13 de mayo de 2018

ABUSO

El abuso tiene formas peculiares de colarse en la mente y transformar para siempre los sistemas de confianza interpersonal que posees.

Quien antes era un ser cándide e inocente seguramente se volverá una persona bastante inclinada a la sospecha después de sufrir algún caso grave de acoso. Especialmente si proviene de una figura en el rol de vínculo afectivo. Ya que es complicado desligar la idea (miedo) de volver a vulnerabilizarse ante alguien que pueda usar el conocimiento que voluntariamente otorgas sobre tu intimidad para ejercer poder sobre ti.

La violación del pacto implícito de respeto, responsabilidad y cuidados que se crea tras abrirse emocionalmente a una persona quien posteriormente emplea ese lugar de privilegio para controlarte genera tal contradicción que es difícil sacudir en futuras relaciones la inseguridad y sospecha al mínimo gesto de posesividad, malos tratos, o abuso.

Esto, desde un punto de vista meramente auto-cuidadoso, podría ser una buena técnica. Si bien es útil estar alerta del más mínimo movimiento que pueda poner en peligro la integridad, autonomía y soberanía propias.

Sin embargo, el abuso tiene una peculiaridad. Y es que rara vez comienza de golpe (o a golpes). Por lo general, al principio no es más que una intuición similar a: «Siento que me están ocultando información» o «Estos datos no me cuadran» o «Eso que ha dicho estoy casi segura que no es verdad» o «Esa petición me aísla de información o de un contexto valioso, aunque no infrinja mi libertad directamente».

Y claro, en el momento que empiezan las dudas y la inseguridad, más en una misma que en la relación o en la persona, es donde se voltean las tornas de poder. Es en ese espacio, en la duda, donde el abusador puede implantar las creencias que le convienen para ir poco a poco ganando terreno.

Me ha pasado.
No me va a volver a pasar.

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