber ser", tiene una obligación moral en rechazar la normatividad impuesta. Como acción política.

Ya he dicho varias veces que el poliamor es activista, nos guste o no. Al menos en los espacios públicos de encuentro. Son precisamente las intersecciones que atraviesan a les participantes las que nos obligan a posicionarnos.  ¿Te imaginas un poliamor homófobo? ¡No! Dirás, el poliamor es cuir-inclusivo. ¿Puede haber un poliamor sexista? ¡Jamás, el poliamor es feminista o no es poliamor! Cuantas más intersecciones le añadimos, más difícil resulta sostener el argumento de que el poliamor es tan solo una práctica privada. En un mundo donde la norma sigue siendo la opresión cisheterosexista, un poliamor feminista y cuir inclusivo es activista. Y debe ofrecer, en sus espacios de reunión pública, seguridad para estas y otras intersecciones.

3. ¿Cómo se accede al espacio seguro?

Esencialmente, estar en un espacio seguro debería ser entendido como un privilegio otorgado por dos razones: la pertenencia a la comunidad discriminada y el compromiso a mantener seguro el espacio.

En ningún caso es un derecho universal e inalienable de les individues. Sino un privilegio condicional. ¿Condicional a qué y por qué? Depende enteramente del objetivo activista en cuestión. La opresión contra la que se desee proteger a la comunidad determinará las acciones que condicionan el acceso (más sobre esto en el punto 6). Y condicional porque, obviamente, sería mucho más complicado garantizar la seguridad del espacio sin vetar de él a quien no lo cuida.

Si no creen que el poliamor sea una identidad discriminada, echen un ojo a esto.

4. ¿Quién garantiza la seguridad de los espacios?

Aquí, contundentemente mi respuesta es todas las personas que participan de ellos. Tenemos una tendencia a la pereza, al individualismo, al egoísmo y a la difusión de la responsabilidad cuando nos encontramos en colectividad. Si todes disfrutamos del espacio, todes lo cuidamos. Sencillo.

Admito que los roles pueden ser diferentes. De nuevo, en este artículo explico las responsabilidades de los distintos perfiles en el activismo. La responsabilidad está íntimamente ligada a la seguridad. No puede haber espacios seguros si nadie se compromete a cuidarlos.

Les organizadores, voluntaries y referentes activistas por un lado y las personas participantes en las actividades, los espacios físicos y virtuales por otro son quienes deben garantizar la seguridad de los espacios.

Me parece fundamental entender que la responsabilidad colectiva es una extensión de la responsabilidad individual, no su opuesta. No se trata de elegir la autonomía frente a la subordinación. Sino de pensar, ¿cuáles son mis objetivos de seguridad? Si son los mismos que los de la comunidad, colaboraré para cumplirlos. Si no, quizá debería replantear mi pertenencia a ese grupo.

5. ¿Qué acciones y herramientas tenemos para mantener la seguridad en los espacios?

Este artículo de un compañero de Poliamor Madrid explica algunas de ellas, voy a enumerar esas junto con algunas otras de las acciones y herramientas disponibles a espacios activistas de cualquier temática.

Les organizadores, voluntaries y personas referentes del activismo pueden -en nombre de la organización colectiva que representan:
  • Crear y actualizar códigos de conducta, normas o principios rectores.
  • Llenar los espacios con gente de confianza, segregar por identidad (raza, orientación sexual o identidad de género), privatizar los espacios.
  • Realizar dinámicas grupales, talleres y charlas sobre seguridad en los espacios.
  • Modelar con el ejemplo.
  • Explicitar las necesidades de cuidado del espacio.
  • Delimitar las capacidades de la organización para proveer un espacio seguro (expresar lo que la organización no puede hacer).
  • Proveer rutas de atención, denuncia o acompañamiento claras e inclusivas* cuando el espacio ha dejado de ser seguro para alguien.
*Inclusivo, al igual que seguro, es un adjetivo que se refiere a la acción afirmativa en beneficio de grupos minorizados discriminados. No a favor de absolutamente todes, ya que eso generalmente beneficia a las identidades opresoras debido a prejuicios sistémicos.

Les participantes de los espacios, ya sean físicos o virtuales, pueden:
  • Conocer sus límites personales de seguridad.
  • Expresar cuando esos límites se han traspasado.
  • Aprender sobre el tema y las opresiones que lo atraviesan.
  • Saber sobre los códigos de conducta, normas o principios rectores del espacio.
  • Informar si se incumplen los códigos de conducta, normas o principios rectores.
  • Preguntar si creen que se traspasan los límites de seguridad de alguien más.
  • Buscar rutas de atención, denuncia o acompañamiento para restablecer el espacio seguro.

6. ¿Qué acciones hacen que un espacio deje de ser seguro?

Antes de escribir este artículo he leído sobre las políticas de espacios seguros en Nueva York, Londres, y Madrid. He consultado con personas que lideran comunidades poliamor en Paris. También he encontrado un maravilloso texto de Berlín al respecto. Pese a tener fines activistas ligeramente diferentes (en unos casos, ofrecer talleres sexo-positivos donde explorar la práctica erótica; en otros proveer entornos libres de prejuicio a la comunidad poliamor en los que dialogar sobre la vivencia en relaciones no exclusivas), afirmaré que las comunidades activistas encuentran la ruptura del espacio seguro en un mismo lugar

Un espacio deja de ser seguro cuando se traspasan los límites de una o varias de las persona que hacen parte de él sin su consentimiento, especialmente si son límites relacionados con los objetivos colectivos de seguridad. Vamos poco a poco.
  • Se transgreden los límites de alguien. Una o varias personas, desde su experiencia subjetiva -porque no puede ser de otra forma- reconocen y comunican que los límites respecto a sus necesidades de seguridad se han cruzado.
    Por ejemplo: Yo necesito estar en un espacio libre de sexismo para hablar abiertamente de poliamor y alguien ha hecho un comentario machista. Expreso esto al grupo.
  • Se desconoce, ignora o viola su consentimiento. Esto puede parecer redundante, pero no lo es. Mucho menos en comunidades que juegan con actividades y temáticas no normativas.
    Por ejemplo: Yo necesito estar en un espacio que me garantice privacidad o discreción sobre mi orientación relacional. Si alguien toma una fotografía en la que aparece mi rostro sin preguntar, tal vez lo haga por desconocimiento de mi límite. Si se han hecho públicas unas normas sobre no tomar fotografías, está actuando de manera ignorante al "hacer como que no se entera". Más, si pido claramente que no me saque en su foto y aun así lo hace, está violando mi consentimiento.
  • El límite que se transgrede está relacionado con los objetivos comunitarios. Los espacios seguros se crean con el objetivo de proteger a uno o varios grupos contra las opresiones sistémicas del entorno. Por tanto, es razonable que no se atiendan igual todos los límites cruzados.
    Por ejemplo: Si en un grupo poliamor se traspasa el límite de seguridad de una persona respecto a su propiedad privada (un robo de celular), es posible que se realicen algunas acciones y se cuestione la confianza en la comunidad. Sin embargo, no se iniciarán rutas de acción.

Sobre la temporalidad y el lugar de la acción

Las comunidades activistas suelen considerar como acciones que infringen el espacio seguro aquellas que suceden primordialmente durante las actividades y en los espacios -físicos o virtuales- compartidos por la comunidad.

Sin embargo, varias comunidades activistas mezclan el trabajo por la causa con las relaciones afectivas (BDSM, poliamor). Por ello, resulta cada vez más urgente valorar la necesidad de evaluar colectivamente los comportamientos y acciones de les individues que participan con regularidad en los espacios seguros; aunque se ejerzan fuera de ellos.

Por ejemplo: Yo soy amiga de una persona negra, quien me invita a compartir talleres sobre la salud mental afro. Yo le acompaño y acato las normas perfectamente; pero una tarde hablando del tema me salen los prejuicios y, siendo neuroatípica también, realizo comentarios racistas -de los que, quién sabe, ni me doy cuenta porque no es mi opresión. ¿Tiene que continuar compartiendo conmigo ese espacio cuando mi presencia lo vulnera? No. Un espacio seguro diseñado para varias opresiones que interseccionan buscará proteger el mayor número posible de ellas.

Hemos visto, además, demasiados casos en los que se emplean los espacios activistas y supuestamente seguros como cotos de caza para atrapar personas a las violentar límites en la intimidad. La dinámica intrínseca de algunos tipos de opresión sistémica (como la violencia de género) hace que sea imprescindible trascender las barreras de lo público si queremos construir comunidades verdaderamente seguras para quienes participan regularmente.

7. ¿Qué opciones tenemos para reconstruir el espacio seguro?

De todos los textos mencionados arriba, se pueden extrapolar algunas ideas. Primero, aclarar que aquí estamos hablando de teorías de la justicia. En términos muy simples, qué le corresponde a quién para que la sociedad sea justa. El objetivo del espacio seguro es crear condiciones más justas que las habituales. Nuestra reflexión a la hora de reconstruir un espacio seguro girará entonces en torno a cómo devolver ese equilibrio que se ha perdido mediante las acciones ya comentadas.

Desde un enfoque restaurativo o reparador hasta una visión correctiva e incluso retributiva, las opciones para reconstruir el espacio seguro son las siguientes:
  • Mediación entre las partes por un comité imparcial, compuesto por integrantes de la organización o -si es necesario debido a un conflicto de intereses- por un ente externo.
  • Ofrecimiento de perdón, disculpas (verbalmente o por escrito).
  • Aceptación de responsabilidad.
  • Compromiso de no repetición.
  • Garantía de realizar acciones formativas o terapéuticas relacionadas con el límite transgredido.
  • Acceso a información sobre la presencia en los espacios de la persona que ha transgredido el límite, para la persona que ha sufrido el daño y para la comunidad.
  • Talleres, charlas y conversatorios sobre seguridad para la comunidad.
  • Vetos al espacio: específicos (para actividades o roles concretos), temporales, indefinidos (hasta la petición de revisión por parte de la persona vetada).

En conclusión...

Todos estos conceptos se podrían desarrollar muchísimo más. Este escrito pretende ser un resumen y punto de referencia de las ideas que manejan actualmente las comunidades activistas poliamor y sexo-positivas sobre los espacios seguros. La tradición oral y las barreras del idioma a veces nos hacen perder de vista lo rica que es nuestra experiencia en soluciones para problemas, lamentablemente, más comunes de lo que nos gustaría.

La búsqueda de un balance entre límites y necesidades personales, colectivas y la expresión del deseo y la autonomía puede parecer compleja. Pero realmente no lo es. Hay líneas rojas muy claras y fáciles de identificar en lo que respecta a raza, capacidad, género o diversidad sexual que no se deben cruzar en el activismo. No caigamos en la pereza de no hacer nada porque es difícil encontrar el camino correcto.

Gracias a todas las personas que me orientaron en la búsqueda de información.

19 de septiembre de 2019

Golfa


La canción de Extremoduro con ese nombre fue mi himno de juventud y juerga (farra). Antes que poliamorosa fui ninfómana y puta.

Me han dicho que yo no era bi, sino viciosa y me lo he tomado a mucha honra.

La letra escarlata la he llevado como una capa.

Porque las mujeres en lo que respecta a nuestro deseo erótico podemos ser santas, dejarnos someter por la culpa y ser estigmatizadas, o empoderarnos y defender el puterío a capa y espada. Utilizando la cosificación de nuestros cuerpos para nuestro beneficio.
No hay punto medio.

Y una vez allí, en el rol de guarra, tampoco hay posibilidad de marcar límites sobre nuestros cuerpos. Porque, ¡qué confusión! ¿Acaso no eras tú la mujer liberada y abierta a todas las propuestas?

¿No eras la rockera a la que le gustaba el exibicionismo, los azotes y mordiscos?

Sí, pero cuando yo digo.

¿Cómo? ¿Que no puedo poseerte como el objeto de deseo que he creado de ti en mi imaginación?

No.

Pues qué mala. Mala poliamorosa. Estás abusando de tu poder. Retaliando. Estarás celosa. Eso es.

Mierda, ¿por qué me siento culpable? Yo creo saber lo que quiero, mis límites en cada momento. Pero en mi identidad de golfa se ha integrado el deseo de complacer como forma de satisfacerme. ¡Vaya lío! Cuando la zorra tiene como narrativa la sumisión y la autonomía al tiempo... ¿Qué hago ahora con mi sexualidad?

Sigue siendo como una muñequita que dice a todo que sí.

¿Y si no? Porque no estoy segura que eso fuera nunca así...

Nunca conciliarás tu necesidad y tu deseo.

6 de septiembre de 2019

Mi padre y tú



Sólo dos personas en mi vida me han hecho tanto daño. Mi padre y tú.

Nunca creí que fuese a hablar de esto. Me he negado que hubiera nada que decir. Es innombrable, no merece un aliento. ¿Cómo se llama tu padre? ¡No sé ni cómo se llama! "Bromeaste" más de una vez sin realmente abrirme un espacio para responder, pese a que te lo había dicho varias veces.

Y ese día, con el punki de asilo, que dijo no tener padre ni falta que ha hecho, el relato tomó sentido. No quise hablar de ti en una primera cita. Pero sí de él. Por primera vez, explicando mi experiencia de consumo, cuando me preguntó: pero, ¿por algo sería? no quise culparme a mí. A la luz de todos esos nuevos conceptos sistémicos, el after-glow de la película mid-90s y las reflexiones sobre el impacto traumático de un abuso emocional del que no acabo de salir todavía, mi narrativa de siempre perdió todo el sentido. Es que yo a los 11 años desarrollé un trastorno alimenticio, a los 13 empecé a tragar anfetas para adelgazar y cuando ya estaba teniendo convulsiones en el suelo de las sobredosis y la malnutrición, el insomnio y la ansiedad degeneraron en consumo de otras sustancias y con suerte sigo viva. 

No.

Es que mi padre abusaba emocionalmente de mí y de mi madre, crecí en la inseguridad de un hogar en permanente conflicto, entre sus gritos y llantos. Las veces que intenté defender a mi madre y a otras personas de su violencia verbal, mi padre me agredió físicamente.

¿Por qué, si entiendo claramente que el niño de la película -o los niños que atendía Quibdó- no son responsables de su situación, me he culpado a mí misma siempre? ¿Por qué, si está claro que un niño o niña de 10 años "diagnosticado" con depresión, ansiedad, ADHD, o cualquier otro supuesto trastorno sólo está somatizando las crisis de su entorno relacional, yo nunca miré qué pasaba fuera? ¿Por qué nadie, en 10 años de terapia, me ha ayudado a ver esto?

Vivimos en un mundo individualista de mierda donde es más fácil darle a alguien pastillas que encontrar una solución colectiva. Los hechos son que antes de mi primera pastilla para adelgazar mi padre me había repetido con frecuencia (desde los 8 años por lo menos) que si no hacía ejercicio me saldría barriga como a él, un señor de 40 con una panza inmensa y obsesionado por hacer dietas y ayunos.
Inseguridad, ergo, maltrato.
Lo decía en ese tono de "broma" que no tiene en cuenta ni el contexto patriarcal en que existo como mujer, bombardeada por mensajes sobre cómo debía verme para complacer; ni el efecto inmenso que genera la opinión de un ser querido sobre la auto-estima. Mira, tú.

La primera paliza fue a los 14 años. Nunca me sentí una víctima de mi padre, porque enseguida marqué límites a nuestra relación. Si me vuelves a hacer daño, te mato. Tras la segunda paliza, dos semanas después, no le volví a dirigir la palabra en dos años.

La última vez que me puso la mano encima hace apenas 6 años. Yo ya tenía 22 y aun así su mano en mi cuello y el grito de ¡te voy a matar aquí mismo! me convenció que lo haría. Las veces que, desesperado, ha hecho amagos de estrellarnos a mi madre y a mí yendo en coche por la carretera no las puedo ni contar. La última, entre gritos y llantos, resistiéndose a dejar ir los despojos materiales de nuestra familia fue en el 2016. Ese día, además, casi pega a mi madre con una mesa y tuve que amenazarle con llamar a la policía.

Pero mi padre también me cuida. Se esfuerza por complacerme atendiendo mis necesidades materiales. Solía insistir que recordase cómo nuestra relación también fue buena, cuando jugábamos en mi infancia o hicimos algún viaje. Cubre con cariño las necesidades materiales que explicito, y cada vez aprende mejor a escucharlas en lugar de hacer lo que él cree que prefiero. ¿Quién nos ha metido en la cabeza que el maltrato es feo y malo todo el tiempo? Las etapas de cuidados pueden durar meses entre episodios violentos. ¿Quién os ha dicho que vais a ver algo más que el lado lindo de una relación si no estáis dentro?

Mi padre dice que me tiene miedo y que le duele mi distancia. Que no sabe cómo comportarse conmigo para hacer las cosas bien y sin que me enfade. Que le asustan mis gritos y no puede tolerar el daño que le hacen. ¿Te suena? Mi padre y tú os parecéis. Menuda comedia freudiana.
Mismo discurso, menos educación, otra generación.

No más. Basta ya.

No hay aquí juez ni verdugo. Solo heridas muy profundas que sanar. Creo que esto me trasciende y va más allá de ti y de mi padre. Por eso, lo intento y me desbordo al callar. Ni quiero ni puedo sola.
¿Activismos, dónde estáis?

31 de agosto de 2019

¿Eres dueña de tu emoción?


Con tanto espacio para pensarse las relaciones diversas, cada vez somos más quienes nos creemos gurús del amor. El rollo con esto es que se mezclan en las conclusiones unas melcochas de conocimientos interdisciplinares atravesados, muchas veces, por empirismos proverbiales.

Hace tiempo soy defensora acérrima del saber derivado de la experiencia individual y colectiva. De ver más allá del academicismo impuesto colonialmente. No solo de Norte a Sur, sino de los centros a las periferias, de lo urbano a la ruralidad y así en un sinfín de opresiones múltiples ejercidas por los paradigmas contemporáneos y las epistemes hegemónicas.

Sin embargo, a veces hay pensamientos pop que se apropian de nuestra experiencia. O, vivimos la experiencia a través del lente de estas creencias masificadas. Hoy, el optimismo como valor es una de ellas. Otra creencia -errada- es la idea de la individualidad absoluta y nuclear de nuestras emociones. La desconexión entre causa y efecto social.

El mensaje masivo hoy en día en educación emocional es: "tú tienes el control sobre cómo te sientes". El McMindfulness, la secularización de los aprendizajes budistas sobre desapego y las intensas ganas de todes de fluir libremente han popularizado este mensaje. Un mensaje muy útil al capitalismo, por su potencial de desvincular las causas contextuales de sufrimiento (relacionadas a veces con desigualdades intrínsecas del sistema) de nuestro estado de ánimo. Y que ya tiene promotores vehementes en los círculos más íntimos del activismo feminista y poliamor.

Pero a este mensaje le falta una parte muy importante. La otra mitad. La responsabilidad colectiva. Para explicarlo, os rescato la idea sobre cómo funcionan las emociones -de acuerdo, admito, al conocimiento hegemónico. Aunque creo que veréis que la psicología tiene mucho de empirismo.

Las emociones tienen partes. No me tenéis que creer, están en Wikipedia.

  • La interpretación o evaluación cognitiva del evento, situación u objeto.
    Por ejemplo: Me insultan y yo evalúo, empleando todos mis aprendizajes sociales sobre el lenguaje además de mi conocimiento del contexto, qué significa ese insulto para mí.
  • Síntomas corporales o reacción fisiológica.
    Si el insulto me genera ira, se me acelera el pulso. Si me genera tristeza, provoca llanto.
  • Tendencia a la acción o componente motivacional de reacción motora.
    Quiero salir corriendo, insultar de vuelta o escupirle a la cara.
  • Expresión facial y vocal para comunicar tanto la emoción como la intención de acción.
    Pongo cara de culo.
  • Sentimientos o experiencia subjetiva del estado emocional.
    Me siento triste o enojada.
Aclaro que este proceso no es lineal sino simultáneo. Todas las partes ocurren a la vez y hay bastante consenso neurológico sobre la incapacidad humana de decidir conscientemente antes de actuar. Pero sin entrar en debates deterministas, continúo con lo que queda por decir.

Viendo todas las partes, creo y puedo hasta decir que no descarto completamente como vano un esfuerzo por modificar los pensamientos y creencias a través de las cuales evaluamos las situaciones. Si antes los insultos de "peluda" me causaban tristeza, ahora me causan gracia porque he modificado mi creencia sobre cómo me debo ver y cuánto me importa lo que otres piensen de eso.

También creo útil un mensaje centrado en atender la posibilidad de modificar la forma de gestionar la acción o reacción a la emoción. Tal vez ahora creo que puedo verme como me de la gana y tomar decisiones sobre mi cuerpo, pero que me llamen "peluda" sigue entristeciéndome por otras razones -me lo dice alguien que aprecio, lamento el ostracismo que representa. Sin embargo, entre insultar de vuelta, pegar a quien me lo dice o ignorar sus palabras hay opciones. Algunas nos parecerán mejores que otras.

Lo que me parece invisible de este proceso, en el mensaje que tanto insiste sobre la responsabilidad propia e individual de la emoción, es la acción que lo desencadena.
El insulto.

¿Dónde está, en nuestro mensaje, la responsabilidad de la otra parte?
¿Es un mensaje que construye responsabilidades colectivas y redes afectivas o individues atomizades? ¿Nos conecta? ¿Nos ayuda a cuidarnos?

Lo sé, vivimos en un mundo complejo y lleno de estímulos en el cual es difícil saber cuál fue el detonante inicial. En los conflictos reales podemos ir atrás en la cadena acción-reacción ad infinitum sin descubrir la chispa inicial, buscando culpables. Otras opción es reconocer yo lo hice mal, y preguntar ¿cómo te sientes? para romper el ciclo.

26 de agosto de 2019

La responsabilidad afectiva es mentira


La persona que me abrió paso al poliamor, en teoría y práctica, reapareció ayer en mi WhatsApp después de varios años siendo yo quien tomaba la iniciativa de la interacción. Fue una señal de esas que, por más escéptica que me pretenda, no puedo dejar de creer que tienen algo de destino. Pues sus últimas experiencias activistas y personales le situan en una posición única para hablarme como nadie más sobre algunos temas que me preocupan.

Auque mi tristeza es en estos momentos muy grande y no llegamos a ninguna solución perfecta -no creo que la haya, ¡ojalá! la conversación me dejó algunas reflexiones. El poliamor no es el único activismo que elle y yo compartimos, por eso nuestro discurso y práctica se entreteje con los aprendizajes que sacamos del desierto. Otro activismo bien particular. Y de tanto, tantísimo sufrimiento en nuestras experiencias compartidas.

Le requerí sobre la incongruencia entre nuestros discursos públicos de responsabilidad afectiva y la práctica privada. Elle pensaba que hacemos mal en delegar nuestra felicidad personal a otres y que debemos responsabilizarnos individualmente de nuestros límites y necesidades. Hasta ahí de acuerdo, sin embargo chocamos cuando se trataba de averiguar quién era responsable de los sentimientos. El argumento de la responsabilidad individual siempre me ha irritado, pues lo considero marca del discurso capitalista inmiscuyéndose en un esfuerzo por construir relaciones colectivas que asumen la causa-efecto de las acciones sobre las emociones.

Pero entonces, en ese lugar donde por fin me sentía segura de disentir sin ser juzgada como una "poliamorosa imperfecta", sin tener la obligación de dar la respuesta ideal, me di cuenta del craso error en el razonamiento poliamoroso detrás de apelar a la responsabilidad afectiva como gran, única e indiscutible solución para todos nuestros problemas relacionales.

Y se me cayó el alma a los pies.

La responsabilidad afectiva es una utopía que solo funciona si asumimos la bondad de las personas personas con las que nos relacionamos.

Más claro: que nos podamos relacionar sin sufrir en redes afectivas donde las personas cuidan unas de las otras a través de responsabilidad afectiva -que implica tener el interés de las necesidades de cada quien (incluidas las propias y las comunes de la red)- asume que todas las personas en esa red tienen la disposición, la buena fe, las herramientas de gestión, el conocimiento interior y de otres y la intención de hacerlo.

Y esto es una premisa filosófica, lógica y ética inmensa que hace aguas por todas partes a las luces del contexto sociocultural en que nos encontramos. ¿A quién se le ocurrió que en un mundo cis-hetero-patriarcal y carente de ninguna educación emocional la gente iba a encargarse equitativamente de las necesidades del resto? ¿Quién pensó que las dinámicas de discriminación capacitista iban a terminar por ponerle una palabra bonita y llamativa a la idea de inclusión?

¿De verdad lo estáis consiguiendo? Porque yo no.